De mitos caídos e inventos argentinos

Sábado 14 de julio de 2018

Por César G. Calero Para el diario El Mundo de España


Hay un mural en el barrio porteño de Barracas que habría hecho las delicias de Miguel Ángel. En la capilla sixtina del club Sportivo Pereyra el todopoderoso Diego Armando Maradona extiende su dedo índice para traspasar su talento al adánico Leo Messi. Junto a ellos, una pléyade de querubines del fútbol argentino: Kempes, Batistuta, Ortega, Riquelme... El fresco data de 2014 pero volvió a cobrar actualidad hace unas semanas al calor del Mundial de Rusia.
Hace tiempo que los argentinos saben que Maradona es, en todo caso, un dios atrabiliario y pendenciero. Y Messi, ese Adán silente que sólo habla con los pies, ha pasado en pocos días de ser una figura mitológica a un vulgar pecho frío, el peor calificativo que le pueden endosar a un jugador por estas tierras. La eliminación de la Albiceleste en octavos ha devuelto al país a la cruda realidad de un invierno austral especialmente duro, con la economía entre algodones y en manos de un agente del averno: el FMI. Los mitos del balón se han devaluado en cuestión de días, tal y como lo hizo en mayo el peso, una moneda tan poco fiable como la zaga de la selección argentina.
A falta de títulos, a los argentinos les queda la satisfacción de haberse adelantado a los tiempos. Para quien no lo sepa, el VAR, que tanto está dando que hablar en Rusia, ya lo inventó un argentino hace 30 años. Roberto Fontanarrosa, uno de los escritores más futboleros de todos los tiempos, lo imaginó en uno de sus relatos, La columna tecnológica. Fútbol y Ciencia, donde se narra un partido disputado en Europa en el que se estrenaba el AUP (Arbipeissal Und Perspektiven), un novedoso sistema de arbitraje a distancia. Con su habitual sarcasmo, el Negro Fontanarrosa ubicó a los árbitros en una torre equipada con 127 pantallas desde donde controlaban el juego mientras tomaban cerveza. Cuando todo se desploma en Argentina, siempre queda la literatura.

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