No hay cuarto cerrado en Navidad
Un árbol de Navidad adornaba el rincón más visible de la sala familiar. A sus pies se amontonaban paquetes alegremente envueltos de diversos colores y motivos. Etiquetas con membrete a mano señalaban a sus respectivos destinatarios. De la cocina llegaba el aroma del lechón al horno, que sería servido frío más tarde, con ensalada de papas y —de postre— pan dulce. Eran vísperas de Nochebuena.
El comisario hacía ademanes entusiastas a su ayudante. Creía firmemente en la pedagogía de la exageración: siempre procuraba darle énfasis a su discurso, mediante prosopopeyas y frases aleccionadoras, sin importar que las circunstancias fueran triviales o fuera de contexto. Todo con la finalidad de aleccionar a su subalterno, el cabo Pérez.
Los modos, sostenía el comisario García, son la combustión del aprendizaje. Aunque el comisario García se entregaba a su trabajo 24/7 y no tenía familia propia en Misiones —había venido del Chaco, allá ité—, hubiese preferido no tener que oficiar de facto justo en la previa de Nochebuena.
No obstante, el deber es el deber. Cuando el cabo Pérez lo llamó, no dudó y se presentó en la escena. Hizo a la carrera las cinco cuadras que mediaban entre la comisaría y el lugar de los hechos que, cosa muy interesante, era el hogar del propio cabo Pérez.
De entrada, el caso que tenía entre manos lo intrigaba sobremanera.
—Me alegro de que haya venido, Comisario —comenzó el cabo Pérez visiblemente incómodo—. Respecto a por qué le pedí que viniera, bueno…
—Aguarde, Cabo, déjeme hablar a mí. Espero que, como otros en que hemos trabajado juntos, este caso le sirva de aprendizaje —dijo, mirando enfáticamente de un punto a otro de la sala a la caza de pistas—. Preste atención: estoy seguro de que estamos ante un clásico caso de “cuarto cerrado”.
—¿“Cuarto cerrado”? —preguntó el cabo, confundido. —No entiendo. Pero si las puertas están abiertas.
Y según entendía el cabo Pérez, aquello no era un cuarto sino una sala de estar. Se accedía a ella a través de la puerta principal y desde una interior que daba al pasillo (que conducía a las habitaciones y la cocina). Ambas estaban abiertas debido al calor. La ventana que miraba al Oeste permanecía cerrada ocasionalmente, dado que el sol en horas de la tarde daba de pleno. Era aquel un verano particularmente caluroso. Transpiraban hasta los grillos en la capuera. En cualquier caso, pensaba, no había nada de “cuarto cerrado” allí.
—¿Alguien de la casa vio a algún extraño entrar o salir?
—No, señor Comisario.
—¿Lo ve? “Cuarto cerrado” —sentenció el comisario—. Que el intruso haya entrado y salido sin ser visto es la primera premisa. Es algo axiomático. Tome nota. Tiene que leer más, Cabo. Los libros no muerden. Leroux fue mi tesis en aquel club de lectura que le comenté una vez. Le aseguro que los dejé anonadados. Un trabajo muy complejo, heideggeriano. Nadie entendió un pomo. Incluso me pidieron que no vuelva más.
—Comisario, déjeme explicarle por qué lo llamé…
—Sí, sí, no me interrumpa cabo. Un cuarto cerrado incumbe más que puertas. Aquella ventana está cerrada —dijo y señaló a la pared, ignorando la intención del cabo Pérez de explicarlo—. Y dígame, ¿qué se ha llevado el intruso? ¿Joyas, un bolso con dinero, una motosierra, una plancha? Les encantan las planchas: es algo psicológico, freudiano, Cabo.
—Pero nadie se ha llevado nada. El comisario lo miró con un mohín de incredulidad.
—¿Qué no se han llevado nada? Espero que no intente tomarme el pelo, Cabo. ¿Para qué entraría alguien a hurtadillas si no para llevarse algo de valor? ¿Acaso lo sorprendieron in fraganti y huyó? ¡Dígame! —se exaltó el comisario—. Le advierto que omitir hechos de la causa es tan grave como ocultar pruebas incriminatorias. No se meta en ese berenjenal, le advierto. Es un camino de ida.
—Es que no había nadie a quien ver, comisario —dijo el cabo a la defensiva, alzando los hombros. —Felipe…
—¡Con que “Felipe”! —lo interrumpió—. ¿No que “no había nadie a quien ver”? Tenemos un nombre. Excelente. Ha empezado a hacer su trabajo después de todo. Deme ahora alguna descripción física. ¿Dos metros, una cicatriz cruzándole la mejilla, mentón prominente, mirada torva…?
—No señor. Quiero decirle que ahí viene Felipe, es mi hijo. Tiene diez años. Se lo presento.
El niño entró a la sala y saludó respetuosamente al comisario que, a su vez, le extendió la mano con semblante serio.
—¡Tenemos aquí un testigo! Perfecto. Esto va encaminándose a pesar de su torpeza, déjeme decirle. No se ofenda, Cabo, usted es un novato en estas cosas. Pero no se preocupe, yo lo haré un investigador con todas las letras. Aprenda de mí, vea lo que hago, escuche lo que digo. Y ahora dígame, este chico Felipe, su hijo, ¿interrumpió al ladrón en su maniobra delictiva y lo instó a escapar? No es común, pero ya se ha visto algo así antes.
—No, Felipe no vio a nadie —dijo y el niño lo corroboró con un asentimiento de cabeza, sorprendido ante su propia aseveración. El comisario se atusó los bigotes, preocupado.
—Interesante. Esto se va complicando cada vez más. No hay delito ni señales del involucrado. El testigo no ha visto nada. Increíble.
—Lo que vio Felipe fueron los regalos esta mañana. Es tradición abrirlos en la noche, así que tendrá que aguantar las ansias hasta entonces. Pero no alcanzó a ver quién dejó los paquetes junto al árbol —dijo e hizo un guiño cómplice al comisario, quien malinterpretó el gesto.
—¿Tiene los ojos resecos? Vaya y póngase un colirio, Cabo. O parpadee más. Ahora mejor sigamos con lo importante, que es nuestro caso. No insinuará que haya sido el propio intruso quien dejó los regalos allí. No tiene sentido. Es un enroque de conceptos. Le advierto que mi paciencia tiene un límite.
—Pues, sí. Más o menos. Ahora que usted lo dice, puede que eso fuera exactamente lo que pasó acá —dijo el cabo en un intento por articular las circunstancias, por demás confusas.
El comisario se restregó las manos con impaciencia y comenzó a caminar por la sala. Se alisaba los bigotes. Se mecía los cabellos. Agitaba sus manos. Cuando se mareó de tanto dar vueltas se volvió hacia el cabo:
—Pero este es el más complejo de todos los casos de cuarto cerrado sobre los que he investigado o tenido noticia. Las puertas han permanecido abiertas todo el tiempo. No hay crimen a la vista. No hay señales del intruso, que para colmo no sólo no se ha llevado nada sino que ha dejado regalos para toda la familia. ¡Esto es inconcebible!
El cabo carraspeó, súbitamente incómodo.
—Comisario, sé que puede parecerle extraño, pero en realidad no fue por esto que lo insté a venir.
—¿Ah, no? Cabo, usted me crispa los nervios. Le suplico que me aclare esta situación o no respondo de mí mismo. Creo que en cualquier momento me va a dar una apoplejía. Recuerde que soy un hombre mayor. Esto supera todo lo conocido, con creces.
—Bueno —dijo el cabo, con una leve tos—, en realidad lo hice venir porque sé que usted no tiene a su familia acá… Y en Navidad más que nunca hay que estar con los seres queridos. Y usted, déjeme decirle, es una persona muy querida para mí. En estos años en que he trabajado bajo su tutela, se ha convertido usted en casi un padre para mí. Lo invito a pasar esta noche con nosotros. Mire —agregó y le señaló un paquetito amarillo cruzado por un lazo en azul a lunares, con un moño enorme y una etiqueta con la leyenda “Comisario García”—, incluso hay un regalo para usted.
García se quedó duro un momento, observando el regalo y el rostro del cabo, que ahora sonreía ampliamente. A su lado, el pequeño Felipe también sonreía. Padre e hijo se tenían de la mano.
—Pérez, este es el mejor final de cuantos haya leído antes —dijo—. ¿Y sabe una cosa, además? No deberían haber cuartos cerrados en Navidad —agregó y lo estrechó en un sorpresivo abrazo.
Primer Premio del XIII Concurso Internacional de Cuentos Navideños de la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral.
Germán Wilcoms, es de Leandro N. Alem, Misiones