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Me lo contó un policía (Basado en hechos reales)

No es culpa nuestra

sábado 16 de septiembre de 2023 | 6:00hs.
No es culpa nuestra

A
ctualmente y felizmente, las comunicaciones avanzaron y evolucionaron a un ritmo sorprendente, pero hasta hace muy pocas décadas estos avances eran desconocidos e inimaginables; hoy en día, con un simple celular, una persona puede registrar, filmar, grabar y transmitir hechos desde cualquier parte del mundo; en cambio, anteriormente muchas noticias y hechos ocurridos en otras localidades, o bien dentro de la propia ciudad, pero que tenían connotaciones policiales, llegaban a oído de los familiares a través de la Policía, y sin querer, simplemente por ser los portadores de estos avisos, éramos blanco de toda clase de “maldiciones” y reproches, como si fuéramos los culpables de que sucedieran.

En una oportunidad, unos obreros trabajaban en un aserradero del kilómetro 4 de Eldorado, entre dos jóvenes tomaron un rollo de pino, uno en cada punta, y lo cargaban hacia la sierra circular que estaba girando; por desgracia uno de ellos tropezó y el peso de la madera y la inercia lo llevaron a caer directamente sobre esa sierra, la cual literalmente lo cortó en dos, causándole una horrenda muerte instantánea. Anoticiados del hecho y sabiendo el nombre del infortunado joven, nos dirigimos al barrio donde vivía; al llegar a la casa, nos salió a recibir una señora (la cual después supimos que era la madre), y al preguntar si ese era el domicilio y ahí vivía el muchacho, dicha señora nos dijo tajantemente: “No, acá no vive esa persona, ni lo conozco”.

Nos retiramos hacia la casa de un vecino y realizamos la misma averiguación, y al instante este señor nos informó que la casa que habíamos visitado antes era donde vivía el joven. Una vez más regresamos y la misma señora que nos había atendido anteriormente, antes que yo hablara me volvió a repetir: “Ya le dije, Oficial, que acá no vive ese muchacho”.

Yo supongo que tratándose de su hijo y al vernos uniformados y en el móvil policial, quizá creyó que lo íbamos a detener. Le pedí que se calmara, le pedí por favor que me escuchara y rebusqué en mi léxico, el vocabulario y la frase que creí más adecuada (aunque para estos casos, no existen palabras ni explicación que valga). Sólo se me ocurrió decirle que sabía que el muchacho era su hijo y simplemente fuimos a avisarle que el mismo había sufrido un grave accidente en el lugar de trabajo.

El rostro de la mujer palideció y me preguntó si estaba vivo, no le respondí, sólo bajé la cabeza y la señora entendió. Seguramente, en esas circunstancias la persona necesita descargar su bronca, frustración e impotencia, ya que entre llantos y gritos, la pobre señora que momentos antes nos había negado que fuera el domicilio del  muchacho, ahora nos reprochaba porque no le habíamos dicho la verdad desde un principio; “¿por qué la Policía siempre trae malas noticias? Mi Dios, pobre mi hijo, mi Dios”, repetía.

La casa se llenó de vecinos al instante y nosotros nos retiramos. En el camino pensaba: qué momentos ingratos no depara la profesión, pero nosotros no tenemos la culpa de que los hechos sucedan, sólo somos un vehículo de comunicación. Como dijera alguien: “No hay que matar al mensajero”.

Por Luis Eduardo Benítez
Comisario general (RE), Abogado

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