Pasión que cruza barreras

Domingo 25 de agosto de 2019 | 03:00hs.
Agustina Rella

Por Agustina Rellasociedad@elterritorio.com.ar

Cuando se habla de inclusión, pareciera que esto viene acompañado de una necesidad de cambiar un hábito, de modificar una rutina, de adaptarse. Sin embargo, una vez más, los niños dan el ejemplo y lo plantean con total naturalidad. Así es que Emilia Domínguez (8) manifestó su deseo de ser bailarina y disfruta de sus clases semanales de danza a pesar de sus dificultades motrices.
Si bien al principio tanto sus familiares como los terapeutas que la acompañan siempre fueron cautelosos, la niña no sólo logró importantes avances físicos, sino que se la ve feliz, plena entre giros y coreografías que fueron creando en conjunto.
Hace poco más de un mes, logró destacarse en el campeonato selectivo del Nordeste que lleva adelante la Liga Internacional Brasileña de Gimnasia Aeróbica, Fitness y Danza (Libraf) con medalla y ovaciones incluidas.
Tal como contó su mamá María Laura, el hecho de ver a Emilia sobre el escenario del Instituto Montoya, entre telares, pasos va, pasos viene, conmocionó a todos los presentes y el eco se sintió en toda la comunidad regional que ahora brega por su participación en el Nacional de Mar del Plata.
Emilia nació a los seis meses de gestación y, a pesar de estar un tiempo en incubadora, sufrió una parálisis cerebral que le dejó una secuela neurológica, relacionada sobre todo a la movilidad. Por eso usa una silla de ruedas especial y también un andador postural especial que le permite estar erguida. Alumna de la Escuela 301 del barrio Sur Argentina, ya está aprendiendo a leer y no teme decir lo que piensa.
“Siempre me dijo: ‘Yo quiero ser bailarina’. Ahora también contó que quiere ser cocinera”, relató María Laura, al detallar que las clases de danza de Emi comenzaron simplemente por un deseo de integración social. Después, más allá de socializar rápidamente con las otras nenas, lo físico también fue sumando puntos a favor, ya que la evolución que tuvo fue enorme y sorprendió tanto a familiares como kinesiólogos y terapeutas.
“Fue un aprendizaje ida y vuelta”, entendió Danny Toledo, al frente de la escuela que la acoge, mientras resalta la positiva interacción de sus alumnas.
“El primer día, me detengo a pedirle algunas recomendaciones a la mamá de Emi, me doy vuelta y las nenas ya la habían acomodado en la barra, ya estaban hablando... Se da de una manera natural”, recordó, al tiempo que marcó: “Fijate que este no es el grupo de ellas, son más chiquitas y también pasan, le hablan, o hacen lo de siempre”.
“Cómo mamá hasta me desligo cuando venimos porque todas sus compañeras son muy atentas y detallistas”, coincidió María Laura.
En parte, esa naturalidad que se vive es porque está innata en la misión de la academia. La idea es que siempre se pueda incorporar a todo chico que tenga alguna dificultad, cualquier discapacidad.
Además, el compromiso se acentúa porque ofrece los cursos de manera gratuita para los alumnos que tengan problemas motrices específicamente. “Ya de por sí la familia tiene muchos costos de traslado, en estos casos”, consideró Toledo al justificar su acción.
De la misma manera, alienta a sus colegas a emular este gratificante camino inclusivo. “No me tienen que dar las gracias, hay que dejar de hablar de inclusión y hacerlo. Yo las trato como una alumna más, doy indicaciones, la ropita y se empieza a trabajar”, indicó, aunque tiene experiencia en el trabajo con chicos especiales y aprovecha el intercambio con médicos que le brinda su puesto en Salud Pública de la provincia para investigar más y dejar de lado algunas dudas.

Más amor, más salud
Entre los avances que vislumbró Emilia, la felicidad de estar rodeada por amigas es la más visible, pero además sumó fuerza física en el tronco, en los brazos, que ahora mueve más libremente y en el intercambio aportó nuevas formas de comunicarse y más calma a sus pares, que van de los 7 a los 9 años.
“Vino a aplacar un poco el tono”, vislumbró Toledo, y explicó que tanto el trato como la experimentación en las coreografías devinieron de ese contacto diario más que de un protocolo de libro.
Es que la incursión de Emi en el ballet surgió a raíz de un pedido de ella de sumarse al grupo. En un principio, formaba parte de un taller especial al que asistían niños con reducida movilidad, pero la mayoría fue desistiendo por distintos motivos y ella perseveró.
“Yo busco hasta donde puedo ir con ella y hasta se contactó la kinesio para ver por qué había tenido tanto avance”, adujo Toledo, y contó que para la competencia de Libraf, Emilia hizo dúos con una profe y con una compañerita y también fue parte de la premiada coreografía grupal.
Además del ballet, otro de los fuertes del instituto es la zumba y su bajada a “zumba kids”, que lo destaca siempre en eventos solidarios. Para Danny, lo importante no es enfocarse en la particularidad de las personas, sino en la pasión, una pasión que supera las barreras cognitivas, motrices y acústicas.
“Les digo a mis colegas que no tengan miedo, que van a recibir más de lo que se imaginan. Entiendo que al principio de miedo, pero sepan que se puede recibir mucho más”, insistió y confesó que también es un desafío personal: “Yo tuve una hermanita con discapacidad y por eso tengo un manejo y un compromiso especial, porque antes de que ella falleciera me prometí que esto era algo que iba a hacer”.
Cientos de afecciones como hipoacusia, falta de movilidad, miembros ortopédicos, síndrome de down, pueden verse como obstáculos para desarrollarse en cualquier arista social de la vida cotidiana, pero más allá de los caminos accesibles y la naturalización de que todos somos diferentes, es clave sentirse cómodos en un espacio de recreación.
Tener esa ventana para dejar volar el arte y sobre todo poder elegir, así como Emilia, que decidió ser bailarina y encontró el lugar donde desplegar su pasion.

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