Entre palmas y fe: la historia de Víctor, el vendedor que cada año anuncia el Domingo de Ramos en Posadas
En pleno centro de Posadas, donde el ruido del tránsito no se detiene y la rutina corre apurada, hay una escena que se repite cada año y que marca, sin necesidad de calendario, la llegada del Domingo de Ramos.
En la esquina de Bolívar y San Lorenzo, Víctor Rodríguez despliega su pequeño puesto de palmas recién cortadas. Llegó hace apenas unas horas desde Garupá, pero ya está listo. Las hojas verdes, frescas, prolijas, llaman la atención de quienes pasan y frenan, aunque sea un segundo.
“Recién llegamos”, cuenta, mientras acomoda los ramos. “Hay que pedir con tiempo para que se preparen. Hoy a la mañana encargamos y a la tarde ya las retiramos del vivero”.
Un ritual que vuelve cada año
Para Víctor, no es solo un trabajo: es una costumbre que se repite año tras año. “Siempre hacemos lo mismo”, dice con naturalidad, como quien sabe que forma parte de algo más grande.
Las palmas, explica, no vienen solas. La tradición también incluye olivo, el principal, y otras hierbas como la marcelita o el eucalipto, que muchas personas buscan para completar el ramo. “La gente también viene por el yuyo”, agrega, entre risas.
Los precios son accesibles y pensados para todos: los ramos se venden entre 2.000 y 3.000 pesos, y cuando se suman otros elementos, el valor puede variar. Pero más allá del número, lo importante parece ser otra cosa: que nadie se quede sin su ramo.
Y hay un punto clave en la jornada: la cercanía con las escuelas. “Siempre me pongo frente a una escuela que está acá cerca. A los chicos les piden que lleven, así que ahí sale rápido”, cuenta.
Fe, tradición y comunidad
A medida que se acerca el domingo, el movimiento crece. Algunos compran con anticipación, otros esperan al último momento. Pero todos, de alguna manera, participan del mismo gesto: llevar la palma para bendecirla.
Víctor también lo hace. Como cada año, después de la venta, se acerca a la iglesia para la misa. “Sí, siempre venimos a la catedral”, dice, ya pensando en el cierre de la jornada.
En medio de una ciudad que cambia, que crece y se transforma, su puesto sigue ahí, firme, sencillo, recordando que hay tradiciones que no se pierden. Que vuelven, como las palmas verdes en la esquina, anunciando que algo especial está por empezar.