2025-12-25

El fuego del recuerdo

Miguel Ángel Prestifilippi

Era 24 de diciembre y nadie recordaba la Navidad; al menos, nadie la celebraba como antes. Por una extraña razón ese ritual estaba desapareciendo de los hogares de José C. Paz, de toda la Argentina y quizás del mundo. 

Esa noche, Lupe miraba por la ventana del pequeño comedor mientras su mamá preparaba empanadas y su papá terminaba de arreglar unas luces viejas que no encendían. La Navidad estaba cerca, pero en el barrio nadie hablaba de armar el arbolito ni de salir a comprar regalos. Mojito, su hermano, jugaba con un camión de plástico sin mucho entusiasmo. Todo se sentía apagado, como si una sombra invisible se hubiera llevado el espíritu navideño. Esa noche, cuando el reloj marcó las doce, nadie festejó, ni gritó, ni brindó, ni siquiera fuegos artificiales había en el cielo. Sin embargo, un sonido extraño llamó la atención de Lupe y Mojito. No era un ladrido ni un trueno. Venía del patio. Lupe se levantó del sillón en puntas de pie, abrió la puerta con cuidado y vio una luz verde moverse entre las plantas del jardín. Mojito, medio dormido, la siguió. Ambos se quedaron quietos al ver una figura diminuta con gorro rojo, orejas puntiagudas y un saquito lleno de polvo brillante. 

—¿Ustedes son los hermanos Paz? —preguntó el duende con una voz rápida y temblorosa—. Me llamo Pin Pon, ayudante de Papá Noel. Necesito su ayuda. Lupe asintió sin entender. Mojito lo miró maravillado. Pin Pon explicó que algo extraño estaba ocurriendo en el mundo: una corriente de tristeza estaba apagando la chispa navideña. 

Las luces se fundían, los villancicos se olvidaban y los niños ya no escribían cartas al Polo Norte. La gente en general la estaba olvidando. La localidad José C. Paz era el punto donde todo comenzaba a desaparecer rápidamente.

 —El Manto del Olvido se está extendiendo —dijo el duende mientras abría su saco y mostraba un puñado de polvo plateado—. Si no lo detenemos, Papá Noel no podrá repartir alegría este año, la navidad va a desaparecer y la tristeza va a reinar este hermoso país de mate y pan dulce. 

Lupe respiró hondo.

— ¿Qué tenemos que hacer? 

Pin Pon les entregó una campanita con una estrella grabada. 

—Debemos reavivar el “Fuego del Recuerdo” del árbol de la vida. Está oculto en el árbol más viejo de la plaza principal, pero sólo los niños con fe pueden encontrarlo. El árbol está ahí desde tiempos inmemorables y la oscuridad quiere apoderarse de su poder. 

—¿Cómo vamos a salir sin que mamá y papá se den cuenta? —preguntó Mojito. 

—¡Es verdad! no podemos salir, señor Pin Pon, nos van a retar—agregó Lupe preocupada. 

—No me digan señor que no soy tan viejo, apenas cumplí 642 añitos —agregó el duende sonriendo y siguió— déjenme esa parte a mí. Caminaron hasta donde estaban sus padres y Pin Pon sopló un poco de polvo plateado en las cabezas del señor y la señora Paz haciéndolos quedar profundamente dormidos en la habitación. 

Salieron en silencio. La calle estaba vacía y el aire fresco les rozaba las mejillas. El duende hizo aparecer una gran burbuja que los cubrió y los llevó volando por toda la ciudad hasta aterrizar en la plaza Belgrano, en el centro de José C. Paz. Mientras volaban atónitos veían que las luces de las casas titilaban débilmente. La ciudad dormía en vez de celebrar. Cuando llegaron a la plaza, la burbuja tocó el piso y se reventó con un pequeño “pump” al lado del monumento a Manuel Belgrano. Frente a ellos, el viejo pino seco parecía agonizar. Mojito y Lupe tocaron el tronco, una chispa verde brotó de sus manos y Pin Pon, al agitar su polvo brillante, transformó la chispa en una llama flotante: el fuego del recuerdo. 

—El fuego responde a quienes creen en la Navidad y devuelve los recuerdos a las personas —dijo el duende— pero hay que cuidarlo. Un viento helado sopló con fuerza y apareció una sombra oscura con forma humana. Era la Señora Gris, guardiana del Olvido, que vivía de los recuerdos apagados. 

Su voz retumbó entre los árboles. 

—Los niños ya no creen en la Navidad. Ríndanse, su misión está perdida. 

Lupe sujetó la campana y la hizo sonar. El sonido se expandió por toda la plaza como un coro. Mojito tomó la mano de su hermana, cerró los ojos y recordó todas las Navidades con su familia: las luces, el olor a pan dulce, las risas. Pin Pon juntó esas memorias con su polvo mágico, y el fuego se volvió dorado. La sombra se desintegró con un grito que se perdió en el cielo. Las luces de las calles se encendieron una tras otra. En las casas, todo tomó color y alegría, los niños despertaron sin saber por qué sentían deseos de reír. Los adornos volvieron a brillar. Papá Noel, desde el Polo Norte, sintió el cambio y sonrió. 

Pin Pon los miró con orgullo. 

—Lo lograron. La Navidad está a salvo. 

Antes de desaparecer, les advirtió que no podían contarle a nadie lo ocurrido. Si los adultos supieran, la magia se disolvería. Les dio un último regalo: una pequeña esfera luminosa para mantener viva la fe en su hogar. Les sopló un poco de polvo dorado y los niños reaparecieron en su casa, sanos y a salvo. Bajo su árbol de Navidad encontraron la esfera encendida junto a una nota: “Gracias por creer”. Los hermanos se miraron cómplices. La chispa de la Navidad volvía a brillar en José C. Paz, y en el corazón de dos niños que guardaban un secreto increíble. Los vecinos comenzaron a bailar en la calle, los niños a gritar y jugar, las casas estaban llenas de regalos. Lupe y Mojito sabían que la magia estaba cumpliendo su tarea silenciosa, devolviendo la alegría a cada casa, a cada corazón. Esa Navidad fue distinta. Lupe y Mojito miraron el cielo estrellado y juraron cuidar la magia que habían despertado. Sabían que el secreto era grande, pero también hermoso: mientras existieran niños dispuestos a creer, la Navidad nunca dejaría de brillar en José C. Paz, ni en el resto de Argentina.

 

Primera Mención Especial del Jurado del XIII Concurso Internacional de Cuentos Navideños de la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral.

Miguel Ángel Prestifilippi es José C. Paz, Buenos Aires

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