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Relato de la Batalla naval de Mbororé

domingo 07 de agosto de 2022 | 6:00hs.
Relato de la Batalla naval de Mbororé

El capitán, cacique Ignacio Abiarú, se mantenía en la avanzada, en proximidades del arroyo Acaraguá, los espías le comunicaron que se avistó a la vanguardia de la bandeira o expedición esclavista que navegaba completa, eran doscientas balsas y seiscientas canoas. Otra parte iba por tierra intentando cazar a los indios de tribus que no vivían en Reducciones. La bandeira a cargo de Jerónimo Pedroso de Barros y de Manoel Peres, atracó en inmediaciones del sitio de la Reducción del Acaraguá, que había sido acondicionada por una partida anterior por los Bandeirantes, para que sirviera de campamento.

El día siguiente, el 7 de marzo de 1641 muy temprano, se desató un violento temporal de lluvia y viento en toda la región, causó daños en el nuevo campamento paulista en el Acaraguá, desprendió algunas canoas y balsas de los amarraderos, algunas llegaron llevadas por la corriente del agua, o por indios espías, hasta las inmediaciones del arroyo Mbororé y fueron aprovechadas por los jesuitas. Los cuatro días que demoraron los Bandeirantes en reorganizarse, permitió a los jesuitas ultimar los preparativos para la defensa.

Los hermanos jesuitas Antonio Bernal y Juan Cárdenas, habían artillado media docena de balsas con catapultas y cañones de tacuaruzú. El cacique de San Javier, Arazay, con habilidad para manejarse en el agua, estaba a cargo de canoas armadas con flechas y lanzas para el encuentro fluvial sobre la orilla izquierda del río. El cacique de San Nicolás, Mbayroba, cruzó a la orilla izquierda del río desde donde patrulló por agua y tierra con doscientos flecheros para atacar desde la costa y evitar el posible escape de los Bandeirantes hacía esa orilla. El cacique Abiarú y el padre Altamirano se instalaron en los puestos de avanzada, eran la vanguardia, por agua y selva. El cacique Ñeenguirú, a cargo de la tropa terrestre estaba distribuido para dar batalla en la selva, en la orilla derecha del río, en una franja costera que no pasaba los dos o tres kilómetros de ancho. Sus hombres esperaban apostados, camuflados en la selva costera con flechas y arcabuces, en inmediaciones de la desembocadura del Mbororé.

El 11 de Marzo de 1641, pasadas las 14 horas, los Bandeirantes se aproximaron con todo su poderío; la bandeira navegaba con hombres armados con modernas armas de fuego, con recarga más rápida que los vetustos arcabuces que usaban los indios comandados por los jesuitas. Mil quinientos tupís guaraníes con flechas y lanzas, avanzaban desde el Acaraguá por tierra, siguiendo por la costa derecha del curso del río Uruguay, guiados por Bandeirantes. En la vanguardia de la expedición se desplazaban canoas rápidas y balsas desde donde dirigía la travesía Manoel Peres. Jerónimo Pedroso de Barros navegaba más retrasado.

El objetivo de los esclavistas era llegar en primera instancia a la Reducción de San Javier, donde pensaban arribar al día siguiente, a cazar indios, para luego continuar hacia las Reducciones de Santa María la Mayor, Concepción y Yapeyú, donde pretendían completar rápidamente la cifra entre cinco a seis mil indios, y enviarlos a São Paulo. Según lo referido por el padre Avelino ten Caten SJ, en su libro “História dos Mártires y das Missões Guaranis”, el padre Superior había recibido información enviada por los jesuitas de Río de Janeiro de que la Bandeira seguiría en busca de las reducciones de la costa del río Paraná “Que están preparados para afincarse meses en la región y cazar millares de indios”.

En la lenta y pesada escuadra, que a esa altura de la travesía era llevada por la corriente de las aguas crecidas del río Uruguay, luego de sortear los ahora llamados, rápidos del Roncador, comenzaron las mínimas maniobras para atravesar la angosta curva del río, justo donde desagua el arroyo Mbororé (hoy Once Vueltas). Allí fueron sorprendidos por el fuego de la artillería guaraní; desde las balsas artilladas recibieron dos tiros de cañón de tacuaruzú que impactaron en dos grandes balsas destruyéndolas y hundieron canoas que navegaban a su lado, causando desconcierto, sobre todo por los estruendos de las “bocas de fuego”. El cañoncito de metal era usado personalmente por el jesuita Domingo Torres. Flecheros y arcabuceros desde la maraña vegetal de la costa, descargaron en el instante en que dispararon los cañones de tacuaruzú su mortal carga sobre los Bandeirantes, quienes desprevenidamente navegaban cerca de la costa; muertes y zozobra general, se hundieron media docena de balsas y bastantes más canoas. La balsa que navegaba Manoel Peres, fue impactada por un tronco de guayubira incandescente, lanzado por una improvisada catapulta, y obligó a sus ocupantes a hacerse al agua y alcanzar rápidamente alguna balsa o canoa, porque en la costa eran presa para los tiradores arcabuceros y para las flechas. Muchos perecieron ahogados.

Comandados por el cacique Ñeenguirú, los arcabuceros descargaban los disparos parapetados en los troncos de los árboles de la costa y escondidos en el follaje, igual que los flecheros, esto hacía que los paulistas perdieran efectividad con sus armas por no tener un blanco visible. El jefe Bandeirante, Jerónimo Pedroso de Barros, que navegaba replegado, logró descender a tierra y reorganizó una parte de sus efectivos, y atacó por la retaguardia a un grupo de guaraníes, que lograron contraatacar, y ponerlo en retirada. Se dirigió al interior de la selva y hacia la noche los Bandeirantes llegaron hasta la empalizada del Acaraguá, donde habían instalado el cuartel general. Otros lo hicieron remontando el río con la fuerza de los remos, porque estaban lejos del alcance de las armas de los jesuitas, pero eran perseguidos por los canoeros comandados por el valiente cacique Arazay de la Reducción de San Javier.

La lucha fue encarnizada y furiosa en el agua y en la selva, hasta el final del día, cuando los sorprendidos Bandeirantes en grupos y sin conducción, buscaban escapar hasta el campamento general del Acaraguá. A la puesta del sol cesaron los enfrentamientos. La victoria fue contundente y total para la defensa, a pesar de las bajas. En los remansos río abajo flotaban cuerpos por cientos.

Durante esa noche, guaraníes y jesuitas, por turnos repusieron fuerzas; otros comandados por el cacique Ñeenguirú persiguieron a los desperdigados Bandeirantes, dando muerte a muchos retrasados, en encarnizados y mortales encuentros cuerpo a cuerpo en la selva, antes que alcancen las empalizadas del Acaraguá.

Dirigidos por los artilleros Antonio Bernal, Juan Cárdenas y Domingo Torres, trabajaron desde que se puso el sol del primer día del combate fluvial, en cambiar los caños de tacuaruzú, que estaban destruidos por los disparos efectuados; solo resistían dos o tres disparos. Al amanecer del día siguiente, los nuevos cañones de tacuaruzú y las catapultas que arrojaban piedras y troncos ardientes estaban listas para ser usadas, y los arcabuces recargados.

Los días posteriores fueron de intensa y desordenada lucha, pero los enfrentamientos fueron totalmente distintos al primer día, ahora el enfrentamiento ocurría en la selva.

Los Bandeirantes tardaron más de un día en reorganizarse y volver a colocar en movimiento balsas y canoas, en menor número por las pérdidas sufridas, y a pesar de su bravura y de que estaban prevenidos, el río seguía siendo dominado por la artillería, flecheros y arcabuceros que seguían atacando desde la costa y desde las canoas. Contaban con mayor disponibilidad de canoas que recuperaron en la batalla principal, el par de cañones de tacuaruzú ganaba en puntería y generaba pánico en los balseros y canoeros por su inusual estampido y poder de destrucción, del mismo modo lo hacía el cañoncito de metal. Después del fracaso del segundo intento de seguir por el río, los Bandeirantes se vieron obligados a abandonar las balsas, ya tenían pocas canoas; los Bandeirantes que aún seguían en lucha se internaron en la selva buscando el campamento de Acaraguá. Otra vez, tuvieron determinante participación los caciques y los guaraníes en la encarnizada lucha cuerpo a cuerpo en la selva, con flechas, cuchillas y lanzas, en una real e intuitiva práctica de guerra de guerrilla, beneficiados por el conocimiento del terreno, también con mejor información, por el intenso y arriesgado movimiento de los espías. En esos feroces encuentros tanto Ñeenguirú como Abiarú, fueron tomados prisioneros, y posteriormente rescatados.

El sábado 16 de marzo de 1641, los Bandeirantes enviaron una carta para rendirse sin condicionamientos, y fue rechazada principalmente por la incidencia de los caciques. El joven e intrépido cacique Ignacio Abiarú, y el cacique Nicolás Ñeenguirú, prudente y sabio, tomaron la carta y la destruyeron en presencia de los jesuitas y los indios que se encontraban en el campamento, generando euforia y determinación en todos.

Como respuesta a la carta de los Bandeirantes, el padre Altamirano y el cacique Abiarú, al mando de doscientos guaraníes, iniciaron la persecución al último grupo que ya había abandonado las balsas y canoas, y se dirigían al campamento del Acaraguá donde, contando a los heridos, lograron reunir menos de quinientos hombres en la empalizada. Era viernes santo, recordaron la fecha, pero cansados y casi sin armamentos, decidieron rápidamente retirarse hacia el norte. Fueron perseguidos durante tres días, con mínimos encuentros, y alcanzados antes de llegar a los saltos del Moconá o Yucumá, donde desordenadamente se dispersaron, algunos se internaron en la selva, los más cruzaron el río, buscando el rumbo hasta la confluencia del río Chapecó o Apeteribí con el río Uruguay, para llegar al campamento original donde se había organizado la frustrada bandeira. Los Bandeirantes perdieron muchos hombres en la apurada marcha de retirada, y los heridos no llegaron al campamento,

El padre Altamirano y el cacique Abiarú regresaron al Mbororé a celebrar la victoria y rezar por el alma de los muertos. No estaban tranquilos, imaginaban que volverían y así lo informaron cuando llegaron al campamento.

En el combate fluvial de Mbororé, conducido de un modo intuitivo pero efectivo por algunos ex militares sin experiencia de marineros, se desarrollaron acciones que siglos más tarde formarían parte de las modernas estrategias del combate naval. De éste modo, el “disparar y moverse” fue practicado con las balsas artilladas con cañones de tacuaruzú; el conocer y demarcar el “campo de desarrollo de la acción” lo hicieron con innumerables recorridas para verificar cada curva del río y decidir el campo, para esperar y dar batalla; encontrar “buenos posicionamientos para disparar”, lo hicieron parapetados en los árboles de la costa, sin ofrecer blanco fácil al esclavista; tuvo relevancia en el combate otro moderno principio, “detectar y evitar ser detectado”, con ello la sorpresa potenció la defensa de los jesuitas y guaraníes. Los enfrentamientos cuerpo a cuerpo en la selva, en guerra de guerrillas, se desarrollaron sin conocer las experiencias futuras de los partisanos europeos; también, al atacar y tomar la Reducción del Acaraguá, convertida en campamento, lo hicieron sin conocer las modernas técnicas de la infantería del “combate en localidades”.

Desde la batalla, cesó la caza sistemática de indios para esclavizarlos. Y, transcurrieron más de un siglo de progreso en las misiones jesuíticas, hasta la expulsión de los jesuitas de España y sus colonias, en 1667. Mbororé, fue la prima batalla naval en América, y constituyó la primera gesta antiesclavista en el nuevo mundo.

Ricardo Argañaraz

Extracto del Capítulo 4, del libro Batalla naval de Mbororé. Argañaraz ha publicado la novela Federico Batista, matador de tigres y Nevada en Oberá (cuentos)

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