“La vela me da esperanza y felicidad”

Martes 30 de abril de 2019
El río siempre formó parte de su entorno. A los seis años, Víctor “Chacha” Galeano (14) llegó desde Encarnación con su mamá y sus cinco hermanos, y se afincaron en la populosa chacra 181, lindante con el Paraná.
Chacha no tardó en encontrar su lugar en el mundo: la Escuela de Vela Inclusiva, que llevan adelante Nicolás Dasso y Leandra Burtnik, en el club ubicado en El Brete, lo acunó como hace con los 40 chicos de su barrio.
Hace tres años, este prodigio timonel siguió los pasos de su hermano, se subió a un bote de Optimist y desde ahí pasa sus días en el agua. Y por segundo año consecutivo es el campeón paraguayo de la categoría, ya que nació en el país vecino y la federación paraguaya apuesta a su proyección.
Su destreza lo hace ser un ejemplo y su carisma abre caminos para que sus amigos de la chacra 181 se animen a sumarse a hacer un deporte tan noble como poco popular entre familias humildes.
“A los 11 años empecé a navegar porque mi hermano venía. Él me trajo un día, me acuerdo que era un miércoles,  y me gustó mucho”, comparte con una mezcla de inocencia y picardía.
Su debut por aquellos inicios no fue el mejor, pero la historia se construye muchas veces con tropiezos y así lo hizo Chacha. “La primera vez que viajé lejos fue a Brasil (en el lago de la Represa Itaipú). Allá competí y quedé casi último. Cuando volvimos, empecé a mejorar lo que había hecho mal y así fui aprendiendo”.
Y si lo habrá hecho... hace una semana se ubicó 27° entre 200 timoneles en el Sudamericano que se llevó adelante en Algarrobo, Chile.
“El año pasado había sido flota de plata y este año ya estuve en la de oro. El año que viene espero llegar más adelante”, sueña Chacha, que además de ser un buen deportista es abanderado del CEP 20, donde cursa el primer año del secundario.
Justamente, sus pares del colegio, que residen en el barrio, como  otros de sus amigos, hacen de los jueves una fiesta en la Escuela de Vela Nicolás Dasso, día en que el club y sus entrenadores comparten una merienda, tras una jornada a puras regatas.  “Los jueves viene todo el barrio”, dice entre risas.
Chacha, con su buena performance, hace que la comunidad esté expectante ante cada competencia y él lo disfruta. “Mis vecinos me apoyan. Por ejemplo, me dicen que no afloje, me alientan y cuando vuelvo de los torneos, me pongo a charlar con ellos y les cuento cómo me fue”, señaló.
Es que para la chacra 181, Chacha es el ciudadano ilustre y para él la vela es sinónimo de un futuro mejor. “Me da esperanza y felicidad”, tira con una gran sonrisa.
 Para Chacha, representar a Paraguay es “como raro porque navego acá (risas). Nací en Encarnación y voy a visitar a mi familia que tengo en Paraguay, a mi papá y a mis tíos, y allá me dicen que me quede, pero yo no quiero, me hallé y estoy acostumbrado a Posadas”.

Su familia del club
Es que acá también tiene a la flota posadeña como su familia y a sus entrenadores Dasso y Burtnik como si fueran de su sangre.
“Son como mis segundos padres y me cuidan. Somos humildes y a veces cuesta venir, pero me encanta y ellos siempre me apoyan para que siga”.
Antes de sumarse al Optimist, Galeano se lucía con la pelota en el potrero “y competíamos por acá nomás, lo más lejos era Villa Cabello -recordó con gracia-; pero con el Optimist ya viajé por muchos lados y me hice una cantidad de amigos”.
La vela le dio sueños impensados, como “ser profesor de vela, pero por estos días tengo que completar la carpeta en el colegio porque no estuve quince días, por el Sudamericano. La preceptora me da unas semanas para ponerme al día, aunque ya completé casi todo”, finalizó este adorable adolescente, hoy emblema las dos orillas.

Una escuela de inclusión que genera herramientas para la vida

Los jueves, los chicos comparten la merienda tras una jornada en el agua a pura vela.
Los jueves, la mesa larga del club se llena de anécdotas que dejó la tarde en el agua mientras se comparte la merienda. Las 40 almas que componen la Escuela de Vela Inclusiva, que nació hace cuatro años, se funden en la misma pasión y el deporte surca nuevos caminos, no sólo en el agua, sino en la sociedad.
“Los cupos siempre están llenos. Los chicos se van reemplazando cuando alguno deja, porque tenemos lista de espera, y también otros van avanzando. Además, les damos el merendero los jueves y vienen también otros días, según los niveles”. La que habla es Leandra Burtnik, que junto a su pareja, Nicolás Dasso, es quien llevan adelante el timón de la inclusión, poniéndole el cuerpo y el corazón.
“Para nosotros es una satisfación porque, aparte del nivel que adquirió Chacha Galeano,  tenemos otros chicos que si bien no se destacan en el deporte, ya logramos darles un medio de vida. Hay uno que se preparó y es ayudante de un especialista en fibra de vidrio y arregla los barcos. Lo tiene como mano de obra y el chico ya gana su propia plata; tiene 17 años y está terminando el colegio en una nocturna”, dice emocionada.
Y agrega que “hay otro chico que lo estamos preparando para que sea entrenador. Viene todos los días que hay escuelita y dicta clases con nosotros, así que ya forma parte del equipo de entrenadores de la escuela”.
Esta actividad arrancó en el Departamento de Calidad de Vida de la Municipalidad “y realmente para ellos era más calidad de vida que deporte. Porque con esto hay un montón de cosas que ellos aprenden. A ser higiénicos, compañeros, a respetarse y respetarnos, porque somos muy disciplinados”.
En ese primer momento tenían ayuda escolar con una hora de aula y debían hacer la tarea de la escuela para después navegar.
“Ahora pasamos al área de deporte, pero para nosotros sigue siendo darles calidad de vida”, reflexiona la entrenadora local.

Como un hijo
En el momento que Leandra  tiene que describir a Chacha Galeano, su ‘pichón’, sus ojos se llenan de lágrimas y la emoción invade su voz.
“Es todo lo que está bien. Está en el primer año de la secundaria, es un excelente alumno, fue abanderado y mejor compañero”, valora su formadora.
Pero ese es el hilo de una historia de cariño entre su alumno y la pareja de entrenadores.
“Cuando Chacha volvió de Chile -hace dos semanas-, nosotros pensábamos tomarnos unos días de vacaciones y no nos fuimos muy lejos porque él dependía de nosotros. Vino en avión desde Chile hasta Asunción, con su delegación (Paraguay), y desde ahí lo mandaron en colectivo hasta Encarnación y como somos los  tutores, teníamos que pasar a Paraguay a buscarlo, traer su vela, registrar el paso fronterizo legal por ser los tutores. ¡Volvía nuestro hijo de viaje!”, compartió riendo Leandra.
Es que la realidad de los chicos del barrio, ubicado entre Urquiza, San Martín y la vera del río, es dura y el empeño de Chacha por crear un futuro mejor ellos lo entienden mejor que nadie.
“Tiene una vida extremadamente pobre, que nosotros por ahí no dimensionamos. Vas al barrio y ves la calidad de vida de los chicos... que ellos vengan acá y que se relacionen con algo que si fuera por ellos mismos, nunca lo podrían hacer, es nuestro aporte”.
Además, para Leandra es también “cambiarles la mentalidad. Los chicos que no están en el deporte a veces los tratan mal a los que vienen al club y les dicen ‘cómo van allá con los chetos’, y cosas así y ellos se encargan de cambiar ese concepto y les dicen ‘vos también podés hacerlo, es gratis’. Entonces esos chicos se acercan, averiguan cuáles son las condiciones para navegar y se suman”.
La premisa principal es saber nadar. “Y a los que no saben hacerlo, les gestionamos los cursos que hay gratuitos de natación; les mandamos a hacer algo o los ponemos en lista de espera y siempre hay alguien que deja de navegar y se suman. Los cupos siempre están llenos, la escuela siempre está cargada de chicos, y eso es lo que nos hace seguir adelante”.

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