Leyenda y realidad

Lunes 15 de abril de 2019
La tradición iniciada por el Monje se extendió en el tiempo.
Por Federico García

Cuando en el transcurso de la Semana Santa de 1875 Juan Queirel se paró sobre la cima del cerro ubicado entre San Javier y la vecina ciudad brasileña de Porto Lucena, describió lo que observaba como “el paisaje más bello que he visto en mi vida”.
Casi un siglo después de aquello, 90 años para ser más precisos, el escritor Salvador Lentini Fraga recuperó la aseveración de quien trazara varios pueblos de Misiones y agregó, en una nota publicada en El Territorio en junio de 1965, que dicho paisaje no había cambiado prácticamente en nada: “Un cielo extraordinariamente azul, cúmulos de nubes blancas que parecen pintadas sobre un fondo de raso: la vegetación de distintas gradaciones del verde, desde el claro en las partes cercanas de la vera del río, oscureciéndose hasta superar el verde oscuro y llegar después al verde azulino y luego azul en la lejanía, que confunden la línea zigzagueante de la sierra con el horizonte y, allá abajo, otro cielo azul, pero este viajero, móvil, sinuoso, el río Uruguay, y también con sus nubecillas blancas al crisparse sus aguas en los saltos y remolinos del Cumanda-í, la esplendorosa restinga o corredera, realizan nuevamente el maravilloso espectáculo que asombrara al narrado del siglo pasado”, dice el poeta en su artículo.
Nos encontramos, nada más ni nada menos, que “en el Cerro del Monje o Cerro Monje, el de los milagros, donde otrora, según la leyenda, vivió un monje penitente que hizo vida de ermitaño, curaba enfermedades, era amado y amaba a los animales silvestres que lo seguían en su soledad agreste y bella, incluso un tigre o yaguareté, al punto que a una especie de gruta que existe en el paraje se la conoce como ‘la cueva del tigre’”, empieza narrando Lentini Fraga.

La leyenda
En su nota, el también periodista, oriundo de San Javier, da cuenta de una mezcla de leyenda, tradición e historia. Lo cierto es que con renovado fervor se venera en la Semana Santa a un santo que vivió en la zona del río Uruguay, en las inmediaciones de La Dulce.
Si bien se supone que, siglos antes, “cuando la colonización jesuítica, sirvió de atalaya para observar el movimiento de mamelucos y tupíes”, el lugar se volvió un hito ineludible debido a la cuestión religiosa.
La leyenda de la llegada del monje y su afianzamiento se remonta a más de un siglo y medio y, según narra Lentini, ocurrió así: “Parece ser que el monje provenía de Italia y recorría el mundo en penitencia. Otras versiones lo dan por expulsado de alguna congregación, orden o monasterio. En tierra brasileña anduvo mucho y es posible que muchos crédulos lo hayan acompañado en fiel caravana”.
Y agrega, sobre la cuestión milagrosa que da origen a la procesión actual: “Lo cierto, aparentemente, es que cruzó el Uruguay en estas inmediaciones, sólo o acompañado, y escaló el abrupto y selvoso cerro. Al llegar a su cúspide, en una plancha de roca viva, al apoyarse con el cuento del cayado (bastón) sobre ella, milagrosamente éste se hundió, brotando un chorro de cristalina agua. Era una divina señal de que se le habían perdonado los pecados y en mérito a ello quedóse el Monje a vivir en el cerro”.
También reconoce que el Monje no fue inmune al hechizo que genera la vibrante tierra roja en quien la visita: “El paisaje extraordinario, de impresionante y serena belleza, que es de paz pero también de bravía majestuosidad, tiene que haber influido en el ánimo del peregrino para aquí parar su fatigoso trajín”.
Sobre la piedra milagrosa, intenta el escritor darle un sentido anclado en la realidad: “En el lugar supuesto, en la laja de piedra viva, se encuentra un pequeño hueco de profundidad de pocos centímetros y muy reducido diámetro. Hay veces que contiene agua y veces que no. Se dice que los que la encuentran se hallan limpios de pecado. No así quienes no la hallan”, cuenta sobre la incipiente tradición del cerro.
Sin embargo, no quedan dudas de que “un extraño personaje, penitente, monje o ermitaño, moró realmente en el cerro. La tradición, transmitida de boca en boca, así lo demuestra”, mientras que, en relación al derrotero del Monje, añade que “los datos son coincidentes, tanto aquí como en Brasil, de donde vino y donde es aún más conocido que entre nosotros, y adónde regresó según parece y en donde se pierde su huella. Sus restos, evidentemente, no tienen sepultura, ya que amado y popular que era, su tumba sería conocida y venerada, como lo es su memoria. Si era de lejana región, tal vez regresó a sus lares y murió santamente. O volvió a su antiguo deambular y pereció en anónimo”. 

La Hermandad y la celebración
Cuenta Lentini que, tras la desaparición del Monje, se erigieron capillas de madera en la cúspide del cerro, “donde se guardaban imágenes y efigies sagradas, las que eran custodiadas por una especie de Hermandad que fuera creada por el Monje”.
“También se tenía allí un Divino, bandera triangular de color rojo con una paloma blanca en el remate del asta”. Se trata de una antiquísima especie de emblema sagrado, “al que se le seguía en procesión por caminos y senderos en ocasión de sequías, inundaciones, pestes o cualquier azote que afligiera a la comunidad”.
La viveza criolla estaba a la orden del día: “Las capillas de madera ardían con facilidad y con ellas desaparecían imágenes y ofrendas, muchas de éstas de valor material incluidas sortijas, aros y cadenillas de plata y oro, que los fieles depositaban en los rústicos altares. Los incendios se atribuían a los sebos de las velas, pero también se hablaba de previos despojos de las joyas antes que el fuego borrase toda huella”.
La mayor reliquia que se guardaba en la capilla, luego hecha de mampostería, era “una corona de plata con una cruz, que dicen la trajo el Monje hace 140 años”.
En el lugar, se adoraba especialmente al Señor de los Desiertos, “pero su imagen, que según se dice la había traido también el mismo Monje, desapareció luego de su ausencia y fue a parar al Brasil transportada por personas de allende el río, en la creencia que allí continuaría haciendo milagros”.
No obstante, la maldición cayó sobre los ladrones y, según cuentan,”por ser mal habida, perdió toda influencia y, en cambio, constantes plagas afectaron a la población que la había usurpado”. 

La Iglesia y la superstición
Cuenta Lentini que, alguna vez, la Iglesia intentó sin frutos ejercer control sobre la celebración popular: “Sacerdotes del clero regular anatematizaron la extraña práctica ritual del Cerro Monje y la concurrencia de fieles nada menos que en Semana Santa”.
Sin embargo, “los impíos sacerdotes de la indefinible fe (paisanos de pintoresco indumento, botas, barbas largas, bombachas y pañuelos al cuello de fuerte color) continuaron impertérritos su prédica sin que su grey disminuyera”.
Pero los autorizados ministros del Señor no se rindieron y “organizaron y partieron desde San Javier una procesión en regla, cumpliéndose la liturgia oficial y con la presencia de los sacerdotes”, pero  “las dificultades del camino, lo quebrado y abrupto del terreno, hizo que muchos de los procesantes abandonaran la ascensión”.
Una vez en la explanada de la capilla, “la situación fue embarazoza frente a familiares imágenes que presidían extraños ritos y ceremonias fuera de lo común”.
Sobre la concurrencia, ésta es heterogénea y abigarrada: “Gente de muchas regiones de Brasil, Argentina y Paraguay mezclan sus costumbres, su idioma y las distintas formas de expresión de sus creencias, en esta especie de campamento-templo que se forma al amparo de los viejos árboles de un monte semivirgen y milenario”.
Cuando la procesión sale de la capilla, una imagen casi mística se apodera del ambiente: “Como fuegos fatuos, las velas y las antorchas encendidas agujerean la negra tiniebla. El cántico no cesa y frente a una cruz y a otra y a otra que se hallan en la explanada, la procesión se detiene, se arrodillan hombres y mujeres y un rezo extraño, casi inverosímil, en diferentes idiomas, sobrecoge y llena casi de pavor el ánimo”.
“No hay forma de substraerse a este sortilegio, a este misticismo, a este toque ancestral de las primitivas creencias del hombre”, sostiene Lentini con tinte poético.

El Viernes Santo
En el día de máxima concentración, “se carpe a mano (esto suele hacerse también el jueves de noche, y esto consiste en arrancar con la mano las malezas y pastos de la plaza o por lo menos en las inmediaciones de la capilla”.
Una vez dentro de la capilla, la liturgia es libre: “Entran pequeños grupos que entonan cánticos por su cuenta frente al rústico altar”. Allí, “los improvisados sacerdotes cortan cintas multicolores que miden del tamaño de alguna imagen y entregan a los fieles que vienen de muy lejos”.
Lentini cierra la nota reflejando el ayer y hoy de la procesión, víctima también de los avatares de la incipiente modernidad: “La concurrencia usa los medios más diversos de transporte para llegar. Anteriormente se usaban casi solo lanchas que partiendo de San Javier, en media hora de viaje, dejaba a los viajeros al pie del cerro, que se escalaba penosamente a pie. Pero en la actualidad existen caminos y este año la más absurda procesión de vehículos de todo tipo ha seguido tales caminos en parte muy buenos pero siempre pintorescos a través de cañaverales y bosques y retrepando laderas en caracol. Desde carros con bueyes hasta automóviles último modelo han subido por primera vez hasta el tope mismo del alto cerro”.
La leyenda que da nombre al punto geográfico de la serranía de Misiones sigue vigente hoy, a más de un siglo y medio de la sentencia de Juan Queirel. Allí, en la punta del cerro, se sigue congregando una importante cantidad de fieles que, año a año, refuerzan la tradición iniciada por el misterioso Monje y marcan así una nueva huella de la historia, en un ritual que difícilmente pueda ser borrado u olvidado con el tiempo. 

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