Se volvió muy querida por su generosidad y cercanía
Emilia Romalia Da Silva, la Nona que conquistó a todos en San Francisco
En San Francisco, entre Santa Rita y 25 de Mayo, su nombre casi no se usa. Para todos es la Nona, una forma de nombrarla que nació en su familia y con el tiempo se extendió a todo el pueblo. Detrás de ese apodo hay una historia atravesada por el trabajo desde muy chica, una vida en la ruralidad y el momento en que, tras la separación, quedó al frente del hogar y de la producción. Desde entonces, sostuvo cada tarea con esfuerzo diario, mientras construía un vínculo cercano con quienes la rodeaban, especialmente con los más chicos, que terminaron por hacer de ese nombre una forma de reconocimiento y cariño.
“Yo me crié con mis abuelos en una zona fronteriza del Alto Uruguay, en Brasil. Cuando tenía alrededor de 7 años mi abuelo falleció y tuvimos que venir con mi abuela a Misiones, porque mis tías ya estaban acá. Vinimos nomás y nos instalamos en (colonia) 9 de Julio, en la colonia”, contó Emilia Romalia Da Silva (80), a quien todos conocen como la Nona.
La vida empezó a acomodarse alrededor del trabajo. Sus tíos ya estaban en una compañía de té y, desde muy chica, se sumó a las tareas que podía hacer con sus manos: sacar los brotes, las puntas, acompañar el ritmo de la chacra. En ese ir y venir también intentó sostener la escuela, pero apenas logró cursar algunos meses.
Las mudanzas y las necesidades familiares marcaron el camino: cuando su bisabuela quedó sola en Aristóbulo Chico, tuvieron que ir a cuidarla y ahí dejó de estudiar. Después, al regresar, retomó un tiempo más, pero nuevamente la vida la llevó por otro rumbo. Entre traslados y trabajo, su infancia quedó atravesada por esa rutina cambiante, siempre acompañando a su abuela y adaptándose a lo que tocaba en cada momento.
“Pero lo que puedo decir es que nunca pasé mal, nunca me faltó comida, calzado o abrigo. Cuando era chica, lo que hacía era sacar los brotes del té con la mano, porque era muy chica, y eso había que hacer para darle forma a la planta, esos fueron mis primeros trabajos. Después crecí, me casé y me asenté en San Francisco de Asís. Tuve cuatro hijos: Silvia, Elisa, Rubén y Mabel. Después de años de matrimonio, me separé cuando la más chica tenía 3 años y el trabajo fue el de siempre, el de la chacra y las tareas domésticas”, recordó.
En ese nuevo escenario, el trabajo no sólo continuó, sino que quedó completamente bajo su responsabilidad. En el primer año sola logró cosechar 304 bolsas de soja, en una producción que también incluía maíz, sosteniendo cada etapa con esfuerzo propio en una época en la que no era habitual que una mujer llevara adelante una chacra.
Frente a esos estigmas, se mantuvo firme, organizando las tareas y tomando decisiones sobre la producción. Cuando la exigencia lo requería, contrataba peones para trabajos específicos como labrar o disquear, mientras que el acompañamiento más cercano venía de sus hermanos, presentes en los momentos de mayor carga.
Con el paso del tiempo, sus hijos también se incorporaron al trabajo: Elisa, desde los 14 años, comenzó a ayudarla en la siembra con la “taca-taca”, el carpido y el cuidado de toda la plantación, en una dinámica donde el trabajo y la vida cotidiana se sostenían juntos.
“Después, por unos años, en conjunto con un allegado plantamos tabaco. Me anoté en la compañía tabacalera, después con otro pariente también. Cuando mi hijo Rubén fue creciendo, probamos plantar solos y, a medida que fue creciendo, seguimos nosotros con el tabaco. Después de un tiempo dejamos la soja y continuamos con maíz, tabaco y otras plantaciones; siempre teníamos mandioca y seguían también las tareas de la casa”, contó Emilia.
A ese ritmo de trabajo se sumaban las limitaciones de la época: en la chacra no contaban con electricidad -a la que recién accedieron hacia los 80 y algo- y muchas de las comodidades actuales no existían, lo que hacía todo aún más exigente. “Siempre había vacas para ordeñar, terneros para cuidar, gallinas, chanchos y las tareas domésticas. Y se hacía todo, se llevaba todo adelante. Cuando era tiempo de cosecha, íbamos juntos con los peones y, en esa época, ni se lavaba ropa durante la semana. A veces pasábamos más de una semana sin lavar ropa. Y después, como mis hijas fueron creciendo, me ayudaban tanto en la chacra como en las tareas domésticas”
En ese trajín, sus hijos fueron creciendo junto a ella y el trabajo se volvió parte de la vida cotidiana. Cuando se separó, los más chicos tenían apenas 6 y 3 años, y aun así la organización del hogar y la chacra siguió adelante. A medida que crecían, cada uno fue encontrando su lugar en las tareas, en un esquema donde siempre había algo por hacer. En ese acompañamiento también aparecían manos cercanas: algún vecino que daba una ayuda en los momentos más intensos, incluso uno que llegó a quedarse durante meses colaborando con las labores.
En los primeros años, los chicos iban con ella a la chacra y pasaban el día cerca, bajo la sombra, jugando mientras el trabajo seguía. Cuando comenzaron la escuela, se sumaron de otra manera: en los horarios sin clase ayudaban en la casa, lavaban los platos, alimentaban a los animales, limpiaban el patio o se ocupaban de tareas como mover un ternero o cuidar la vaca. Así, entre estudio y responsabilidades, fueron creciendo en un ambiente donde el hacer cotidiano enseñaba tanto como las palabras, y donde ella les transmitía no sólo el trabajo, sino también la forma de vivir y de tratar a los demás.
Desde siempre, se ocupó de enseñarles a sus hijos cada paso, incluso en cuestiones simples como salir a pagar un impuesto, donde les explicaba con detalle qué debían hacer. En la chacra, en cambio, el aprendizaje era completo: todos sabían desenvolverse en cada tarea. La producción incluía la cosecha de té con máquina a mano y el trabajo en varias hectáreas que, en ocasiones, requerían ayuda externa. Para la soja contaban con tractor y trilladora, herramientas que utilizaban cuando el trabajo lo demandaba.
La Nona
“Lo de ‘Nona’ empezó con mis nietos -Luis y Eduardo-; después los chicos del vecindario también me decían así, y ahora hace un tiempo que todos, incluso gente mayor, me llaman de nona”, contó, en su manera pausada de hablar, con ese tono marcado por el portugués que todavía conserva.
Y agregó: “La comunidad, todos me conocen por Nona. Incluso algunos piensan que ese es mi nombre y no saben que me llamo Emilia. Muy pocas personas me llaman por mi verdadero nombre. Por suerte, todos me quieren bien. Nunca tuve problema con nadie, siempre traté de ser amable con todos. Por eso, desde que tuve mis primeros nietos empecé a ser la Nona y ahora todos me conocen así. Siempre me quisieron bien mis allegados y todas las criaturas del vecindario”.

Incluso quedó en una anécdota familiar: una de sus nietas no sabía su nombre y, cuando le preguntaron si era nieta de Emilia, respondió que no, que era nieta de la Nona. Ese vínculo se sostuvo en gestos cotidianos, como dar un dulce cuando podía o ayudar a los chicos del vecindario, sobre todo a quienes más lo necesitaban, siempre con una consigna clara: pedir antes de tomar. Hoy muchos de ellos ya son adultos y, aunque a veces no los reconoce, ellos sí la identifican cada vez que aparece por sus pagos.
“Trabajar siempre supe. Desde los 14 años sé hacer todas las tareas de la chacra: plantar, carpir, cosechar, incluso labrar con bueyes. Tengo mucho orgullo de haber criado a todos mis hijos, que tengan salud y trabajo, y es una alegría poder verlos siempre juntos, con mis nietos, mis bisnietos y mis tataranietas. Es una felicidad cuando se reúnen y están todos juntos”, dijo con la emoción puesta en su propia historia.
Actualidad
Tras varios años en San Francisco, en 2005 se mudó a Fracrán, kilómetro 1308, junto a su hijo Rubén y su nuera Marlene, con quienes ya convivía. Desde entonces dejó las tareas más duras de la chacra, aunque en los primeros años continuó ordeñando, cuidando animales de granja y la huerta. Hoy se dedica a las tareas domésticas, aprovecha para viajar cuando puede y disfruta de su familia, que se amplió a quince nietos, 17 bisnietos y dos tataranietas.
El pasado 10 de marzo, Emilia Romalia Da Silva -la Nona- celebró sus 80 años rodeada de hijos, nietos, bisnietos y tataranietas, además de amigos de San Francisco y de Fracrán, en una fiesta sorpresa preparada con mucho cariño por su familia. Días antes, uno de sus nietos -Luis- se ocupaba con emoción de cada detalle de ese encuentro, pensado como una forma de devolverle algo del afecto que ella sembró a lo largo de los años. La felicidad de verla junto a todos reflejó también el lugar que ocupa en la vida de quienes la rodean, no sólo dentro de su familia, sino también entre las personas que fue conociendo en cada etapa de su camino.
En la zona de San Francisco, su historia es reconocida por lo que representa: una mujer que, en tiempos atravesados por estigmas hacia quienes debían salir adelante solas, sostuvo el hogar, condujo la chacra y llevó toda una vida rural adelante con trabajo, seriedad y honradez. No solo crió a sus hijos, sino que también sostuvo la economía de la casa, progresó y enfrentó las adversidades sin apartarse de los valores de esfuerzo, sacrificio y honestidad. Por eso muchas personas la recuerdan con admiración y estima, como alguien que supo mantenerse firme, hacer el bien y dejar huella con su manera de vivir.
Ese cariño también quedó grabado en gestos pequeños pero persistentes. Algunos vecinos todavía la recuerdan como la mujer que en cada Navidad o en días festivos acercaba un dulce, especialmente a los chicos del lugar. Sus hijos, sus nietos y los familiares políticos que se fueron sumando a la familia la reconocen además como la abuela que nunca dejaba pasar un cumpleaños sin un detalle, un mensaje o una actitud de presencia, y que tampoco miraba de lejos cuando alguien atravesaba un mal momento.
A ese vínculo cercano se suma hoy una etapa distinta de su vida, en la que aprovecha para disfrutar de su familia, viajar cuando puede -incluso ya conoció lo que es trasladarse en avión- y participar de salidas junto a su iglesia, siempre con esa elegancia y esa alegría que quienes la conocen destacan en ella.