El Tajamar, de fiesta

Miércoles 10 de junio de 2020

Por Rubén Emilio Tito García rubengarcia1976@live.com.ar

Los amigos tenían la misma edad y fueron compañeros desde el primer grado en la escuela Félix de Azara bajo la dirección de don Aníbal Lesner. Todos ellos le llevaban tres años al Paco, y cuando a éste le tocó el turno de comenzar sus estudios resultó el protegido de los amigos.
Con ellos aprendió a pitar los primeros cigarrillos en un lugar apodado el cubil, una suerte de escondrijo bajo el puente de la avenida Centenario casi Gómez Portinho, por donde tenía su cauce el arroyo Itá. Metros más abajo se ensanchaba formando un estanque natural donde la gurisada en veranos calientes se tiraba desde un grueso tronco que servía de trampolín. El agua corría tan limpia y cristalina que hasta se podían observar cardúmenes de mojarritas, para solaz de los chicos que las atrapaban en redecillas. Y luego doña Pancha, la madre del Paco, preparaba unas frituras que los comensales saboreaban con placer. A la margen derecha del estanque, nísperos, guayabas y unos sauces llorones daban sombra al entorno que se completaba sobre la esquina con un campito de pastos cortos y resecos utilizado como canchita de fútbol, donde frecuentemente los grandotes prevaleciéndose solían echar a los más gurises.
Siguiendo el curso del arroyo, árboles de regular tamaño y espesa fronda en ambas orillas formaban un túnel vegetal que se enmarañaba a medida que se alejaba del puente, utilizado por cazadores de pantalones cortos como coto de caza para bajar pajaritos a hondazos, con los consabidos rezongos de vecinos que se oponían a la matanza. Por lo demás, estos episodios de circunstancias conexas completaban el mundo ideal de jóvenes que iban creciendo en barrios humildes de calles polvorientas y siestas prolongadas, como fuera El Tajamar, cuyo divertimento en domingos de sol solían ser las carreras de jardineras por la avenida Centenario. El tramo recorrido cual pista de cuadreras se iniciaba en la panadería de don Gabriel Chemes, ubicada en la intersección con la avenida Corrientes, hasta el almacén de la otra familia Chemes de la avenida Santa Catalina, en jornadas de polvaredas, cascos batientes, latigazos y los conductores parados sobre el pescante haciendo equilibrio y sujetando las bridas con firmeza para que los caballos no se desboquen.
Sin embargo, aconteció un suceso extraordinario que rompería la monotonía y sacudiría la modorra barrial, e iniciara el comentario de chicos y grandes. La noticia que en realidad zarandeó a toda la ciudad y convulsionara al barrio en particular, fue la llegada del legendario boxeador José María Gatica, precedido de fama insuperable que desbordaba la imaginación popular. Gatica “el Mono” era la leyenda andante del boxeo argentino, el que combatió con Alfredo Prada en batallas memorables e hicieran de esas contiendas el River - Boca de los puños, el deportista que más veces salió en la tapa de la revista El Gráfico, el irrespetuoso que le dijera a Perón al pasarle la mano: “Dos potencias se saludan”. Este soberbio y ostentoso personaje mitológico de vestir estrafalario estaba en Posadas y pelearía nada menos que en el Club Atlético, el club que palpitaba en pleno corazón de la barriada en jornada vespertina que prometía ser espectacular. Pasaje Labat, calle de la vieja entrada, se vistió de gala y en función de la expectativa, pequeños y grandulones ya prepararían la estrategia para burlar a la policía montada en recorrida por los alrededores para evitar a los colados. Esfuerzo vano, porque estos pillos eran expertos en filtrarse. 
Como era de esperar, el combate se realizó a campo lleno, con el bullicio de los que pagaron las entradas y de aquellos que pudieron colarse, que entusiasmados y exultantes se refocilaban al contemplar fascinados como su gran ídolo lo molía a palos a Faustino Navarro, que no pasaba de ser un sparring, venciéndolo fácilmente en menos de cuatro rounds. 
“Ídolo de barro”, dijo doña Eulalia la curandera cuando atendió al magullado vencido, al enterarse el papelón que hiciera Gatica en el bar Tokio, el templo de reunión de la capital misionera, y corriera como reguero de pólvora por la ciudad. Resulta que, en víspera de la pelea, Gatica se encontraba con otros parroquianos en el mostrador del bar de la legendaria confitería frente a la plaza 9 de Julio. En un momento dado entra al gran salón el Negro González, de profesión procurador, defensor del pobrerío y radical hasta los huesos, portando el vasto antecedente de haber caído preso en varias ocasiones por “contrera” del partido gobernante.
En la oportunidad, uno de los acompañantes le susurra por lo bajo al Mono: 
 -Ese es uno de los referentes radicales de Misiones. 
Gatica, soberbio y burlón, se da vuelta, lo mira de arriba abajo y le dice sobradoramente a otro contertulio:
-Si este es uno de los referentes radichetas, ¿cómo serán los otros?
Como respuesta, el Negro González le pone un ‘bufoso’ en la cabeza y le contesta:
- ¡Éste son los otros!
 ¡Para qué!  Acto seguido se armó una trifulca flor, intervino la Policía y al pobre Negro lo llevaron detenido una vez más.
Sostenía doña Eulalia en sus sesiones de curanderismo que la soberbia es el peor pecado de aquellos que adquieren poderes y riquezas legalmente o en forma oscura. Ejemplificaba con la metáfora siguiente:
-Añá, el diablo, antes Luzbel, fue el más hermoso ángel del cielo que en un mal día se le ocurrió ser Dios. En castigo, Ñande Yara lo echó del Paraíso y lo condenó a vivir deambulando por el mundo hasta el fin de los tiempos. Pero he aquí que arrastró consigo todos los pecados imaginables, incluido el de la soberbia. Y con la finalidad de inculcar este mal a los mortales, elegía a sus víctimas entre los ricos y a quienes ostentaban poder, haciéndoles creer que eran dioses, y cuando en serio estos se creían, los convertía en ídolos de barro. Son aquellos seres que deambulan por el mundo sin que nadie crea lo que dicen y duden de su palabra, como algunos personajes de la política nacional, que siguen creyendo en sus mentiras. 

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