Volver a nacer; en Navidad...
- ¿Qué pasa que no come? ¿No tiene hambre?
- ¡No me gusta esta comida!
- ¡Mocoso de mierda! Váyase a dormir sin comer. Si no está conforme se puede ir de esta casa cuando quiera. ¡Carajo!
- Jorge; hace varias semanas que estás muy nervioso. ¿Por qué lo tratás así a Pedro?
- Lo trato como se merece.
- ¡Lo maltratás como a un soldado!, y no es un subordinado tuyo; él es tu hijo.
- ¡No! Sabés muy bien que no es hijo nuestro.
Pedrito, que estaba escuchando escondido, salió corriendo para su pieza. Agarró la bolsa de dormir con la muda de ropa que utilizaba para los campamentos del liceo militar; y, con solo siete añitos, se escapó…
Anduvo por muchos lugares, juntándose con gente de la calle, hasta que se sintió seguro durmiendo en el estacionamiento de un hospital. Allí estuvo dando vueltas por varios días; hasta que alguien se percató y se le acercó para decirle:
- Yo me llamo Luis, ¿y vos cómo te llamás?
- Pedro.
- ¿Cuántos años tenés?
- Siete.
- ¿Tenés Papá, hermanos o alguien que te pueda venir a buscar?
- No, a nadie.
Entonces Luis aprovechó la ocasión y lo invitó a su casa. Y, después de darle algo de comer durante algunos días, llevó al chico a lo del Turco con la promesa de que allí iba a estar mejor.
Cuando llegaron a la casa (robusta, y fría como una fortaleza) el Turco ya los estaba esperando.
- ¡Hola Luis!
- ¡Buenas Turco! Acá te traigo el paquete que te comenté; quedó guacho y a vos te va a servir, lo entrenás un poquito y lo ponés a laburar… Luis se fue y Pedrito se quedó en su nueva casa. El Turco lo apodó Guacho y a los pocos días lo puso a trabajar (vendía cosas, pedía, robaba…); y así fue pasando el tiempo, los días y los meses; aprendiendo malas mañas, y muy poco sobre leer y escribir.
Pasaron casi 7 años de esclavitud y Guacho (Pedrito), que ya tendría entre catorce o quince años, se animó a escaparse de ese infierno.
Caminó durante varios días hasta que, en la Villa 1-11-14 del Bajo Flores, en CABA, encontró una tapera donde pudo refugiarse, y allí tuvo que aplicar lo que había aprendido para sobrevivir. Los días pasaban y su presencia comenzó a llamar la atención, hasta que unos pibitos de la cuadra se le acercaron y:
- ¡Eh amigo! ¿Quién sos?
- Me dicen Guacho, y… nada… estoy re tirado, solo y no tengo dónde parar.
- ¡Ah… piola Amigo! Guachín, ¿querés una seca?
- Piola Capo, recopada tu onda. Y así se fue metiendo en la Pandilla del lugar. Salían de gira por los Barrios vecinos de la Villa, robando cualquier cosa para luego venderla y comprar paco o merca. En esa época, a los vecinos no les llamaba la atención ver tantos jóvenes, en grupo, caminando. Las clases ya habían terminado, y había mucho movimiento de gente, por todas partes, debido a los próximos festejos de Navidad. En una de las tantas salidas pasaron por una casita muy prolija, y a Guachín le llamó la atención una señora mayor que estaba cantando y adornando su jardín con un humilde y hermoso arbolito de Navidad; y hasta presintió que sus miradas se encontraron contemplándose por unos segundos.
- ¡Eh Guachín! ¿Viste a esa vieja chapita?, siempre está cantando. Dicen que cobra una jubilación de Italia y que está acobachando una moneda grosa para su nieto.
- Ya sé gato; si querés quedarte con nosotros apretala a la vieja hasta que cante dónde tiene la plata. ¿Te da la nafta?
A Guachín (Pedro) no le cabía mucho la propuesta, él solo era un ratero, pero sabía que no le quedaba otra y aceptó. Pensó que la mejor ocasión sería la Noche de Navidad, aprovechando el movimiento y el bullicio de la gente. Esperó a que oscureciera, y, utilizando un árbol del terreno baldío lindero, llegó hasta la ventana, la forzó, y a los pocos minutos ya estaba en la pieza.
La señora se despertó sobresaltada por el frío metal de un cuchillo que presionó su cuello. Al verlo creyó que era un sueño, porque su cara le trajo instantáneamente lejanos buenos recuerdos. Intentó persuadirlo, pero sólo logró encender aún más su decisión de encontrar la plata.
- Hijo, podrías ser mi nieto, por favor, pensá en lo que estás haciendo, yo en algo podría ayudarte. Estamos en Navidad…
- ¡¿Dónde tenés la plata vieja del orto?!
- ¡No tengo plata!
Guachín, por miedo de que gritara, le tapó la boca con una cinta y la ató a la cama. Comenzó a revisar todo; vació los cajones, tajeó los colchones, revolvió toda la ropa, y cada tanto le daba unas puntadas a la anciana para que cantara. Siguió revisando y en una alacena encontró una cajita, la agarró con bronca y al abrirla desparramó su contenido. Había algunas fotos y un fajo muy grande de billetes. Encontró la plata… Un poco más tranquilo buscó algo para comer. Luego, al seguir revolviendo los papeles, un frío repentino recorrió su cuerpo cuando su mano temblorosa agarró una foto donde estaba la vieja junto a un niño idéntico a él. No podía entender lo que estaba viendo. Y ello le hizo recordar lo último que había escuchado en su antigua casa: - ¡Sabés muy bien que no es hijo nuestro…! Antes de seguir hurgando fue hasta donde estaba la anciana y le aflojó la cinta para que pudiera respirar mejor. Y sus miradas se volvieron a cruzar… Entre otras fotografías encontró una nota manuscrita que decía:
- Mamá. Estamos bien. Por tu seguridad no puedo decirte dónde. El embarazo de Marina sigue bien. Ya sabemos que es un varoncito y que probablemente nazca dentro de un mes, entre el 21 ó 28 de marzo. Cuidate por favor. Ernesto. Tu hijo que siempre te amará. Y Pedro se acordó de su fecha de nacimiento: 24 de marzo de 1978.
Después halló un recorte de diario, de fecha 26 de febrero de 1978 que refería: “Los vecinos aducen que, del Departamento 1°C, anoche fue secuestrada una pareja de jóvenes. Lo descubrieron por las cámaras del Portero, donde quedó filmado cuando eran sacados encapuchados. Sólo saben que se llaman Marina y Ernesto, y que la chica está embarazada”.
Y Pedro, recordando que alguna vez había escuchado algo sobre un juicio a militares, agarró una foto, fue corriendo hasta donde estaba la viejita, la desató, y mirándola fijo a los ojos le dijo: - ¡¿Abuela…?!
Al escuchar esa palabra, la Abuela, mirando hacia el jardín a través de la ventana, vio a su arbolito de Navidad resplandecer como nunca jamás lo había visto. ¡Y se fundieron en un soñado abrazo…! Lo que siguió después fue un hermoso y cálido trámite administrativo que le sirvió para legalizar su “Renacimiento”.
Segundo Premio del XIII Concurso Internacional de Cuentos Navideños de la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral.
Juan Carlos Viale es de Cañuelas, Buenos Aires