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La chacrita

domingo 12 de marzo de 2023 | 4:33hs.
La chacrita

- ¡Buenas! ¿Se puede pasar? ¿Acá es La Chacrita? 

- Así dice el cartel caído al lado del portón. Pase, nomás.

En unos pocos pasos Laura se encontró junto a Doña Ángela para volver a preguntarle.

- ¿Se puede pasar para el arroyo desde aquí?

- Sí, vaya nomás. Siga el sendero que está al costado del comedor. Aisíto, nomás.

- ¡Gracias, muchas gracias! ¿Sabe? ¡Me perdí! Yo quería venir a comer acá, pero no sé cómo agarré para el lado de ese otro camping. Y cuando quise acordar, tras que ya venía un poco tarde, se me vino la tarde encima. Igual, por acá ¡Todo es hermoso!

Doña Ángela siguió con sus tareas mientras la muchacha andariega, prestamente y a los saltitos, se perdió en el monte rumbo al arroyo. Al llegar al borde del agua Laura quedó maravillada. El arroyo Mbocay, en ese lugar, corre entre piedras gigantes, abriéndose en mil cursos. La densa y alborotada vegetación cubre casi todo el cielo, realizando la ilusión de una estampa pintada, en vez de real.

Se descalzó y así anduvo remontando y bajando las correntadas sintiendo que estaba viviendo un sueño. Al rato, algo cansada, se recostó sobre una gran piedra cerrando los ojos. En ése momento escuchó un  ¡Hola! que provenía de un fornido muchacho, de piel aceitunada, con una mirada clara y unos ojos de indescifrable color cielo. Sorprendida, Laura reaccionó enseguida a la visita ofreciéndole la sonrisa más cálida que brotó desde el fondo de su ser.

Empezaron a conversar de naderías para luego ir saltando a temas más profundos como el amor y la amistad. Laura, a medio camino de pensar que estaba soñando con esa aparición casi mágica de un hombre tan apuesto y gentil, se dejó tomar de la mano dejándose llevar entre las piedras y el agua para conocer paisajes maravillosos. Su bienestar no tenía límites. Era más que una atracción física. Su espíritu vibraba al contacto de su piel.

La tarde se iba cayendo cuando finalmente hicieron el amor. Y, en ese momento, en su ser sonó la melodía más bella de su corta existencia. Nunca pudo precisar en qué momento se quedó dormida. Al despertar, ya entrada la noche, se encontró sola y desnuda.

Pasado el primer momento de estupor se vistió rápidamente y, como una fugitiva, raudamente, volvió al hotel en donde se alojaba en Puerto Iguazú.

Al otro día y al otro y al otro, volvió a La Chacrita para almorzar ahí y luego pasar la tarde charlando con los visitantes y con Doña Ángela, teniendo la idea fija de encontrarse nuevamente con ese hombre que, al conmoverla y deslumbrarla, se había constituido en una necesidad imperiosa. De su cuerpo y de su espíritu. Nunca indagó quién podría ser ese misterioso ser. Había alguna magia que perduraba en el misterio que rodeó a su aparición que sólo podía llegarse a aclarar cuando, finalmente, lo viese nuevamente.

Las continuadas visitas le trajeron la amistad y el cariño de Doña Ángela cuya robusta presencia emanaba una calidez humana que no sentía desde que falleció su madre.

Su vuelta al trabajo y a su ciudad se fueron posponiendo hasta ya pasado el verano y en sus cotidianas caminatas por el Mbocay nunca volvió a ver a ese hombre que empezaba, a veces, a difumarse como un fantasma entre sus recuerdos.

Al final, tomó la decisión que hacía rato venía postergando. Sacó la cuenta de sus ahorros más el dinero que podía acercar la venta de su casa y se decidió encarar a Doña Ángela.

- Bueno, Doña Ángela, dígame ¿Cuánto vale Chacrita?

- No tiene precio. Porque no está a la venta.

- Pero Usted misma me ha dicho charlando conmigo que, tal vez, algún día la venda.

- Así es. Algún día, tal vez.

- Haga que sea ahora. Yo, necesito, necesito este lugar.

Doña Ángela, impertérrita, se dedicó a mirar a lo lejos. Más allá del monte y del arroyo. Seguro, instalándose en algún lejano recuerdo.

Al cabo de un buen rato de silencio pareció volver en sí y con cautela preguntó.

- Te voy a hacer una pregunta y tendrás que responderme con la verdad. ¿Hiciste el amor con Él, ahí, en la costa del arroyo?

El estupor afloró en los ojos de Laura. Cuando pudo recuperar el habla contestó con otra pregunta.

- ¿Cómo con Él? ¿Quién es Él?

- ¡Qué importa el nombre! Siempre se lo cambia. Contestá o pierdo la paciencia y ya, te vas yendo.

- ¡No! Doña Ángela. No me eche -dijo la compungida muchacha-. Es que si le cuento no me va a creer.

Ambas callaron. Una esperando. La otra buscando las palabras que se negaban a salir.

Por fin, Laura habló.

- Sí, lo hicimos, ahí, en la costa de las piedras.

- ¡Ajá! -dijo Doña Ángela- ni que lo tuviera alquilado al lugar.

- Doña Ángela, yo no he querido faltarle el respeto. Ni a Usted ni a La Chacrita. No sé qué me pasó. Sólo sé que fui tan feliz como nunca en mi vida. Y, también, que quiero volver a verlo.

- Lo del alquiler no lo dije por vos. Lo dije por Él. ¿Tenés idea de que es muy posible que no vuelvas a verlo nunca?

- Puede ser. Pero así hubiera una probabilidad en un millón, me gustaría esperarlo.

Doña Ángela la miró con un dejo de compasión y mucha ternura. Después dijo.

- Yo lo esperé toda una vida, pero nunca apareció. Supongo que te habrás dado cuenta ¿No?

- Sí, doña Ángela, sí. Pero yo me tengo fe.

- Dice la leyenda que Él, enamora, pero no se enamora, porque nunca ha encontrado a la mujer que necesita. Si algún día eso acontece, volverá hecho hombre, buen mozo y trabajador. ¡Quién sabe! Adónde termina la leyenda y empieza la vida sólo Él ha de saber.

Bueno, Laura, vamos a hacerla corta -continuó-. Primero, con tu platita, hacele arreglos a la casa, que bien los necesita. Después, cambiá mesas y sillas en el comedor del camping. Eso, te traerá un poco más de gente. Lo que te quede, me lo das en pago. Yo, no necesito plata. Tengo mi jubilación y mis ahorros. Hace rato que mi hermana me pide que vaya a compartir su casa en Villa Nueva, ahí, cerca del Hospital, para cuidarnos una a la otra.

Al terminar de hablar, sin agregar una sola palabra más, solo abrió sus grandes brazos para que Laura, como un pájaro volviendo a su nido, se refugiase en ellos. Y así quedaron, por un buen rato, rodeadas de monte, misterio y silencio.

 

Cruz Omar Pomilio

 Inédito. Pomilio reside en Puerto Iguazú y ha publicado Cicatrices del alma (poesía), Cuentos Misioneros, La licorera y otros cuentos y Los 33 (novela), entre otros

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