2007-02-18

Prostitutas dominicanas buscan salvar al mundo del VIH

Al terminar su jornada en el modesto burdel, la prostituta de 42 años viaja a la capital para recibir una inyección que podría salvar no solamente su vida, sino posiblemente la de millones de personas en el mundo. Julia Fernández, madre de tres niños, es una de 175 prostitutas dominicanas que se prestan al experimento que un laboratorio estadounidense espera produzca una vacuna contra el virus causante del sida.
Desde que se dedicó a la prostitución después de divorciarse, Julia vio a amigas y compañeras morir de la enfermedad.
“Es raro que alguien viva aquí y no sepa del sida y sus efectos”, dijo enfundada en un vestido amarillo ajustado y labios rojo brillante.
Asustadas por una epidemia que devasta el Caribe a ritmo sólo inferior al del Africa subsahariana, las mujeres pasarán gran parte de los próximos cuatro años viajando a Santo Domingo para recibir inyecciones y someterse a exámenes.
El sida es la principal causa mortífera de las personas de 15 a 44 años en el Caribe, y en el 2005 cobró 24 mil vidas. Según Naciones Unidas, casi tres cuartas partes de los infectados viven en la isla Hispaniola, que la República Dominicana comparte con Haití.
Por lo menos 70 mil  de los nueve millones de habitantes de la Dominicana están infectados con el VIH y la discriminación desalienta a muchos de examinarse o tratarse. Entre las prostitutas, alrededor de 3,6% están infectadas, aunque los investigadores reportaron cifras hasta del 12 por ciento.
Las prostitutas, reclutadas en hoteles, se encuentran entre unas tres mil personas de ocho países que prueban la vacuna experimental, una combinación de virus desactivados y genes del VIH de producción sintética que se supone instruyen al organismo a destruir las células infectadas.
Los participantes en el experimento del laboratorio Merck & Co, de Nueva Jersey, no saben si reciben el fármaco o un placebo.
Las mujeres son compensadas por un día de trabajo perdido,  mil pesos o 30 dólares, como también por alimentos y transporte.
Algunas abandonaron el experimento, y la clínica suministra instrucción para su salud y regalos ocasionales como bolsas de cosméticos para prevenir que otras pierdan el interés. Para muchas de ellas, su mayor recompensa es el orgullo.
“Lo hacemos para el mundo”, dijo Lucila Ovalle, de 38 años.
Los otros países donde se lleva a cabo el estudio, Perú, Brasil, Haití, Jamaica, Estados Unidos, Canadá y Australia, presentan todos la misma cepa del VIH, precisó la vocera de Merck, Janet Skidmore.
La cepa también se halla en Europa, lo que significa que una fórmula que dé resultado podrá tener un lucrativo mercado mundial. También se acaba de lanzar una prueba en Sudáfrica para ver si la vacuna podría tener efecto sobre las cepas africanas.
Todo riesgo a largo plazo tardará años en ser descubierto, pero una vez que los médicos explicaron que no había posibilidad alguna de contraer la enfermedad con la vacuna, Julia se apresuró en anotarse. Los participantes reciben tres inyecciones en los primeros siete meses del estudio, y luego deberán seguir presentándose para cuatro años de minucioso escrutinio.
La prueba actualmente en la segunda de tres fases experimentales, es patrocinada por la HIV Vaccine Trial Network (Red de pruebas de vacunas para el VIH), grupo con sede en Seattle. Después de décadas de búsqueda infructuosa, cabe la esperanza de que alguna de ellas reduzca la propagación del virus.
Por ofrecer la esperanza de inmunidad al VIH, los investigadores no tienen dificultades para hallar voluntarias en cualquier prostíbulo de Las Guaranas, pueblo de calles sucias rodeado de arrozales a 120 kilómetros de Santo Domingo.
Muchas voluntarias fueron rechazadas debido a embarazos, presión alta o por estar ya infectadas.
Margarita Ramírez, dijo que se convenció de sumarse al estudio por la infección de su hermano y su cuñada, que murió el año pasado.
“Me preocupa mi salud”, dijo.
Mientras tanto, en el prostíbulo de Julia se insiste en métodos más familiares: “Compramos preservativos por caja y las chicas se examinan frecuentemente”, afirmó. ¿Y si un cliente se niega a usar protección?:“Le pegamos hasta que se lo ponga”, respondió con una sonrisa.
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