La derrota de Silicon Valley en el Maracaná
El 25 de octubre pasará a la historia como el día en que el equipo del Partido de los Trabajadores, con Luiz Inácio Lula Da Silva como capitán, dio vuelta en el Maracaná un partido que parecía tenerlo ganado con comodidad el equipo de Silicon Valley, capitaneado por Flávio Bolsonaro.
Ese día, Lula ganó una batalla que puede resultar más decisiva para el futuro de la democracia sudamericana que para el propio escenario político de Brasil. Es que no solo venció a los bolsonaristas, venció a Meta. Y al vencer a Meta, golpeó el centro de la arquitectura de poder digital que Donald Trump construyó, desde su regreso a la Casa Blanca, para operar dentro de democracias que formalmente no le responden.
El hilo que conecta Silicon Valley con Brasilia no proviene de una teoría conspirativa, tiene fechas y decisiones públicas que marcan el rol que le asigna el modelo de poder global a las plataformas digitales.
En enero de 2025, en perfecta sincronía con la asunción de Trump, Mark Zuckerberg anunció que Meta eliminaba los programas de verificación de datos en sus plataformas de Estados Unidos. Lo hizo justo en momentos en que el debate sobre la utilización de información falsa para manipular la opinión pública cobraba su mayor notoriedad. Cuando el mundo analógico buscaba maneras de combatir la mentira como herramienta de manipulación, los capitanes del equipo digital allanaban el camino para su uso.
Pero, a su vez, ese cambio en las plataformas fue una clara señal de alineamiento con un proyecto político concreto. Elon Musk, propietario de X, ya había consumado el mismo camino meses antes, convirtiendo su red en un altavoz sin restricciones para la derecha global, y sumándose al gobierno de Trump como funcionario.
Brasil llegó a las elecciones de 2026 con ese ecosistema como infraestructura de campaña. Y en la primera mitad del partido, Bolsonaro hizo uso y abuso de esa infraestructura, tanto en sus formas más positivas como en sus formas más negativas. Mientras Lula no lograba acomodarse en esa cancha, los de Bolsonaro tomaban las riendas del partido y llegaron a cerrar el primer tiempo, o la primera vuelta, dos goles arriba.
En el entretiempo pasaron cosas. André Janones, un joven diputado del PT que lidera las huestes jóvenes del lulismo, decidió ir por la épica. Pensó en Enzo Fernández, Julián Álvarez, Dibu Martínez y Cuti Romero, y lo convenció a Lula de que tenía que comportarse como Lionel Messi en el 2022 y dejar que los pibes corran por él. “Nosotros jugamos para Messi”, dijo el diputado por Minas Gerais para graficar la épica del segundo tiempo. Janones es la representación del sector que mejor entiende las redes sociales en el lulismo, tanto para sus uso a la vista del público como su funcionamiento por detrás de las pantallas, en los algoritmos.
Detectar la estrategia y darla vuelta
En el segundo tiempo Lula avanzó en un doble frente. Por un lado, la campaña electoral en redes y en la calle, con medidas concretas de gobierno y promesas de un futuro promisorio.
Por otro lado lo hizo por la vía judicial, para demostrarle a las plataformas tecnológicas que ya habían descubierto una de sus maniobras y pensaban usarlas a su favor. El nombre técnico preciso que la campaña lulista usó en sus acciones judiciales fue “seletividade algorítmica”.
Se trata de la inteligencia artificial de Meta, integrada en WhatsApp, generando imágenes electorales cuando se le pedía material con el nombre de Flávio y el número 22, mientras rechazaba solicitudes equivalentes relacionadas con Lula y el número 13.
La BBC verificó el comportamiento en tiempo real. El portal Aos Fatos, el equivalente a Chequeado en Brasil, hizo lo propio. Allí detectaron que la herramienta de IA no sólo generaba propaganda bolsonarista a pedido del usuario, sino que hasta traducía frases críticas hacia Bolsonaro con significados opuestos a los originales. “Flávio futuro presidiário” —Flávio futuro preso— aparecía en inglés como “Flávio future president”. Una corrección silenciosa, automática, a escala masiva, en el idioma que usan los moderadores globales de contenido.
Meta alegó fallas técnicas y prometió correcciones, negando intencionalidad. Es la respuesta estándar del sector ante acusaciones de sesgo, y que tiene la virtud de ser imposible de refutar en el corto plazo. Los modelos de inteligencia artificial son cajas negras entrenadas con datos que las propias empresas controlan, auditadas por metodologías que las propias empresas diseñan. Decir que hubo un error y decir que hubo una decisión produce, en la práctica, el mismo resultado para quien está del otro lado de la pantalla.
Entonces lo que hizo la campaña lulista fue convertir esa opacidad en argumento. Llevó el caso al Tribunal Superior Electoral, que impuso una multa de 500.000 reales diarios y exigió paridad de trato. Llevó la denuncia a la OEA, porque, como argumentó el jefe de campaña, Camilo Santana, las plataformas actúan en escala global y la soberanía digital no se defiende sólo en los tribunales nacionales. Y logró que el escándalo fuera la noticia dominante de la semana previa al balotaje.
En un ecosistema donde la viralidad es la moneda, forzar a que la manipulación algorítmica ocupe el centro del debate público es, paradójicamente, usar las reglas del propio ecosistema para darle vuelta el partido.
El partido siguió con las plataformas restringiendo sus algoritmos para que la orgánica de viralidad trabaje casi sola. Los lulistas coparon las redes, armaron grupos de WhatsApp con millones de “soldados” digitales que viralizaban las imágenes de Lula y transformaban en memes, con inteligencia artificial, las de Bolsonaro.
Los goles llegaron solos y Lula terminó ganando el partido. El margen fue estrecho, pero a la vez fue la sorpresa, porque a Bolsonaro se lo daba ya como presidente desde el lunes posterior a la primera vuelta.
Apenas terminado el partido, con la camiseta transpirada y agotado, Lula dio sus primeras declaraciones. “Esta elección fue una elección en que tuvimos que vencer la intromisión venida de afuera a través de plataformas digitales que vamos a tener que regular”, dijo el reelecto presidente, y selló así el terreno en el que se va a jugar el próximo encuentro entre el gobierno más poderoso de Sudamérica y los tecnócratas que, por ahora, tienen como socio al presidente de uno de los países más poderosos de mundo.