“No se vuelve completo de Malvinas, parte de tu mente queda allá”
En el marco de un nuevo aniversario del inicio de la guerra de Malvinas, la memoria colectiva vuelve a poner en primer plano las historias de quienes atravesaron el conflicto en primera persona. Entre esos testimonios se encuentra el de Alipio Andrés López (63), excombatiente oriundo de San Vicente y actualmente radicado en Ruiz de Montoya, cuya experiencia refleja el impacto profundo y duradero de la guerra, no solo en el campo de batalla sino también en la vida posterior de quienes regresaron.
En el pecho lleva la insignia de veterano de guerra y un recuerdo imborrable, un antes y un después que lo marcaron para siempre; su permanencia en suelo malvinense y el hecho de haber pasado su cumpleaños en pleno conflicto bélico dejaron huellas profundas. López, con lágrimas en los ojos, la voz quebrada y un dolor que aún persiste, relató su experiencia a El Territorio, en un testimonio vivo en el que también encuentra consuelo al saber que hoy muchos niños, jóvenes y adultos valoran el esfuerzo de quienes fueron a la guerra, tanto los que regresaron como aquellos que no pudieron volver.
“Malvinas para mí significa todo, un cambio total en mi vida, un cambio de rumbo muy grande. Los primeros días se sufrió mucho, se estaba expuesto a morir en cualquier momento. No se vuelve completo, parte de tu mente queda allá, el ver a tus compañeros heridos o saber que murieron, la tensión constante, el sonido de las armas, las bombas, es un combo que cambia por siempre tus sentimientos y la perspectiva de vida”.
Por la convocatoria en los regimientos, López viajó el 26 de abril de 1982. Como pertenecía a infantería, con 19 años le tocó ir a la guerra. En un principio, su destino no eran las Islas Malvinas, pero un cambio de planes determinó su envío al combate. De manera transitoria permaneció en Comodoro Rivadavia durante unos diez días, hasta que recibió la orden de trasladarse a Río Gallegos, desde donde finalmente partió junto a otros soldados para enfrentar a las fuerzas inglesas.
Incluso sostuvo que tuvo preparación previa en el manejo de armas. Durante su permanencia como soldado, debió realizar entrenamientos que no eran habituales en el Ejército, pero que, debido a las circunstancias, le tocó afrontar. En el grupo al que pertenecía se desempeñaba como apuntador de Fusil Automático Pesado (FAP) y era el tirador con mayor cadencia de fuego dentro de su unidad.
Ya en Malvinas, describió que participó en combates con comandos durante la noche, sin poder precisar si lograron herir a algún enemigo. Además, explicó que los europeos contaban con armamento más sofisticado: mientras que en una sección argentina de 150 hombres había ametralladoras MAG, los ingleses disponían de un arma individual para cada soldado.
“Además de los ingleses, los enemigos eran el frío y el hambre; a nosotros nos daban dos raciones calientes y tres frías por semana, y con eso teníamos que arreglarnos, aunque a veces faenábamos algunas ovejas y lo tomo como un modo de supervivencia”, dijo.
Recuerdos
A su vez, recordó que en una de las noches más frías los ingleses descubrieron dónde él y sus compañeros se ocultaban, por lo que al amanecer recibieron ataques con bombas. “Nos agarró la lluvia y, del frío que hacía, es increíble cómo te queda el cuerpo insensible; esa vez, durante el bombardeo, salimos de la zona de fuego, yo caí y, guiándome por las huellas de mis compañeros en la nieve, logré orientarme y llegar a nuestra posición de combate”.

A tan solo dos días de su llegada a Malvinas, el 28 de abril Alipio cumplió años; esa fecha pasó desapercibida, ya que la situación no le permitía dimensionar que estaba alcanzando los 20 años. Al recordar ese momento, se le llenaron los ojos de lágrimas y resultó inevitable pensar en sus seres queridos. “Emociona pensar aquellos días; el 27 de marzo era el cumpleaños de mi mamá y fue el día en que tuve que partir de casa. Las despedidas anteriores, como era soldado, parecían normales, pero esa vez se sintió algo distinto. Nosotros no sabíamos que iba a ir a Malvinas, ni ella ni yo, pero había un aire pesado en esa ocasión que no puedo explicar, porque no nos imaginábamos que era una guerra”, rememoró.
El soldado López es creyente y su fortaleza se apoyó en dos pasajes bíblicos: el Salmo 34.7, “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen”, y el Salmo 91, con un mensaje similar. Para él, esa fe fue su ancla y la fuerza que necesitó para salir adelante en aquel difícil momento. Tenía la certeza de que sus padres estaban de rodillas orando por su vida, y eso lo sostuvo. Se aferró a la fe, al ánimo y a la vida; pudo regresar, y reconoce que, en el mejor de los casos, podría haber quedado en una silla de ruedas, pero siente que ese ángel estuvo presente para cuidarlo.
Los ataques se realizaban durante la noche; vio a soldados caer heridos, le tocó asistirlos y también fue hecho prisionero por las fuerzas inglesas. “Mi compañero de grupo era Oscar Núñez; lo transporté desde lo alto de un cerro hasta abajo y caímos prisioneros el sábado 12 de junio. Entendíamos más por señas que por palabras lo que nos decían, y ante los gestos y gritos debíamos obedecer”.
Volver a casa
López tenía la certeza de que volvería, aunque también sintió temor ante la posibilidad de que los ingleses lanzaran una bomba atómica, ya que habían amenazado con ello. El regreso fue un momento especial para su familia: una de sus hermanas zapateó de alegría en la puerta de la casa y fue quien avisó a sus padres, que en ese momento estaban fuera del domicilio orando por su regreso; así, siente que aquellas plegarias fueron escuchadas.
La vuelta no fue sencilla en su San Vicente natal. “Fue difícil, incluso más complicado que la guerra misma, por la indiferencia social que hubo en ese momento; eso me tocó muchísimo, porque yo formé mi familia, tenía tres hijos, salía a buscar trabajo y nadie me tomaba, me tildaban como ‘el loquito de la guerra’, esa discriminación fue muy pesada y me marcó profundamente”. Ante ese contexto, se sostuvo realizando changas y con la venta de huevos, leche y otros productos de la chacra.
Por otra parte, destacó que toda manifestación social hacia un veterano de guerra es válida, ya sea deportiva, política o religiosa. “Donde hay algo de Malvinas nos toca de cerca, como la canción del último Mundial que decía ‘Por los pibes de Malvinas que jamás olvidaré’, y eso es algo importante para nosotros”.
Dos de sus hijos, de 15 y 11 años respectivamente, sienten un fuerte fervor por Malvinas. La familia se convirtió en un pilar fundamental para seguir adelante, y para él saber que cuenta con el apoyo de sus seres queridos es su mayor satisfacción. “Espero que cuando yo no esté ellos cuenten mi historia y que no muera la causa”, resaltó. Además, precisó que la sociedad ha cambiado su mirada sobre los veteranos, con un mayor acompañamiento, y consideró necesario sostener el sentimiento patriótico para que, al izar la bandera, prevalezcan la memoria y el respeto.
Por último, al ser consultado si volvió a Malvinas, respondió: “No tuve la oportunidad y tampoco lo busqué tanto, pero si en algún momento se da, lo haría, para cerrar un ciclo, ver cómo está ahora la zona de combate donde estuve y despedirme de los que no han vuelto”. Y añadió: “Ningún examen psíquico puede explicar lo que siente un veterano de guerra; solo otro veterano puede entender. A mí me encantaría que la bandera de Argentina vuelva a flamear en Malvinas, sería un sueño cumplido por lo que peleamos; está marcada en la historia reciente de nuestro país y solo espero que la sociedad sea consciente de que en la actualidad hay testimonios vivos para contar”.