2025-12-25

El último pedido del repartidor

Rocío Egusquiza

Esa noche, el calor arreciaba, …. Como si el cielo hubiese decidido ir con cautela sobre las calles silenciosas del pueblo… Antonio manejaba su vieja bicicleta de reparto con las manos sudorosas y el corazón lleno de un cansancio que no cedía. 

Era una Nochebuena tibia, de esas en que el cielo del Paraguay parecía respirar lento, como si también esperara un milagro. El aire olía a tierra mojada, a mango maduro caído del árbol y a humo de leña que subía en espirales desde los ranchos. Las luciérnagas encendían sus pequeñas lámparas sobre los pastizales, y un coro de sapos marcaba el pulso húmedo de la noche encapotada. 

Las casas, con sus techos iluminados por luces navideñas y sus paredes que respiraban historia, guardaban olores de chipas recién horneadas y caña dulce. 

Antonio tenía cincuenta y tres años y repartía comida por una aplicación que abarcaba tres pueblos a la redonda. Antes, hacía muchos años atrás, había sido carpintero, electricista, plomero y esposo. Ahora solo era un nombre en una pantalla y una sombra con mochila térmica. 

Era Nochebuena, y juró que sería la última entrega del día. El pedido decía: “Un pollo al espiedo y una gaseosa de 2 litros. Destinatario: Yolanda Zapata”. El nombre y el apellido lo atravesaron. Hacía veinte años no escuchaba ese nombre y apellido: Yolanda Zapata, su ex esposa. 

- “Una coincidencia”, murmuró, pero el pulso le tembló. 

Miró la dirección: le resultaba desconocida, como muchos lugares de ese pueblo; habían vivido juntos en la capital y seguro seguiría allí. El algoritmo, por alguna ironía o milagro de Navidad, lo había enviado allí, donde vivía una mujer con el mismo nombre y apellido. 

En ese rincón, donde el guaraní se mezcla con los silencios del monte, la Navidad no se anunciaba con nieve, sino con el canto de los grillos, el crujir del fuego y el olor de la lluvia que prometía volver. El trayecto fue una procesión de fantasmas del pasado: las calles, parecían similares al barrio donde vivieron hace tantos años atrás, a cientos de kilómetros de ese lugar. Cuando llegó a la casa, vio un portal humilde pero limpio, con un pequeño jardín lleno de plantas y un jazminero que invitaba al descanso bajo su sombra oscura, donde las cigarras seguían cantando, invitándolo a recordar. 

Tocó el timbre. 

- Reparto a nombre de Yolanda – dijo, si levantar la mirada. 

- ¿Antonio? – respondió una voz que no había envejecido tanto como él recordaba. 

Ella lo miró sorprendida, sin la dureza de otros tiempos. Tenía el cabello más corto, la mirada cansada y las manos más frágiles. 

-  No puede ser… - dijo, con una sonrisa que temblaba entre la incredulidad y la ternura-. No sabía que trabajabas en esto. 

-  Yo tampoco sabía que vivías aquí. 

Silencio. 

La aplicación pidió confirmación de entrega. Él apretó el botón: pedido completado. 

Ella lo invitó a pasar, casi como si fuera lo más natural del mundo. Sobre la humilde mesa había dos juegos de cubiertos preparados para la cena y dos vasos, sobre un mantel raído pero limpio. 

-  Esperaba a alguien – dijo ella, algo nerviosa. 

-  ¿Tu hijo? – preguntó él, sin saber si quería oír la respuesta, fijándose en la foto que estaba sobre un aparador, donde se veía a una Yolanda más joven abrazando a un niño de unos diez años. 

-  El nuestro. – contestó – Viene de la capital esta noche. No sabe de tu existencia. 

Él se quedó sin palabras. Miraba el pequeño pesebre, el mismo que recordaba de tantos años atrás. Él quiso hablar, pedir perdón por lo que fue y por lo no fue; por lo que no supo arreglar, por cómo el alcohol, las deudas y el orgullo lo habían convertido en un extraño. Pero ella rompió el silencio antes: 

-  No me debes ninguna disculpa, Antonio. Ya pasaron demasiadas navidades sin que ninguno de los dos se perdonara. 

Entonces sacó una pequeña caja de cajón del aparador. Dentro había una figurita de madera: un ángel sin alas. 

-  Lo tallaste tú – dijo- La Navidad anterior al nacimiento de nuestro hijo. Lo guardé, aunque dijiste que la tirara por no haber podido tallar las alas. 

Antonio tomó la figura entre sus dedos agrietados. Las manos le temblaban. 

-  Nunca supe terminarlo -murmuró-. Pensaba darle las alas cuando todo estuviera bien. Y ya ves, ni siquiera supe que tuve un hijo. Lo he hecho todo mal. 

Ella lo miró por unos largos segundos, sin rencor. 

-  Tal vez, ahora puedas terminarlo. 

En ese momento, sonó el timbre. Era su hijo. El corazón de Antonio corría una alocada carrera en su pecho con un mundo de sensaciones encontradas. El joven, alto y serio, entró empapado por la llovizna que empezaba a volverse más copiosa. Se quedó paralizado al ver a alguien prácticamente igual a él, pero con muchos más años encima. Era como verse en un espejo del futuro. Enseguida comprendió quien era ese hombre mayor que estaba con su madre. 

-  No lo planeamos -dijo Yolanda- Fue… una coincidencia. 

-  En Navidad no existen las coincidencias -respondió el hijo, después de un largo silencio. 

Esa noche, cenaron juntos por primera vez, en más de dos décadas. 

No hubo brindis ni villancicos, ni risas desbordadas, pero sí algo más sagrado: una paz torpe, imperfecta, humana. La quietud de un perdón que no necesitó palabras. 

Antes de irse, Antonio dejó sobre la mesa la figurita de madera. En un papel escribió: “Para que el ángel encuentre sus alas, alguien debe creer que aún puede volar”. 

Al salir, la lluvia empezó a caer copiosamente, ahora sin miedo, con ese aroma característico del petricor. 

La app le ofreció nuevos pedidos, pero por primera vez, Antonio apagó el teléfono. La noche ya le había dado el único encargo que importaba. 

Una semana después, Yolanda encontró el ángel tallado sobre el aparador, al lado del pesebre. Alguien -tal vez su hijo, tal vez el destino- le había añadido dos pequeñas alas de papel. 

Ella sonrió. 

Afuera una vieja bicicleta cruzaba la calle cubierta de polvo, y por un instante, el mundo pareció perdonar a todos sus errantes. 

 

Tercera Mención Especial del Jurado del XIII Concurso Internacional de Cuentos Navideños de la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral.

Rocío Egusquiza, es de Lambaré, Paraguay.

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