Celebremos la alegría

Sábado 13 de octubre de 2018
José Miérez

Por José Miérez Gerontólogo

Hoy quisiera compartir un momento de alegría que viví en la Legislatura de la Provincia. Por iniciativa del señor presidente de la Legislatura de la provincia, ingeniero Carlos Rovira, y con la presencia de autoridades de diferentes ámbitos, se rindió homenaje a personas comprometidas con los derechos de la ancianidad. Se destacaron y expusieron actividades, compromisos y capacitaciones que se vienen realizando sistemáticamente respecto a los ancianos y a los cuidadores. A través de distintas ponencias se puso en evidencia la importancia que este grupo etario tiene en el desarrollo y el crecimiento de los municipios en la provincia. Mucho se ha hecho y se seguirá haciendo en la medida que existan personas que valoren y reconozcan la sabiduría de los años.
Las personas mayores son la memoria de un pueblo y maestros de la vida. Cuando una sociedad no cuida a sus ancianos, niega sus propias raíces y simplemente sucumbe.
La Unam nos ilustró sobre todos los cursos de capacitación y adiestramiento para que se aprenda a cuidar a los que cuidan. Oportunamente haré un informe pormenorizado de los distintos proyectos que se han presentado y se están debatiendo en la Cámara de Diputados.
Quiero compartirles esta oración del libro “Oraciones para personas mayores”, de Ernesto Giobando S.J., actualmente obispo auxiliar de la Nunciatura de Buenos Aires.
Enséñame, Señor, a retirarme a tiempo.
De la vida no podemos jubilarnos. Pero de otras actividades sí, y hasta es conveniente, sano.
En una sociedad donde la medida es el hacer y el tener, el ocio y el tiempo libre es mala conducta.
Aprender a retirarme a tiempo es prudencia y sensatez. Hay muchos que no saben renunciar, dar un paso al costado. Siguen contando su dinero, acariciando su billetera, programando inversiones a veinte años…
Y pensar que la vida pasa por otro lado, la verdadera vida, la sobreabundante vida.
Pienso en tu vida, Señor Jesús, te fuiste en la plenitud de tu edad.
Dijiste a tus Apóstoles: “Es necesario que yo me vaya”. También dijiste: “Si el grano no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto”.
Te retiraste y tu Iglesia creció. Te fuiste y descendió el Espíritu Santo para santificar el mundo.
No estuviste apegado ni a las cosas, ni a la fama, ni a los milagros impresionantes que hiciste.
Te sentiste peregrino y en verdad lo fuiste.
Enséñame, Señor, a retirarme a tiempo.
Que los demás no sientan el fastidio de mis apegos desordenados.
Otros serán más inteligentes que yo.
Otros harán las cosas mejor que yo.
Otros aportarán ideas nuevas que revolucionarán al mundo.
Retirarme a tiempo es parte de la vida, pero no me retiro de la vida. Todavía tengo mucho para hacer, quizá lo que nunca hice.
Aprenderé nuevas recetas de comida. Visitaré museos para redescubrir la belleza de la creación. Estudiaré idiomas o computación. Haré más viajes, si tengo los medios, y si no, caminaré un poco más, veré los techos de las casas, la forma de los árboles, escucharé de nuevo el canto de los pájaros.
Tendré mas tiempo para escuchar una sinfonía o mi canción preferida, leeré tantos libros que quedaron para mañana.
Aprovecharé para estar más con mis seres queridos, poniéndoles el oído para resarcir tantos apuros y justificaciones.
Retirarme de las cosas que me ocasionaron tantos dolores de cabeza no es renuncia sino premio.
Enséñame, Señor, a retirarme. Enséñame, Señor, a descubrir todo lo que me falta para se feliz y hacer feliz a los demás. Amén.
Tendamos la mano y acordémonos del Buen Samaritano

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