2026-08-02

La obstinada sombra del Furia Vargas, de José Gabriel Ceballos

Una novela sobre el poder y sus odios

Recientemente se publicó “La obstinada sombra del Furia Vargas”, novela de José Gabriel Ceballos. Una obra que completa la “Tetralogía de las fronteras” del autor correntino. Trata sobre la conflictiva relación que hubo entre el presidente brasileño Getúlio Vargas y su hermano menor, Benjamín, alias “Bejo”, alias “El Furia”, y los oscuros actos de odio y violencia cometidos por el segundo en la impunidad del poder.

“La obstinada sombra del Furia Vargas” (Editorial Contexto, Resistencia, Chaco), novela de José Gabriel Ceballos trata sobre la conflictiva relación que hubo entre el presidente brasileño Getúlio Vargas y su hermano menor, Benjamín, alias “Bejo”, alias “El Furia”, y los oscuros actos de odio y violencia cometidos por el segundo en la impunidad del poder, entre los cuales se cuenta la invasión de la ciudad argentina de Santo Tomé (Corrientes) en el año 1933.

Transcribimos a continuación un fragmento:

 

La evocación se interrumpe porque alguien viene. Lo anuncia un cuchicheo, la voz de Zaratini, el mayordomo presidencial apostado en la habitación contigua, y una voz que suena a porfía. Y él necesita soledad, abandonó la reunión nocturna del gabinete de ministros con un anhelo de soledad que nunca antes ha sentido.

Se pregunta quién será. Si su hija Alzira, insomne por los presentimientos, si el general Zenobio da Costa, para reiterar explicaciones. ¡Si se presenta Zenobio lo coserá a balazos! ¡Los seis chumbos en los fondillos! ¡Un ministro de guerra que insinúa a su presidente que debe rendirse! No, Zenobio no osará venir, se fue de la reunión del gabinete con el rabo entre las piernas. Pero quizá le traiga una propuesta… ¿Qué propuesta, Getúlio? Los generales insurgentes no tardarán en llegar, sus tanques probablemente ya marchan hacia acá en las nieblas del amanecer...

Se sienta en el borde del lecho. Poco a poco, su gesto se ablanda porque el cuchicheo se ha apagado. Así, sin las gafas, descalzo, en piyama, con el escaso pelo revuelto y la ingente barriga sin faja, inspiraría una caricatura para la portada de algún periódico opositor. Se ha observado al espejo. Le bastó la visión borrosa, desistió de ponerse los anteojos. “Derrota”, se leería debajo de la caricatura. Derrota… ¡Cretinos, malparidos! ¡Derrota mis huevos! ¡La historia me hará vencedor! Pero se interroga: ¿con esta facha ingresar en la historia? “Salgo de la vida para entrar en la historia…” Esta oración, que cierra su carta-testamento dirigida al pueblo brasileño, aún vibra, exacta, en sus cogitaciones, tanto la pulió. Mete la diestra en el bolsillo, toquetea la carta-testamento. Por la emoción, saltó de la silla no bien alcanzó la certeza de que el texto no precisaba de más correcciones. Y enseguida, con un calor entusiástico agitándole la sangre, leyó y releyó los párrafos que en un mañana no remoto estarán impresos en millones de libros, y en piedra y en metal, junto a sus estatuas, a lo largo y a lo ancho de su patria:

“… Sigo el destino que me he impuesto. Luego de décadas de dominio y de expoliación de los grupos económicos y financieros internacionales, me hice jefe de una revolución y vencí. Comencé el trabajo de liberación y establecí el régimen de la libertad social…”

“… Nada más puedo darles salvo mi sangre…” 

“…Escojo este medio de estar siempre con ustedes. Cuando ellos los humillen, sentirán mi alma sufriendo a vuestro lado. Cuando el hambre golpee en vuestra puerta, sentirán en sus pechos la energía de luchar por ustedes y sus hijos. Cuando los desprecien, sentirán en el pensamiento la fuerza para reaccionar. Mi sacrificio los mantendrá unidos y mi nombre será vuestra bandera de lucha…”

“... Serenamente doy el primer paso en el camino de la eternidad y salgo de la vida para entrar en la historia.”

Sin embargo, ahora, cuando se prepara para el gran momento, su aspecto causaría lástima. Debería adecentar su aspecto. Componer una figura digna de entrar en la historia, la de un prócer que asume su martirio con calma y altivez. Suponte, Getúlio, que un fotógrafo enviado por tus enemigos se cuele en el revuelo que producirá el hallazgo de tu cadáver. Algo previsible, esos golpistas actúan con mucha perspicacia, lo prevén todo. Querrán fotografiar una imagen tuya indigna de entrar en la historia. Si a la de un anciano gordo y desaliñado se agrega el rictus de dolor o terror que quizá la muerte dibujará en tu rostro, obtendrán lo que buscan. Considera, además, que olerás mal. El sudor del día angustioso te ha impregnado, y a ello hay que sumar que la muerte afloja los esfínteres. Tendrías que haberte bañado, desodorizado los sobacos, rociado con colonia…

Tira de la tela del piyama hasta su nariz y la olfatea, alza a medias un brazo y se olfatea la axila. Pero cree oír otro cuchicheo y vuelca su atención hacia el cuarto contiguo. ¿Habrá novedades? ¿Convendrá asomarse y averiguar? No. Si hubiera sucedido algo bueno ya se lo habrían comunicado. Si hay noticias frescas serán malas, pésimas, porque las que conoce ya son malas. 

Trata de adivinar el motivo del secreteo que se prolonga en el cuarto contiguo. ¿Una intimación de los milicos por escrito? ¿Varios ministros renunciaron para presionarlo para que renuncie? Quizá el gabinete entero, quizá él ya no encabeza un gobierno sino el fantasma de un gobierno… O sus legisladores se vendieron, o aflojaron por mera cobardía, y mandaron a alguien a notificarle que en el Congreso Nacional se le promoverá un nuevo juicio político. Un derrocamiento elegante. Un “impeachment”con final pactado (…)

Desde la mesa de luz, el Colt 32 con cachas de madreperla lo ayuda a sepultar a sus enemigos en otro olvido efímero. ¿Para qué la furia, ahora? Le bastará con tomar el revólver, llevarlo con firmeza hasta la altura de su pecho, torcer la muñeca y pegar el extremo del caño al hueco que forman el hueso y la tetilla, respirar hondo y apretar el gatillo. ¡Y descansar! ¡El fin de los militares, las vigilias, las calumnias, los presagios, las traiciones…! Descansar blindado por la eternidad mientras sus enemigos se revuelcan en la sangre que manará de este cuerpo achacoso y exhausto…

El pensamiento se atasca en la idea de la sangre. El presidente sube una mano, la suspende en el aire, estudia los dedos gruesos, cortos y velludos. Gira la mano, observa la palma, las líneas que hienden la gordura, y luego su vista se detiene en los bultos azulados que corren por el antebrazo. Allí pronto cesará el torrente de la vida. Habrá una súbita disminución de los latidos y enseguida sobrevendrá la parálisis, y entonces los corpúsculos que viajan en el líquido se unirán hasta crear una sustancia grumosa y quieta, al principio apenas trémula, que se espesará y se espesará, mientras desde el agujero abierto por la bala el flujo todavía escapará durante unos instantes, oscurecido y brillante.

Suspira Getúlio Vargas. Una corriente de autocompasión lo estremece. Un sentimiento que lo asaltó con frecuencia en los últimos días, pero en todos los casos con relación a su impotencia para superar la coyuntura política y su agotamiento anímico. Sin embargo, esta vez la autocompasión se refiere a su cuerpo. A la horrenda metamorfosis por la que pasará cada partícula de su cuerpo. A la corrupción y la desintegración de su cuerpo en la más espantosa soledad. A su indefensión bajo el rumor de los gusanos.

Te puede interesar