Me lo contó un policía (Basado en hechos reales)

Alcohol, compañero y traicionero

sábado 28 de octubre de 2023 | 6:00hs.

Por Luis Eduardo Benítez Comisario general (RE), Abogado

Mil historias les puedo contar de las que viví en distintas comisarías donde trabajé, ya sea en Eldorado, Montecarlo, Puerto Esperanza, Puerto Libertad, Puerto Iguazú, Wanda, Ruiz de Montoya, El Alcázar, Jardín América, Posadas, etcétera; y en todas, sin excepción, ocurrieron y seguirán ocurriendo estas vivencias que tiene como protagonista al alcohol, ese compañero de muchos, luego de un despecho amoroso, el compañero en los festejos, triunfos y también derrotas; el que acompaña en un asado entre amigos o una ronda de truco; el alcohol que el jovencito prueba para “sentirse hombre” (aunque hoy por hoy, según parece, las jovencitas beben a la par de los varones y aún más). Pero también esa bebida es protagonista en muchas contiendas con trágico final, aunque hoy, prefiero contarles esas otras historias, las que nos sorprenden, nos causan risa y tienen un final feliz.

Porque sabrán que el alcohol despierta toda clase de reacciones en el ser humano: están aquellos que se vuelven agresivos (son los más peligrosos), los que se vuelven nostálgicos y hacen brotar el llanto, aquellos a quienes se le despierta la risa incontrolable que hasta se vuelve contagiosa, los que se vuelven cariñosos hasta con los extraños y también aquellos que pierden la memoria absolutamente y al día siguiente, andan preguntando: “¿Qué hice?”.

Por supuesto, no debemos olvidar que una de las características más comunes que afecta al borracho, es la pérdida del equilibrio. Me contaba mi viejo (policía retirado) que en una oportunidad, junto a otro camarada fueron a custodiar unas carreras cuadreras que se desarrollaban en Colonia Santa María (antiguamente un destacamento dependiente de Concepción de la Sierra, hoy comisaría), el abundante alcohol estuvo presente y uno de los parroquianos era Don Pantaleón (ignoro su apellido), conocido por su afección al alcohol y asiduo concurrente de esas fiestas. Por suerte todo transcurrió con normalidad y ya de tardecita, ambos policías emprendieron el regreso al pueblo en sus respectivos caballos.

Transitando el polvoriento camino de esa época, al pasar frente a una chacra donde precisamente vivía Don Pantaleón, escucharon gritos, llantos y pedidos de auxilio, por lo que llegaron inmediatamente. Estaba la joven esposa de Don Pantaleón envuelta en llanto, junto a unos pocos vecinos y otros transeúntes que también pasaban, todos alrededor de un pozo de donde se sacaba agua con un balde; todos miraban hacia adentro del pozo mientras otros con sogas y ganchos intentaban sacar algo del interior. Don Pantaleón, aún bajo los efectos del vino, sollozaba sentado en un tronco con ambas manos en la cabeza, mientras su esposa le reprochaba: “Echaste la criatura al pozo, cuántas veces te dije que no lo toques cuando llegás borracho”.

En el suelo había una frazada enrollada tipo cigarro, dentro de la cual estaba el bebé en la cama cuando su padre llegó, lo tomó y salió al patio a acunarlo. Según la señora, vio a Don Pantaleón tambaleante y cantando “cununú cununú cununú”, por lo que fue a reprocharle y a tomar a su pequeño hijo en sus brazos, pero sólo halló la frazada, por lo que de inmediato se convenció que éste lo había echado al pozo. En esas circunstancias, una de las vecinas gritó desde adentro del dormitorio: ¡Acá está, acá está!”. La criatura dormía inocentemente desnuda en la cama, Don Pantaleón no había alcanzado a alzarla, sólo había tomado la frazada y la acunaba en la creencia de tener a su hijo en sus brazos.

Todos respiraron aliviados, por suerte y la tragedia se transformó en alegría. A Don Pantaleón se le pasaron los efectos del alcohol, pero tampoco nunca más se lo volvió a ver en las carreras cuadreras.

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