La tesista Aylén Gauna contó su paso por la universidad

Cuando la matemática se puede tocar y refleja una inclusión real en las aulas

MATEA nació de años de aprendizaje y búsqueda de herramientas de la profesora Romina Silvero para enseñar temas abstractos a estudiantes con discapacidad visual
miércoles 02 de septiembre de 2026 | 6:08hs.
Aylén Gauna (25) está a un paso de ser la primera psicóloga no vidente de Misiones. En
la facultad aprendió con Romina Silvero, quien desarrolló MATEA, un proyecto para enseñar matemática a personas con discapacidad visual.
Foto: Julián Grondona
Aylén Gauna (25) está a un paso de ser la primera psicóloga no vidente de Misiones. En la facultad aprendió con Romina Silvero, quien desarrolló MATEA, un proyecto para enseñar matemática a personas con discapacidad visual. Foto: Julián Grondona

La primera vez que Romina Silvero tuvo frente a sí a un estudiante ciego entendió que sabía enseñar matemática de una manera que, para él, no alcanzaba. Hacía apenas dos años que se había recibido de profesora cuando comenzó a trabajar con David en la Escuela Normal Superior N° 7 de Concepción de la Sierra. Hasta entonces, el pizarrón, los gráficos y las expresiones algebraicas habían sido algunas de sus principales herramientas, pero nada de eso podía ser visto por su alumno.

“Hasta yo sentía vergüenza de no saber enseñar, se supone que una profesora tiene que saber enseñar”, recordó, hoy con 41 años, al reconstruir aquel comienzo que terminaría marcando buena parte de su trayectoria docente.

Romina y Aylén presentaron juntas MATEA en el Congreso de Matemáticas. Fotos: Julián Grondona

 

Lejos de quedarse con esa sensación, empezó a buscar otras formas de abordar la matemática y la experiencia con David fue el primer capítulo de un recorrido que continuaría con otros estudiantes con discapacidad visual y que, muchos años después, desembocaría en MATEA, Matemática con Técnicas Artesanales, un proyecto que propone transformar conceptos que habitualmente se enseñan desde lo visual en experiencias que puedan tocarse, recorrerse y comprenderse con otros sentidos.

La iniciativa fue presentada a mediados de agosto en el Congreso de Educación Matemática, realizado en la Facultad de Ciencias Exactas, Químicas y Naturales de la Unam (ver Ponerle nombre a lo que ya estaba).

El camino

En aquellos primeros años, la docente fue aprendiendo a partir de las necesidades concretas que aparecían en cada aula dado que al año siguiente, en la misma escuela, tuvo como alumna a una joven que había perdido la vista. Su padre, carpintero, se acercó a la institución y junto con Romina comenzaron a buscar soluciones. Construyeron un pizarrón de chapa y utilizaron números de goma eva imantados para trabajar, entre otros contenidos, las fracciones. La estudiante ya reconocía los números y podía identificar el numerador, el denominador, la línea fraccionaria y los signos de suma y resta, contó.

Como en el curso había muchos estudiantes y resultaba difícil ofrecer una enseñanza personalizada durante la clase, Romina incluso le propuso asistir en contraturno. Esa experiencia se sumó a otras que fueron quedando, como ella misma definió, “en la biblioteca de mi cabeza”.

Romina reconoció que hay muchos docentes haciendo grandes cosas. 

 

Años después llegó Cintia Fernández, alumna de quinto año, con quien trabajó funciones y construyó un plano cartesiano utilizando MDF y tachuelas. El recurso permitió que pudiera comprender, entre otros conceptos, qué significaba la pendiente de una recta. Cada experiencia aportaba una nueva pieza a una forma de enseñar que todavía no tenía nombre, pero que empezaba a construirse.

Romina es oriunda de Posadas, aunque sus primeros años como docente transcurrieron en el interior de la provincia. Trabajó en Concepción de la Sierra y durante un período también vivió en Apóstoles, hasta que regresó a la capital misionera y comenzó a dar clases en la Comercio 8. Allí volvió a encontrarse con una estudiante con discapacidad visual, Jennifer López.

En ese momento contó además con el acompañamiento de estudiantes practicantes del profesorado de Educación Especial. Una de ellas le hizo una observación que cambiaría nuevamente su manera de pensar la inclusión, le dijo que no piense en una actividad exclusiva para Jennifer, sino en una propuesta que pudiera involucrar a todo el curso.

“Fuimos armando algunos trabajos prácticos en los que los chicos, como estábamos hablando de funciones cuadráticas, tenían encontrar las características que pueda tener una parábola como las raíces, el vértice, el eje de simetría, la concavidad y la idea era que el gráfico lo hicieran con algún material que Jennifer pudiese tocar, que pudiese palpar”, relató.

En esa misma línea, destacó: “Esa experiencia fue muy linda porque todos los chicos participaron y creo que a todos les gustó poder incluir realmente, lo que significa la palabra incluir, que no es solamente que la persona esté en un espacio físico, sino que realmente sea un partícipe activo”.

Del aula al objeto

En 2022 conoció a Aylén Gauna en la carrera de Psicología de Universidad Católica de las Misiones (Ucami) a quien orientó en las clases de Psicoestadística y que la eligió como su codirectora de tesis (ver Aylén, a un paso de ser...).

Pero en 2023, Romina se encontró nuevamente con una situación que le exigió repensar la enseñanza. En el Liceo Naval Almirante Storni, donde trabaja, un cadete de tercer año atravesó un problema de salud y perdió prácticamente toda la visión.

Justo en ese momento estaban trabajando álgebra y la pregunta volvió a ser la misma que había aparecido años atrás, aunque ahora Silvero tenía más herramientas y experiencias acumuladas. ¿Cómo enseñar el cuadrado y el cubo de un binomio a un estudiante que no puede ver la fórmula?

La respuesta fue construirla y  mandó a fabricar con un carpintero representaciones del cuadrado y del cubo de un binomio para que la expresión algebraica pudiera ser comprendida geométricamente. La propuesta parte de una idea sencilla, pero poderosa, que permite establecer un puente entre dos áreas de la matemática que muchas veces se enseñan por separado. “Se puede entender, se puede ver y se puede tocar”, explicó.

En esa lógica también apareció el Teorema de Pitágoras. Silvero había visto en TikTok una experiencia similar realizada con agua y decidió probarla, aunque no le salió de inmediato, hubo intentos y errores hasta encontrar una manera de reproducir el concepto mediante un recurso tangible.

La experiencia luego fue llevada a una escuela de Itaembé Guazú, donde los estudiantes construyeron una versión en cartón para una feria. Más tarde, la docente volvió a encargar una versión más resistente a un carpintero y desde entonces la lleva cada vez que enseña el Teorema de Pitágoras.

El objeto permite comprobar de manera concreta que el cuadrado de la hipotenusa equivale a la suma de los cuadrados de los catetos, utilizando el volumen de arena para trasladar la cantidad contenida en una parte hacia las otras superficies. De ese modo, una propiedad matemática deja de ser únicamente una fórmula para convertirse en algo que puede experimentarse. 

 

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