Del fútbol al infierno de las drogas y a la lucha diaria: Juampi Ojeda, a corazón abierto
Hay unas fotos en la que sonríe, pero él reconoce que esa era una falsa risa. No estaba feliz, estaba pasando sus horas más oscuras. Intentaba disimular. Se cerró, no habló, no pudo, no quiso, hasta que un día sí. Tuvo que tocar fondo. Tuvo una nueva oportunidad y empezó a recorrer un largo y muy complejo camino. Recayó, pero se levantó otra vez.
Juan Pablo Ojeda decidió hablar, porque su historia, su experiencia, puede hacer click en otro que atraviesa hoy una situación similar a la que pasó él durante tanto tiempo. Sabe que la adicción lo acompañara durante toda la vida, pero ya no lo esconde, la enfrenta día a día, hora a hora. Busca la manera de hacerle frente y no de esconderla abajo de la alfombra.
Volvió a ilusionarse con estar en una cancha de fútbol, que sus hijos y su familia, pilares fundamentales de su presente, lo vean en uno de los lugares en los que fue feliz.
¿Qué te llevó a pedir ayuda?
Tenía una mochila muy cargada que era que en todas las fechas importantes de la familia como cumpleaños, nacimientos, siempre estuve bajo consumo. De hecho hay fotos como aquella (señala una repisa) en la que estoy con mi hermana y mi mujer en la que estoy bajo consumo. Tengo una sonrisa dibujada. En esa otra también (muestra otra imagen).
Me ponía eufórico, mezclaba las sustancias con alcohol. Tengo muchos años de consumo de marihuana. La probé a los 16 años en Brasil…
Estabas arrancando tu carrera…
Sí, había debutado en Primera División y me fui de vacaciones a Jureré. Conocí unos chicos y por no saber decir que no, por pertenecer a un grupo, por no quedar como un “maricón”.
Esa vez ni siquiera tragué el humo. Con tal de pertenecer, hice que fumé. Al otro día, mezclado con la bebida, sí probé. Experimenté, que es uno de los niveles de la adicción. Tenés cuatro niveles: la experimentación, el uso, el abuso y la adicción.
En la experimentación podés cortar el consumo o seguir y yo decidí cortarlo. Hice mi carrera en el fútbol, me fui a jugar a Real Arroyo Seco y tenía un compañero que fumaba marihuana. Yo fumaba mucho cigarrillo. Terminábamos de entrenar, nos íbamos a una terraza y él se armaba un porro, yo me fumaba un cigarrillo, pero cada tanto probaba.
Yo consumía cuando mis amigos tenían, pero cuando muere mi abuela yo empiezo a comprar en el 2011.
Pasaste a otro nivel…
Pasé casi al abuso. De experimentar pasé casi directamente al abuso. Yo no entendía que en realidad me estaba escapando de la muerte de mi abuela, pero eso no lo pude soportar.
¿Qué significaba tu abuela?
Era mi segunda mamá. Fue muy fuerte. Yo me llenaba la boca hablando de ella, pero me iba de joda. El día de la muerte de ella me fui a un cumpleaños. Ella murió durante la mañana y la noche anterior mi mamá me dijo ‘vení al hospital que ella no está buen’ y yo le contesté que era el día del amigo.
Empecé a comprar, a mezclar con alcohol, al otro día no me acordaba de lo que hacía. Mucha gente me lo decía y después se hizo algo normal.
Compartías el consumo con tu carrera de jugador…
Tenía una doble vida. Una vida adictiva, desconocida por mis familiares y la otra que ellos conocían, que era el jugador de fútbol, el deportista.
Cuando yo jugaba no fumaba, me cuidaba. Gracias al deporte no me morí. Yo me decía ‘hoy no, porque tengo que jugar’. Siempre jugué sano.
Una vez probé antes de jugar un partido con mis amigos. A ellos les hacía mal y a mi bien. Me salían las jugadas, era el mejor gambeteador y me convencí de que me ayudaba, que me hacía mejor. Me liberaba.
Siempre decía que la cocaína no y tenía amigos que me decían que no me metiera en eso.
Llega el Mundial del 2014 y me voy a Río de Janeiro con amigos. Gasté mucha plata en excesos. En un after, mientras estaba en un baño le pido a una persona, que había sacado una bolsa, para probar. Me dijo que no y no me dio.
De vuelta acá en Posadas un día estaba con un amigo y estábamos haciendo tiempo para ir a un lugar. Habíamos fumado marihuana y le pedí que me llevara a mi casa porque tenía sueño. ‘Si estás cansado tengo algo para sacarte el sueño’, me dijo y probé. Probé y la pasé bien.
Sentí una sensación de poder, que era el más lindo, el más gracioso.
Alguna vez Maradona dijo ‘te sentís Superman’…
Te desinhibe, te saca el cansancio. Te hace hablar, sabes todo, todo contestás. Le dije a mi amigo ‘esto nunca lo voy a comprar’. Después pasé a consumir. Compraba a medias con otros amigos.
No era algo solitario y había gente que sabía…
Había gente que consumía conmigo. Siempre era ‘¿qué vamos a tomar? Y ¿qué más?’ Había una organización. Primero es así, lo hacés para divertirte, en un contexto de boliche, de fiesta, pero a medida que pasa el tiempo la cocaína te pide más. Ya no es solamente en el boliche, es también entre semana.
Estaba poco en el boliche, me quedaba una hora y media, a veces menos y me iba. Tenía muchas ganas de consumir. Para mí era mejor estar encerrado en un departamento escuchando música y tomando. Así hasta las 8 ó 9 de la mañana. Yo sabía que lo que hacía estaba mal.
En enero del 2025 nos mudamos a esta casa con mi mujer y acá aumentó el consumo. Antes yo vivía en diagonal a la casa de mi mamá y cuando vine acá me sentí liberado. Antes me cuidaba un poco más.
Por su puesto que mi mujer sospechaba, pero esta enfermedad termina enfermando a tu entorno y ella llegó a ser coadicta, es decir adicta al adicto. Escondía la billetera, las tarjetas…
A mi me asustó mucho que un día me levantaba y sabía que no había marihuana en casa y me ponía insoportable. No bancaba a nadie, ni siquiera a mi. Pero si sabía que había, todo bien.
No era consumir, era saber que había…
Me levantaba, me armaba un porro, daba una vuelta manzana y así arrancaba el día. El cuerpo después te pide más. Me llegué a fumar seis porros por día, una locura. Uno temprano cuando me levantaba, a media mañana, a la siesta otro, a la tardecita otro y a la noche otro ‘para descansar’ o ‘porque me lo merecía’. Así pensaba.
Hice millones de cosas. Tengo cuadernos en los que escribí consecuencias de mis actos. Las leí cuando estaba limpio y te chocás con la realidad, con el daño que hiciste. Todavía me quiebro cuando hablo.
El año pasado, en el cumpleaños de mi hijo dije que no iba a consumir. Los tranzas a los que le compraban no estaban en Posadas. A las 21 terminaba el cumpleaños y a las 20.30 pregunté y ya estaban en Posadas. Mandé el mensaje, la ubicación, la cantidad y consumí. La traté mal a mi mujer, siempre fui hiriente y logré hacerla sentir mal.
Siempre después de los cumpleaños íbamos a la casa de mi mamá y abríamos los regalos. Yo ese día estaba intolerante, no quería saber nada, me quería ir para seguir consumiendo. Llegamos a casa y mi mujer me dijo ‘hasta acá llegue. No quiero saber más nada con vos’.
Dos de mis hijos estaban en la casa de mi mamá y la más chica estaba con gripe y se quedó acá. Mi mujer puso el aire bajo y no daba a basto para mí, yo tenía mucho calor. Me fui a dormir a la habitación de mis hijos y ahí consumí lo último que tenía arriba de la cama de mi hijo, desesperado. Ahí sentí que toqué fondo.
Cuando salía de trabajar, me bajaba antes de llegar a casa, pasaba por un kiosco y me compraba dos latas grandes de cerveza. Antes de llegar a casa me las terminaba.

Es la adicción más allá de la sustancia…
Uno se enferma antes. Esto lo aprendí. No te enfermás porque consumís, te enfermás antes y después consumís.
Te enferemás con situaciones traumáticas, con sentimientos que nunca pudiste expresar. Mi papá siempre estuvo enfocado en el trabajo, en que no me falte nada y yo no lo culpo. Hizo lo que pudo. Aprendió de esa manera y quizás sufrió con su papá. Vio que su papá era alcohólico, que tomaba y decidió no hacer lo mismo. Yo jamás vi a mi papá borracho, pero me pasaron otras cosas.
Fueron distintas situaciones que me pasaron, que no las pude poner en palabras. Con mi familia había temas que no se hablaban y con esas creencias, como que los hombres no lloran, yo busqué, conscientemente o inconscientemente, tapar ese hueco, esa herida, esa carencia emocional que tuve con las sustancias. La sustancia me dio esa felicidad que no tenía, era Superman como dijo el Diego (Maradona). Nunca le pude decir a mi mamá ‘mirá me pasa esto’.
Hablé con mi pareja, lloré un montón. Le pedí ayuda y ella me dijo ‘dejate ayudar’. Al otro día me levanto y la tenía a mi mamá al lado. Sin juzgarme, sin decirme nada me preguntó por qué no había ido a trabajar. Me quebré, le pedí disculpas, que me ayude, que no podía más porque terminaba muerto, perdía a mis hijos, terminaba en la calle comiendo de la basura o en la cárcel. Es una enfermedad que te lleva a la calle, a la cárcel o a la muerte.
Tenía que internarme. Fui a la casa de mi hermana, me abrazó y me dijo que ya sabía. ‘Por qué te pensás que muchos padres sacaron a sus hijos de tu academia’, me dijo y me invitó a ir a Buenos Aires. Mi mujer habló con un psiquiatra y me dieron clonazepam.
Yo no tenía efectivo, no manejaba, pero le pedí a uno de los padres de la academia que me pase dinero. Bajaba de la habitación del hotel, me compraba cerveza, tomaba y subía. Mi cuerpo me lo pedía. Eso te hacen las sustancias. Primero es todo lindo, después no podés salir.
Había momentos en mi vida en que lograba dejar dos meses las sustancias. Sí tomaba alcohol. Después era un mes y medio, después eran tres semanas y así hasta que ya no podía. Fui en consumo a la academia, llegaba tarde. Anotaba los ejercicios, ponía los conos y tenía que volver a leer…
No conectabas…
Es justamente eso, te desconecta. Te desconecta de tu realidad, de tus propósitos, de todo. Te vuelve tan egoísta que solamente pensás en tu satisfacción inmediata, eso te hace la droga.
En ese viaje a Buenos Aires toqué fondo de nuevo. Hablaba de que me quería morir, irme con mi abuela, me pegaba en la cabeza. Hablaba con nadie. Yo no podía más. Hice un desastre en el hotel, me caía.
Fui a la casa de unos primos, les conté y necesitaba correr. Salí a correr, corrí como tres kilómetros y cuando terminé, pasé por un kiosco y me compré una cerveza. Hice tres cuadras, ya no la tenía más y me quise comprar otra. Cuando quiero pagar me rebota el pago, me habían bloqueado la cuenta. Del viaje de vuelta no me acuerdo de nada.
Ya en Posadas me junté con un amigo que hoy predica la palabra. Me dijo que me iba a ayudar. Eso fue un domingo y el lunes fui a la entrevista para internarme. El 7 de abril del año pasado fui a la entrevista con el director y estaba negado. Quería hacer el tratamiento ambulatorio y mi mujer no me dio opción. Ella es de fierro. Me dijo ‘o te internás o hacés tu vida y perdés a tus hijos’.
Ella se comunicó con varios centros y me consiguió una entrevista en CMB, Cambios Muy Buenos. Le dije a Fernando Zappia (director de CMB) ‘yo me interno, pero no me saques mi academia’.
Yo decía ‘qué va a pasar si el profe desaparece, qué van a decir’. Entonces iba acompañado de un compañero de tiempo. Vos te internas y tenés un mes sin salir, pero yo tuve la oportunidad de entrar un lunes y el martes empezar a salir. Estuve nueve meses sin ir a mi trabajo diario, presentaba todos los meses el certificado y así fue mi pedido de ayuda.
Dijiste que llegaste con muchos prejuicios a la internación
Me imaginaba estar todos los días atado y dopado, en un manicomio. Me encontré con un grupo de chicos espectacular, que me escuchó, que no me juzgó. Fue un lugar en el que me pude abrir, contar mi situación de a poco.
El tratamiento no es por tiempo. Es una enfermedad que no tiene cura. Hacés un tratamiento, una rehabilitación y la recuperación es para toda la vida.
¿Y cómo fue la primera noche?
Me costó dormir, supongo que por los nervios, la ansiedad, la abstinencia. Pero al tercer día el director y me pasaron a fase A. Vos tenés fase A, B, C y reinserción. El tiempo depende de vos, de tu compromiso y de tu entrega, que te rindas y que aceptes que la enfermedad te goleó por más de diez goles.
Por fase se trabajan objetivos. No es solamente dejar de consumir, es hacer un cambio de hábitos, de cambiar tu manera de funcionar con la gente.
Yo siempre fui impulsivo, soberbio, violento, no tuve límites, no sabía decir que no, no pedía permiso. Pensaba que era drogarme y morirme con la droga y si no lo podés dejar solo sos un adicto. Incluso podés ser un adicto sin consumir una sustancia. Podés tener todas las actitudes de un adicto sin consumir una sustancia. Algunos consumen malestar, otros hablar mal de la gente, trabajo, el juego, comida. Hay un montón de consumo.
Yo llegué y decía estoy dos meses y me voy. Los primeros días no hacía reuniones con el grupo. Me llevé mis materiales de entrenamiento y me hacía circuitos en el patio. Pensaba que me iba a salvar con actividad física, pegaba unos afiches en casa y entonces sí tenía ganas de consumir miraba esos afiches y listo. Así de cerrado estaba.
Tuve que aprender a escuchar, cosa que nunca había hecho. Escuchar a los compañeros, a los directivos y a los operadores. Escuchar, escuchar y escuchar. Tuve que aprender a ser sincero, conmigo y con los demás.
Tenés muchas herramientas para convivir y empezar a trabajar. Aprendés a no tirar la pelota afuera, a hacerte responsable, a ver por qué las actitudes de los otros me molestan, así se va trabajando.
Te hacen escribir tu historia de vida, algo que es doloroso leer. Volver a repasar todas las cosas que te pasaron, pero sirve para tratar de identificar el origen de la enfermedad, que no hay un punto exacto. Es un conjunto de cosas que te pasaron y buscás al consumo como una salida, un escape.
Había días que me costaba levantarme, que valoraba hablar. Un día en CMB arranca antes de las 7, desayunás, a las 8 hay grupo de apertura en el que se leen los informes que vos hacés, te hacen devoluciones. Eso termina tipo 11 y luego se limpia la casa. Hay distintos sectores y es un simulacro de la vida afuera. Dejás de consumir, pero tenés que hacer el cambio.
Aprendí que esto no se trata de no sentir frustración o impotencia, sino de que ese sentimiento no te gobierne. Vos podés sentir tristeza, enojo o impotencia, pero eso no te da derecho a tratar mal a alguien. Hoy puedo transmitir eso en mi academia a los chicos, ya no solamente en enseño lo técnico, lo táctico y lo físico, también ahora enseño esta parte que no tuve o que aprendí tarde.
En el fútbol tenés injusticias, frustraciones, tristeza, impotencia. Hay que aprender a tolerarlas. Después de un tiempo me pude abrir con algunos padres. Estuve internado un año y dos meses e hice mi camino.
Me empecé a dar permisos, empecé a hablar con ciertas personas que no tenía que hablar. Yo salía los viernes, venía a casa y volvía los domingos. Podía estar con mis hijos, que fue una de las cosas más difíciles, estar lejos de ellos.
¿A qué te aferraste en los momentos difíciles?
A Dios. Siempre fui católico, pero era muy superficial. Iba a la iglesia para que digan ‘mirá Juampi va a misa’, pero no era honesto, hasta que toqué fondo. Lastimé a mis hijos, a mi mujer, a mis viejos y a mi.

¿Y ese reencuentro cómo fue?
Una vez le pregunté a mi mujer por qué no se fue. Me dijo que me amaba y que se quedó porque sabía que lo podía lograr y que podía cambiar.
Por eso ahora quiero hablar, porque hay muchos chicos que están pasando por eso y detrás hay una familia que sufre, que a veces ruegan que sus hijos se mueran de tanto que sufren. Yo me fui noches y mi mamá estaba con el corazón en la boca a ver si volvía o no. Yo no medía eso.
Me di permisos que se hicieron hábitos y yo sabía que estaba mal. La pereza es algo a lo que hay que estar atentos. Perdí la buena voluntad, que es hacer algo que no te gusta pero que sabés que te va a hacer bien, a diferencia de la fuerza de voluntad, porque la fuerza de voluntad se termina en algún momento.
El Checho Batista contaba que no pasaba por la esquina a la que iba a consumir para no volver a eso…
Hay que buscar no exponerse, pero a veces llegan los disparadores. Cuando llega el primer pensamiento, no lo podés evitar, pero si lo seguís alimentando llega el deseo y ahí ya no podés evitar. ¿Cómo se desactiva? Manos y mente ocupadas, porque una cerveza para mí es mucha y miles no son suficientes.
Tuve una discusión con mi mujer, que debería haber tolerado. Agarré mi auto y se me vino el pensamiento de ir a tomar una cerveza. Pasé por el centro, lo compartí y volví a mi casa. Llevé a mi familia a un cumpleaños y ya tenía la decisión tomada. Llevaba un año y dos meses sin consumir nada. En menos de cinco minutos me tomé dos cervezas, me fui a buscar a un kiosco en el que sabía que vendían.
Me volví a desinhibir. Mi mujer se dio cuenta. A la semana jugaba Argentina por el Mundial a la siesta. Le pedí al subdirector del centro si podía ver el partido en mi casa con mis hijos, me dijeron que sí, pero que tenía que ir y hacer un reactivo (para saber si no consumía) y ahí empiezan los pensamientos que tiene un adicto.
Me acordaba que mi hijo había hecho pis esa mañana, que no había tirado la cadena. Compré jeringas y practiqué a ver si podía hacer como que meaba, con el orín de mi hijo. Así funciona la mente de un adicto.
Cuando entré le dije a mi mujer que había consumido. Le dije que era solamente cerveza, volví a ser deshonesto. Perdí la confianza a toneladas y la recuperaba a cucharadas. Quise dejar todo.
Yo ya dormía en mi casa, pero volví al centro. Tuve que trabajar muchas cosas que no había trabajado. Hay momentos en los que me quiero tomar una cerveza y trabajo en no hacerlo. Estuve un mes más sin salidas. Perdí todo lo que había construido.
El objetivo es sostener lo que aprendí. Yo me hubiese ido de alta en julio, tuve mi recaída y volví hasta el sábado que fue mi alta. Ahora blanqueé, subí fotos, videos, mandé un mensaje al grupo de la academia.
¿Y te sentiste juzgado?
No, para nada. Me dijeron que siempre fui respetuoso y muchos padres de la academia me dijeron que sabían, pero que dejaron que haga mi proceso con mis tiempos. La recaída me enseñó que estoy enfermo y no puedo tomar más, ni una cerveza sin alcohol. No puedo consumir nada, me aferro mucho a Dios, así me sostengo, día a día.
¿Qué puede hacer una familia con alguien que consume?
Cada familia tiene una historia distinta, pero no hay que juzgarlo. Hay que acompañar y tratar de que esa persona hable. Mamá y papá están acá, confiá. Es una enfermedad y hay que escuchar, tratar de entenderlo. Hay muchos miedos y negaciones.
Hoy mi vida es levantarme, ir al trabajo, buscar a mis hijos, almuerzo, me duermo una siesta y tengo una vida normal. Trato de ir al gimnasio, de andar en bici y quiero volver a jugar al fútbol.
Quiero jugar un año o dos, hacer una buena pretemporada y buscar algún club, alguien que me reciba sin juzga. Me gustaría mucho jugar porque quiero que mis hijos vean a un padre sano, que me superé, que trato de superarme todos los días.
Ojalá que mucha gente que pasa por esto pueda abrirse, hablar, quizás no con los padres, pero sí con un amigo. Yo no soy un terapeuta, no soy consejero en adicciones. Es un objetivo a futuro, porque creo que es un nuevo propósito que tengo en la vida: ayudar a gente que atraviesa su enfermedad. Quiero vivir bien.