lunes 25 de octubre de 2021
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La fotografía en tiempos de la Posadas de antaño

Historias del tiempo en que las fotos eran a color porque las pintaban a mano

Tres descendientes de conocidos fotógrafos rememoran aprendizaje y secretos de la fotografía de la mano de quienes retrataron a las primeras generaciones de posadeños

domingo 10 de octubre de 2021 | 6:05hs.
Historias del tiempo en que las fotos eran a color porque las pintaban a mano
La Bajada Vieja. Se cree queésta fue una de las primeras fotografías de la Posadas de antaño.
La Bajada Vieja. Se cree queésta fue una de las primeras fotografías de la Posadas de antaño.

Hacer imágenes hoy forma parte de nuestra cotidianeidad, lo más ínfimo y doméstico pasa a ser un motivo para fotografiar. Una comida, un cielo nublado, el primer plano del volante del automóvil que se conduce y el camino de fondo para contar que vamos hacia determinado lugar, la infaltable selfie, la escena familiar, todo es pasible de ser registrado en poco tiempo y además verlo inmediatamente. Quizás esa facilidad y cercanía hace difícil dimensionar lo que implicaba esperar un tiempo prolongado posando frente a la cámara, sin moverse ni pestañear para que la imagen no salga movida, o transportar a lomo de burro todo el equipo para hacer las tomas en exteriores, como también comprender que había que esperar varios días para ver la foto impresa en un papel porque no existía la pantalla digital en la cámara e incluso el fotógrafo debía ser muy cuidadoso con las tomas porque hasta que no hacía una serie de procesos químicos, no podía saber cómo había salido.

No existía eso de posar en grupo y después de la toma correr hacia el que disparó para ver cómo salió la toma y decirle ‘borrá esa porque no salí bien y hagamos otra’. No todo fue como es ahora. Por eso, para comprender un poco el hecho fotográfico, lo que hay detrás de la captura de imágenes, es que buscamos saber un poco más sobre nuestra historia de la fotografía.

Los registros que cuenten sobre los inicios, los pioneros en la otrora Trinchera de San José y posterior Posadas, son muy escasos. No existe sistematización, las investigaciones son pocas. Si bien es una historia reciente, los testigos escasean, sólo quedan algunos recuerdos a veces borrosos como algunas fotos.

Tampoco las personas conservan las imágenes, hay quienes las destruyeron porque ahí estaba plasmada esa persona que es considerada rival del pasado y no se quería mantener su presencia ni en fotos, o sufrió el paso del tiempo, el sol y la humedad y se deterioró.

Juan Carlos Bacigaluppi recorre la historia a través de finos álbumes.

O simplemente las tiraron a la basura, posiblemente, como decía Juan Carlos Bacigaluppi después de recorrer un par de finos álbumes de cuero que contienen un registro casi diario realizado por su madre de la evolución del niño que fue, durante 1945 y 1946,

“Uno no valora los tesoros que tiene. A pesar de todo, los recuerdos quedan atesorados en esas imágenes, aun cuando la memoria las vaya perdiendo o confundiendo”.

Juan Carlos, que transita siete décadas, rememora lo que sabe sobre sus abuelos, José Satorra, al que nunca conoció, y María Buccitari. Una historia que comienza en Bahía Blanca a principios del siglo pasado, cuando ese catalán que se ganaba la vida haciendo fotos en la plaza conoce a la adolescente de 16 años, de familia “tana”, a la cual pareció no gustar ni aprobar esa relación, pero que sin embargo prosperó al punto que juntos emprendieron rumbo a la ciudad termal de Carhué, donde desarrollaron la actividad fotográfica en un establecimiento.

“Mi abuela recogía los billetes en el delantal”, cuenta, y la consecuencia de esa prosperidad fue que los propietarios del balneario cayeron en la cuenta de que los recién llegados ganaban mas que ellos y decidieron ser ellos los que brindaran el servicio. La joven pareja puso rumbo al norte con sus dos hijos, compraron un billete de barco y remontaron el Paraná, quizás buscando la aventura,

José deseaba ir al Matto Grosso a fotografiar indios, pero la descendiente de italianos dijo en Posadas: “Yo de acá no me muevo”.

Fue así que en los 30 comienza a funcionar Foto Satorra al lado de confitería La Palma, frente a la plaza 9 de Julio. El inquieto fotógrafo que consiguió la representación de Kodak, cosa que puede verse en una foto de 1938, que se encuentra en el Museo de la Policía de Misiones, de un desfile cívico y detrás los carteles que rezan ‘Confitería y pastelería La Palma y Foto Satorra-Kodaks’, no abandonó sus anhelos de continuar su derrotero de aventuras.

Lo cierto es que según cuenta el nieto, lo siguiente que supieron es que estaba gravemente enfermo y que falleció en Bahía Blanca alrededor de 1944.

Resulta extraño reconstruir historias a partir del relato oral y los recuerdos, porque las fechas se van superponiendo como la memoria y su contenido y los documentos no siempre están fechados, y si lo están, a veces contienen errores.

El nieto de Doña María muestra en el álbum de 1945 imágenes que reconoce como el patio de Foto Satorra, pero ya en la otra cuadra de calle San Martin, en una propiedad al lado de la gobernación, de Don Tiburcio Huertes, propietario de un bazar ,‘La casa de todos’.

María Satorra era laboratorista eximia y dedicada, las copias que ella hacía debían perdurar, por eso le dedicaba tiempo a lavar los papeles para quitar todo resto de químicos que reaccionaran degradando la imagen. “Los que se sacaban fotos para el documento en Satorra, hasta ahora tendrán bien la copia, de eso estoy seguro”.

Aunque parezca que la urgencia y el apuro son propios de la actualidad, en aquellos 30, 40 o 50 también existía y comenzaron a aparecer los reclamos de que ‘en tal o cual lugar me dan las fotos a pocas horas de tomadas’, lo que enojaba a la propietaria porque ella sabía de la importancia del tiempo en fotografía.

“No éramos como los otros que entregaban en el día”, cuenta Bacigaluppi, quien rememora que la abuela tenía el pelo blanco porque al lavar las fotos, se secaba las manos con el cabello.

Los primeros aprendices

Etelvina Paiva rememora anécdotas sobre su papá Ramón Paiva.
Pero no todo era laboratorio, químicos y revelado, a las fotos había que tomarlas, así que ante la falta de don José, Foto Satorra tomó fotógrafos. Así fue que apareció el aprendiz Filipo, como era conocido Ramón Paiva (Filippini), que después se independizaría y tendría su local al lado del hotel Savoy, por la calle Colón.

Etelvina Paiva rememora anécdotas sobre su papá: del afecto que le tenía María Satorra, sobre sus comienzos, de cuando el mismo Paiva la introducía en los secretos del cuarto oscuro que él había aprendido, a su vez, de su mentora.

Filipo nació en 1924, su padre era un comerciante que compraba madera y la despachaba hacia Posadas por las jangadas que bajaban por el Paraná. Se comerciaba en efectivo. En esos tiempos bravos fue emboscado y muerto para robarle. Su secretario consiguió librarse y raudamente llegó para alertar a la viuda sobre el peligro que pendía sobre ella y los suyos, ya que los asesinos conocían a la familia.

Así fue que se trasladaron al otro lado del río, a la también incipiente Encarnación, donde la tragedia los seguiría una vez más. A raíz del ciclón de 1926, pierden todo, hasta los documentos. Por eso es que cuando el joven Ramón tuvo que hacerse el documento a los 21 años y al no existir papeles, recibió el apellido materno, aunque siempre se lo conoció por su apellido paterno, pero modificado popularmente porque a la gente le resultaba más fácil decirle Filipo.

Retoque y color
El joven Paiva se casó con María del Carmen Almeida Martínez, que también participaba de lo que fue un emprendimiento familiar. Alrededor de 1953-54, Carmen viaja a Buenos Aires a estudiar retoque y color.

En esos tiempos la fotografía se hacia en blanco y negro, pero la necesidad del color hacía que se buscara ese tipo de retoques en las imágenes, por lo que se coloreaba a mano una por una.

Esta práctica, que en Japón llegó a ser un arte y se mantuvo por décadas a pesar de la aparición de la foto color que conocemos, era la usada para dar impacto cromático. El retoque también se hacía manualmente, con instrumentos como hojas de afeitar que se usaban sobre ese papel de hilo granulado a fin de dar textura a eso que aparecía uniforme y plano, sobre todo en el cabello y los detalles de la ropa.

Todo esto apunta Etelvina, conocida como Filipa, porque así como el colectivo popular bautizó a Filippini como Filipo, a ella también la renombraron.

La heredera aprendía los secretos del manejo de las luces y las sombras, “Papi sacaba las fotos en los casamientos los sábados, y los domingos a la mañana me llevaba para ir viendo el revelado. Durante la semana iba haciendo las ampliaciones”.

Cuenta cómo trabajaba con las manos el haz de luz proyectado por la ampliadora sobre el papel fotográfico en blanco para ir distribuyendo sombras y luces donde hiciera falta, tal como había aprendido de su padre.

Al hombre de la cámara lo buscaban para ir a las estancias para hacer las fotos documento a los empleados rurales. “Íbamos todos a la estación de tren. Era todo un acontecimiento. Lo despedíamos cuando partía por al menos dos días. Llevaba un par de sacos y corbatas para los ‘modelos’. Así que lo que hoy se conoce como ‘outfit’, es decir el vestuario, se repetía en al menos la mitad de los fotografiados.

Filipa cuenta que al padre no sólo lo contrataban en la ciudad, sino que también lo buscaban de San Ignacio o Garupá, por caso.

“Lo que contaba es que los casamientos de los europeos la fiesta duraba varios días, y que él ya sabía que una vez firmada el acta, por indicación y pedido del sacerdote, debía guardar celosamente el documento, así que él la ponía bajo llave en el auto. Es que a veces, con tanto festejo, la alegría podría transformarse en discusiones y peleas y el reciente vinculo matrimonial corría peligro y en más de una oportunidad buscaban el certificado para romperlo”, relata.

Escenografías
La foto en estudio también tenía sus ritos y organización. Se usaban fondos de tela. Algunas pintadas con motivos sacros, para las fotos de primera comunión o bodas, o paisajes para las fotos de familia, o simplemente fondos lisos. Las familias concurrían a la sesión ataviados de manera formal, de saco y sombrero, recuerda Juan Carlos Bacigaluppi.

Carmelita Lilian Robaldo recuerda a su padre, Líder ‘Guengo’ Robaldo.

Sobre esto, Carmelita Lilian Robaldo recuerda que su padre, Líder ‘Guengo’ Robaldo, el fotógrafo del barrio Tiro Federal, en su estudio de Alvear y Buenos Aires poseía los fondos que el mismo pintaba a mano, y para los niños disponía de una escenografía consistente en muebles pequeños y juguetes.

Como si fuera un clásico de toda una época en la que no se hablaba de fotografía ‘new born’, como hoy se conoce al estilo de fotos de bebés, Guengo tenía un espacio para tal género. Los bebés eran puestos desnudos sobre una piel o tela que cubría una mesa, para ser retratados. Debió ser la moda de un momento, pues los tres entrevistados dieron cuenta de eso.

El nieto de Satorra señala en una foto antigua, una pequeña mesa, “sobre esa se sacaron su primera foto los posadeños”.

Robaldo fue aprendiz de Filipo cuando tenía 10 años y ya para la edad de 13 o 14 años hacía sus propias fotos. Hacía sociales, deportivas, fotos de eventos. También incursionó en la política, llegando a ser diputado provincial por el radicalismo.

Comenta Etelvina que Filipo le ayudaba a preparar sus discursos. El político fotógrafo también brindaba el servicio que era promocionado como laboratorio color, consistente en darle tinción a la foto revelada, pintando con pincel las imágenes. Para esa tarea solía usar los pigmentos extraídos de una fruta que crecía en la casa familiar.

La otra práctica que era común era la transmisión del oficio de una generación a otra, por eso Lilian aprendió de su papá Líder los pormenores del revelado maravillándose al ver cómo las imágenes iban apareciendo en el blanco papel inmaculado.

Filipo tuvo varios locales después de independizarse y “egresar” de esa escuela llamada Foto Satorra. El último fue el que estaba al lado del Savoy, por Colón. Un tiempo después apareció en la cuadra un fino fotógrafo proveniente del Chaco, Colombo, que a la postre traería de su provincia a Juan Andrés Caraballo, fundador de dos generaciones más de fotógrafos.

A finales de los 60, Ramón Paiva sufre un aneurisma y es llevado a Buenos Aires por varios meses. Su hija se hace cargo con 17 años del negocio y como no había fotógrafo y ella era muy pequeña para cargar con el equipo fotográfico, consistente en cámaras y flashes grandes y pesados que incluyen una voluminosa batería, por recomendación de cercanos decide reconvertir Foto Filipo.

Aprovechando que al lado estaba el Savoy y a pocos metros el hotel City a los que llegaban grandes contingentes de turistas decidió apuntar a la venta de cámaras, rollos, tarjetas postales que los viajeros que no tenían maquina fotográfica compraban para mandar a sus familiares por correo, y al revelado de las fotos. Así fue que Etelvina compra y llena la vidriera de las máquinas del momento, las Kodak Instamatic y Fiesta, al menos hasta que Filipo pudiera regresar, lo cual sucedió, pero con una salud deteriorada al punto que falleció en 1970.

Luego vendrían otros nombres y otras prácticas, la masificación de la fotografía, los cambios tecnológicos, pero sobre todo de la imagen, el puente internacional, las asimetrías, la posibilidad de revelar los rollos de foto color en Posadas, pero eso ya es otra parte de esta historia que no está completa ni acabada, todo lo contrario. Este es un intento de traer algunas de las voces de los que aún están para que cuenten su parte en todo esto, sus recuerdos en blanco y negro pero con los tintes personales.

 

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