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Me lo contó un policía (Basado en hechos reales)

No estaba muerto

sábado 19 de agosto de 2023 | 6:00hs.
No estaba muerto

Por Luis Eduardo Benítez Comisario general (RE), Abogado

Alguna vez desde esta columna les conté hechos o casos policiales, sean estos accidentales, fortuitos, intencionales o dolosos, etcétera, pero casi siempre guardan relación con la conducta humana; ahora, esas conductas pueden ser producto de una patología, tal es el caso de la mitomanía, la cual es descripta como un trastorno psicológico que consiste en la conducta repetitiva del acto de mentir; es una tendencia o inclinación patológica a fabular o transformar la realidad, al narrar un hecho; otras opiniones dicen que se trata de personas con muy baja autoestima que necesitan reforzar su personalidad, para sentirse apreciadas, valoradas, admiradas, etcétera; y finalmente, están los que describen a un mitómano, como una persona histriónicas, vanidosa y hasta perversa, que acude a la mentira como una manera abusiva y compulsiva de sacar provecho; en otras palabras, el mitómano hace de la mentira, una constante en su vida, no puede vivir sin mentir y hasta termina creyendo sus propias mentiras.

Hace muchos años, cuando aún era un niño, en Concepción de la Sierra, mi padre (también policía), tenía un camarada de apodo Keko, pertenecía a la familia más numerosas del pueblo (16 hermanos si mal no recuerdo), había entre ellos, varios varones que pertenecían a Gendarmería Nacional, y otros tantos, a la Policía de Misiones. Keko era un personal muy eficiente, se desempeñaba en la oficina de Secretaría (sabía escribir a máquina), era chofer y según mi padre, muy buen camarada en los procedimientos operativos. Ahora, no se puede ser perfecto en la vida, Keko era mitómano, a veces se lo veía manejando el auto del jefe y ya decía que era suyo, que lo había comprado; alguna vez llegó a mi casa, invitó a mi padre para ir a pescar y dijo: “Sacá las lombrices y prepará los anzuelos, voy a cargar combustible y paso a buscarte”, nunca regresó.

Por esas cosas de la vida, cuando me recibí de Oficial de Policía, mi primer destino fue la Seccional Segunda de Eldorado y a los pocos meses arribó trasladado a esa dependencia Keko. Por supuesto, muy respetuoso y ubicado, comentó a sus camaradas que me conocía desde niño y como tenía buena comunicación y era entrador, pronto se ganó el aprecio de todos y se transformó en el centro de atención. Recuerdo que manejaba un Rambler Ambassador (considerado auto presidencial en su época), cuando le preguntaron, contestó: “Este auto es de mi viejo, me lo prestó, yo tengo un Torino Coupé” (auto del momento); ninguna de las cosas era cierta.

Una noche, cuando la guardia estaba tranquila, escuché a Keko contar a sus camaradas una historia, ocurrida según él en la cancha de carreras de caballos de Concepción de la Sierra y también agregó: “El oficial debe recordar el hecho y no me deja mentir. Comentó que en una de esas cuadreras se había originado una descomunal pelea que tuvo como resultado varios heridos y muertos; que como era costumbre en aquellos tiempos, la Policía trajo al médico del pueblo quien se paseaba por el campo de batalla y señalaba: “Este, este otro, aquel y el de más allá están muertos; este acá y aquellos dos están vivos, cárguenlos en la camioneta y llévenlos al hospital”.

Según el relato de Keko, el jefe de comisaría dejó a un viejo sargento de aquellos de antes cuidando los cadáveres hasta que vengan a buscarlos y una vez que se hubieron marchado, unos de los que estaban tirados en el pasto, comenzó a reclamar: “Señor, señor.., yo no estoy muerto” , a lo que el sargento, sacando un rebenque, aplicó varios golpes al hombre, al tiempo que repetía: “Si el médico dice que estás muerto, estás muerto, añamenbuy”. Según Keko, era la pura verdad.

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