Qué pasó en Goiânia, el peor desastre radiológico fuera de una central nuclear, y su conexión con el caso de Rosario
En 1987, en la ciudad brasileña de Goiânia, dos hombres encontraron un aparato de radioterapia abandonado y desataron sin saberlo el peor accidente radiológico ocurrido fuera de una central nuclear. El episodio, que dejó cuatro muertos y cientos de contaminados, volvió a la memoria colectiva luego de que la Autoridad Regulatoria Nuclear declarara una alerta nacional por la sustracción de una fuente de cesio-137 en un instituto de cardiología de Rosario.
El caso, además, ya tiene su propia recreación audiovisual en una miniserie de Netflix que se convirtió en furor mundial este año.
Qué pasó en Goiânia, el peor desastre radiológico fuera de una central nuclear
Todo comenzó en setiembre de 1987 en un instituto de radioterapia de Goiânia, en el centro de Brasil, que llevaba dos años cerrado y parcialmente demolido. En ese edificio abandonado había quedado olvidada una unidad de teleterapia con una fuente de cesio-137 en su interior, sin ningún tipo de vigilancia ni señalización de peligro.
El 13 de septiembre, dos hombres que se dedicaban a la recolección de chatarra, Roberto dos Santos Alves, de 22 años, y Wagner Mota Pereira, de 19, ingresaron al predio en busca de materiales para vender. Encontraron el aparato y, sin saber lo que realmente era, lo desarmaron y lo trasladaron en una carretilla hasta la casa de Roberto, a unos 600 metros de distancia. Allí continuaron destruyendo el dispositivo hasta llegar a la cápsula que contenía el cesio-137, un cilindro que pesaba 120 kilos.
Al forzar el blindaje de plomo, los hombres liberaron 19 gramos de cloruro de cesio-137 en forma de un polvo que despedía un llamativo resplandor azulado en la oscuridad. Fascinados por ese brillo, lejos de sospechar el peligro que representaba, lo compartieron con familiares, vecinos y amigos. Cinco días más tarde, vendieron parte del material a Devair Alves Ferreira, dueño de un depósito de chatarra, quien también permitió que el polvo circulara entre conocidos. Hubo personas que lo llevaron a sus casas, lo repartieron entre distintos grupos familiares y hasta se lo aplicaron sobre la piel, pensando que se trataba de algo decorativo o incluso con propiedades casi mágicas.
Uno de los casos más recordados y más conmovedores de la tragedia fue el de Leide das Neves Ferreira, una nena de seis años, sobrina del chatarrero que había comprado el material, que jugó con el polvo radiactivo y llegó a ingerir partículas mientras comía, lo que selló su destino. Murió semanas después como consecuencia directa de la contaminación, convertida con el tiempo en uno de los símbolos más dolorosos del accidente.
Mientras el material seguía cambiando de manos sin que nadie comprendiera lo que estaba pasando, comenzaron a aparecer síntomas extraños entre quienes habían estado en contacto con la sustancia: náuseas, vómitos, diarreas, mareos y quemaduras en la piel que no respondían a ningún tratamiento convencional. Recién cuando la esposa de uno de los chatarreros llevó parte del material en un colectivo hasta un centro de salud, casi dos semanas después del hallazgo inicial, un médico relacionó esos cuadros entre sí y dio aviso a las autoridades sanitarias. Para entonces, la contaminación ya se había extendido por buena parte de la ciudad.

El operativo sanitario y el saldo de víctimas
Una vez identificado el origen del problema, las autoridades brasileñas pusieron en marcha un operativo sanitario de una escala sin precedentes. El estadio olímpico de Goiânia fue transformado en un centro de evaluación masiva, donde se examinó a más de 112.800 personas para determinar si habían estado expuestas a la radiación.
De ese total, 249 personas presentaron contaminación radiactiva confirmada, 129 quedaron bajo seguimiento médico permanente, y 49 debieron ser hospitalizadas, 21 de ellas en cuidados intensivos por la gravedad de los cuadros que presentaban. Para delimitar el alcance de la contaminación, los equipos de control utilizaron detectores terrestres y aéreos, incluyendo helicópteros que sobrevolaron más de 67 kilómetros cuadrados de la ciudad en busca de focos radiactivos. Se llegaron a identificar siete áreas principales fuertemente contaminadas, además de otras zonas menores.
El accidente terminó costándole la vida a cuatro personas, todas por síndrome de irradiación aguda: la pequeña Leide das Neves Ferreira, de seis años; y otras tres víctimas adultas vinculadas directamente al manejo del material. Las tareas de descontaminación se dividieron en dos grandes etapas: una fase urgente, que se extendió hasta diciembre de 1987, y otra de remediación más profunda, que continuó hasta marzo de 1988. La solubilidad del cesio-137 complicó enormemente ese trabajo, ya que el material logró penetrar en los suelos y hasta en los sistemas de agua de algunas zonas afectadas.
Más allá del impacto sanitario inmediato, el accidente dejó secuelas que se prolongaron durante años: viviendas y terrenos que debieron ser demolidos o aislados por la contaminación, pérdidas económicas para comerciantes y productores de la región, y un fuerte estigma social sobre los sobrevivientes, que durante mucho tiempo fueron discriminados por miedo a un contagio que, en rigor, no existía una vez controlada la fuente. Para los especialistas, sigue siendo considerado el peor accidente radiológico ocurrido fuera de una planta nuclear en toda la historia, y uno de los más graves a nivel mundial junto a Chernóbil y Fukushima.
La serie de Netflix que revivió el caso a nivel mundial
La magnitud de aquella tragedia inspiró este año una producción que volvió a poner el tema en el centro de la conversación global. Se trata de "Emergencia radiactiva" (título original "Emergência Radioativa"), una miniserie brasileña de cinco episodios de aproximadamente una hora cada uno, estrenada en Netflix el 18 de marzo de 2026, que reconstruye con crudeza los tres meses y medio que duró la crisis sanitaria.
La dirección estuvo a cargo de Fernando Coimbra, reconocido por su trabajo en la película "El lobo detrás de la puerta" y por dirigir varios episodios de "Narcos", junto al codirector Iberê Carvalho. El guion y la creación llevan la firma de Gustavo Lipsztein, también responsable de series como "Santo" y "Todo dia a mesma noite". La fotografía, a cargo de Adrian Teijido, construye una estética sucia y decadente que traslada al espectador a la Goiânia de los años 80, con calles desgastadas, autos antiguos e interiores húmedos que refuerzan la sensación de vulnerabilidad.
El elenco principal está compuesto por Johnny Massaro, en el papel de Márcio, un físico nuclear que se encontraba de paso por la ciudad y que termina siendo clave para destapar el origen de la contaminación; Paulo Gorgulho, como el doctor Orenstein, director de la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEN), encargado de coordinar la respuesta oficial; y Bukassa Kabengele, entre otros. También participan Antonio Saboia como el doctor Eduardo Souto, Luiz Bertazzo, Tuca Andrada, Leandra Leal, Ana Costa y Marina Merlino, esta última en el papel de Catarina, una madre de dos niños contaminados inspirada principalmente en Lourdes de Neves Ferreira, la madre de la nena fallecida en el accidente real.
La sinopsis oficial de la plataforma señala que la trama sigue la desesperada lucha de médicos y físicos por contener un desastre radiológico y salvar miles de vidas, mientras la noticia cobra fuerza, las familias se dividen y el pánico se apodera de la ciudad. A medida que avanza la historia, también se reflejan los rumores sobre una posible contaminación del agua, las tensiones entre los métodos médicos y la resistencia de parte de la población, y la llegada de atención y ayuda internacional para resolver la crisis.
Desde su estreno, la serie se posicionó en el Top 10 de Netflix en Estados Unidos, América Latina y otras regiones del mundo, llegando a ser descripta como la producción de habla no inglesa más vista del momento en la plataforma. Muchas comparaciones la emparentaron directamente con "Chernobyl", la exitosa miniserie de HBO sobre el desastre nuclear soviético, aunque en este caso no hubo una explosión en un reactor sino un error humano absoluto en pleno corazón de una zona residencial.
La producción generó además cierta polémica en Goiânia, ya que la mayor parte del rodaje se realizó en San Pablo, entre junio y septiembre de 2025, con un complemento de filmaciones en Anápolis, y solo una porción menor se rodó efectivamente en la ciudad donde ocurrió la tragedia real. El Consejo Municipal de Cultura de Goiânia llegó a cuestionar esa decisión a través de una carta abierta, argumentando que la ciudad contaba con infraestructura suficiente para recibir un rodaje de esa magnitud. Algunos sobrevivientes y familiares de víctimas también señalaron cierta falta de consulta durante el proceso de producción, aunque la actriz Marina Merlino aclaró que la serie no pretende ser una biografía estrictamente fiel, sino que sus personajes son condensaciones de varias historias reales.
Más allá de la controversia, la ficción reavivó a nivel global el interés por la historia real de Goiânia, con un fuerte aumento en las búsquedas relacionadas con el accidente de cesio-137, y volvió a circular con fuerza en redes sociales en las últimas horas a raíz del caso registrado en Rosario.
El caso de Rosario que reavivó el recuerdo
La Autoridad Regulatoria Nuclear de la Nación activó esta semana una alerta para todo el país luego del robo de una cápsula con material radiactivo en la ciudad santafesina de Rosario. La sustracción se produjo en el Instituto de Cardiología de Rosario "Dr. Luis González Sabathie", donde un usuario autorizado para el manejo de este tipo de materiales dio aviso de la desaparición de una fuente de calibración de cesio-137, empleada habitualmente para verificar equipamiento de Medicina Nuclear.
Según se pudo establecer, la última vez que se utilizó la fuente fue el 12 de junio, pero hasta el momento no se logró determinar quién la manipuló ni en qué circunstancias se produjo el robo. Las autoridades describieron el elemento sustraído como una fuente en forma de gel, contenida en un envase plástico transparente, que se encontraba dentro de su blindaje correspondiente en el momento de la desaparición.
Frente a la posibilidad de que alguien encuentre el objeto, desde el organismo pidieron extrema precaución: no tocarlo ni manipularlo bajo ninguna circunstancia, y dar aviso de manera inmediata a la Guardia SIER a los teléfonos 011 1544718686, 011 1544703839 o 011 1544214581.
Los riesgos del cesio-137
El cesio-137 es un isótopo radiactivo artificial que emite radiación beta y gamma, y se utiliza principalmente en medicina para radioterapia y calibración de equipos, además de distintas aplicaciones industriales. Si bien las autoridades remarcaron que en este caso puntual el riesgo radiológico actual es bajo, advirtieron que un manejo inadecuado de este tipo de material puede ser extremadamente peligroso y provocar quemaduras, daño celular y enfermedades graves en quien entre en contacto con él.
La exposición prolongada o el contacto directo con la fuente sin la protección adecuada puede derivar en síndrome de irradiación aguda y lesiones cutáneas severas, tal como ocurrió en Brasil hace casi cuatro décadas. El riesgo se incrementa de manera considerable si la cápsula llegara a resultar dañada o abierta, ya que el material podría dispersarse y contaminar superficies, agua o alimentos en una zona mucho más amplia, replicando a menor escala el mecanismo que desató la tragedia de Goiânia.