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Me lo contó un policía (Basado en hechos reales)

Ataque del mono

sábado 01 de julio de 2023 | 6:00hs.
Ataque del mono

Por Luis Eduardo Benítez Comisario general (RE), Abogado

Algo muy común, y hasta aceptado como normal dentro de la Policía, son los apodos y sobrenombres que le son puestos a casi todos, sin distinción de jerarquías; algunos transcurren toda su carrera ignorando como verdaderamente lo llaman a sus espaldas. Esto tiene que ver con alguna característica particular de la persona; así por ejemplo, a un camarada de Puerto Esperanza que tenía los parpados caídos se lo llamaba Luz Baja, a un compañero de El Alcázar que tenía una nariz ancha, se lo apodó Nariz de Vaca (por cierto, se enojaba mucho cuando lo escuchaba); a un cabo de Puerto Iguazú, que era muy escurridizo para el servicio, lo llamaban Anguila.

Recuerdo que a un suboficial de Montecarlo que tenía un andar cansino, lo apodaron Fatiga, o bien, a un jefe que trabajaba en Administración de Policía, lo apodaron Tiburón debido a su prominente dentadura superior que aparentaba dos hileras de dientes. En fin, hay que reconocer que aquellos encargados de poner apodos a los demás poseen una mirada aguda e imaginación muy particular. En una oportunidad, el jefe de la Comisaría de Alem vio a un agente muy nervioso al borde de las lágrimas, lo llamó a su despacho e interrogó el motivo; éste le dijo que sus compañeros lo llamaban Caranchillo y que quería que se lo trasladara, antes de tomarse a las trompadas con alguno. El jefe, con experiencia y tono componedor, lo aconsejó: “Pero mi hijo, no haga caso, mire que a mí, que soy el jefe, me llaman Mosca Peluda y yo no digo nada…”. El agente se tranquilizó.

Otra vez trabajábamos en la Unidad Regional III Eldorado, el jefe, un comisario mayor, recto, enérgico, cursillista, que ante cualquier falta, no andaba con vueltas para aplicar una sanción disciplinaria. Era morocho, caminaba medio encorvado y sin mover los brazos; alguien lo apodó Mono”. Una tarde de lluvia, llegó a la unidad una señora con una pierna sangrando, quería denunciar que un mono, mascota de un vecino, se había escapado y la había mordido. Ordenamos al oficial de menor jerarquía que fuera a dar dicha novedad, y en pleno diálogo con el jefe, este oficial se tentó y se largó a reír. Ciertamente desde nuestra oficina escuchamos la reacción inmediata y enérgica del jefe: “¿Desde cuándo usted se toma la atribución de venir a cargarme ? Usted es muy nuevo en la institución y yo jamás le di confianza, retírese, tiene ocho días de arresto a partir de la fecha”.

Anduvimos dos semanas esquivando encuentros con el jefe para evitar el recuerdo del mono y la tentación a reírnos. Ah, por cierto, el mono fue recapturado; a la señora se le realizaron las curaciones y una vacuna antitetánica en el hospital, y al joven oficial se le levantó la sanción cuando el jefe comprobó que el hecho era real y no una cargada.

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