El amor en las Misiones Segunda parte: La boda

miércoles 28 de enero de 2026 | 6:00hs.

Recostado en una de las casas de piedra que circundaba la plaza mayor, Aguaraí, el hermano mayor, contemplaba solitario el acto prenupcial, mientras con un cuchillo horadaba una pepita de coco. Días antes de nacer Aguaraí, los padres cumplieron con el acto tradicional de abstenerse a realizar cualquier tipo de trabajo, no sea que sufrieran algún tipo de accidente y transmitieran las lesiones al bebé. Al romper la bolsa de las aguas, Yrupé, la futura mamá, fue llevada a orillas de un arroyo donde las comadronas la acostaron sobre mantas tejidas por ella misma. Nacido el bebé, la matrona más veterana procedió a cortar el cordón umbilical con el borde de una piedra filosa y a atarlo con hilo de karaguatá, cubriendo la herida con cenizas y aceite de kupai. Una vez higienizados la madre y el hijo con una lavanda hecha con la cocción de hojas de cedro, y de darle de beber a Yrupé otra infusión de hojas de sauce para aliviar sus dolores, le fue entregado el hijo primogénito al padre, quien lo alzó con las dos manos apuntando al firmamento. El niño no tenía el lunar en forma de mamboretá en la parte superior izquierda de la espalda, la tradicional señal de la familia que se repetía generación tras generación en el varón que ocuparía el supremo cargo de Mburiuvichá.

Esa señal del mamboretá, heredó su hermano menor Ñaroí.

Siempre sosteniendo al niño en lo alto, el padre bajó la cabeza y entonó un breve canto para luego acunar a su hijo entre sus brazos e ir a recostarse al lado de su mujer.

La unión de Yvoty y Ñaró fue el primer casamiento en la tribu realizado por los representantes de los dos credos en pugna. El de la nueva fe, oficiado por el Padre Catequista en la Iglesia recientemente terminada, lucía en su interior vistosas guirnaldas elaboradas con flores silvestres por las amigas de la novia. En el altar mayor sobresalía impecable y lustroso el retablo forjado sobre madera con la efigie en relieve de Jesús crucificado, sublimado en la contemplación de su madre María y Magdalena, el apóstol mujer

“¿Podía alguien imaginar que en tan breve tiempo los naturales, dirigidos por nosotros, pudieran tallar tan devotos íconos de la fe cristiana con la destreza de consumados artesanos? Sin embargo, ellos con infinita dedicación y paciencia lo lograron. Relató el Padre Consejero en una carta dirigida a sus superiores.

Es lo que también admiraba el Chamán y, aunque nada decía, reconocía in pectore que la talla lucía realmente impecable. Reconocimiento que le avivaba sentimientos contradictorios, mezcla de inquina hacia los extranjeros por la enseñanza artística inculcada y a la vez orgullo, porque fueron hombres de su raza quienes lograron concretar una obra tan magnífica a pura habilidad. En su simpleza de hombre de monte y frente a las formas de adoración, el Chamán razonaba frente al Concejo de Ancianos para obtener su apoyo: “Ellos se arrodillan para rezar a su Dios, nosotros los hacemos parados mirando al cielo o cantando y bailando. Ellos se encierran en su templo para comunicarse con el Ser Supremo, nosotros lo hacemos al aire libre en contacto con la naturaleza. Ellos tienen íconos con figuras humanas que representan a su Dios. Nosotros no los tenemos, están representados por el aire que respiramos, el suelo que pisamos, el agua que bebemos, la lluvia, la selva, el cielo con las estrellas y todo lo que Ñande Yara puso y no puso sobre la tierra”.

Tal su costumbre, se mantuvo impertérrito mientras esperaba celebrar el matrimonio de esos muchachos que viera crecer y que amaba con el mismo cariño que al resto de los jóvenes de la tribu, aunque atribulado observaba cómo se alejaban de las creencias religiosas de sus ancestros a favor de la nueva creencia traída por los blancos. No obstante, cual mimbre erguido y sin dar atisbo de resignación religiosa, estoico realizaría en la plaza pública el acto nupcial teniendo por testigo al resto de la población. Altivo en la dignidad jerárquica, actitud que contrastaba con sus ojos mansos, a su turno elevó oraciones y plegarias a Ñande Yara a favor de los desposados, concluyendo con la siguiente bienaventuranza:

“Yvoty tú eres la flor, Ñaroí tú eres el roble.

También Yvoty eres la luna, y tú Ñaroí eres el sol.

Ambos, el sol y la luna deambulan por el firmamento.

Como ustedes desde hoy, caminarán esta tierra.

El sol y la luna ¿pueden juntarse?

Jamás.

Pero sí pueden hacerlo la poesía y el poeta.

Y tú Yvoty eres la poesía y tú Ñaroí el poeta.

Y en la poesía el sol y la luna pueden unirse.

Como ustedes desde hoy, caminarán esta tierra.

En esta unión Ñande Guazú los bendice.

“Id y sed felices”

Inesperadamente de entre el círculo más cercano emergió la figura de Aguaraí, el hermano mayor, trayendo en sus manos una cestilla que contenía dos anillos de cocos talladas por él mismo con sumo ingenio. El correspondiente a Yvoty con la figura de una flor, y el de Ñaroí, el colmillo del jaguareté. Una vez que procedió a colocar en los dedos índices de la mano derecha de cada uno de los novios, besó a la novia y se abrazó a su hermano con efusiva emoción. Pese al bullicio, Aguaraí fue el único en escuchar el chistido de mal agüero del ñacurutú. Ya era la segunda vez. Por eso murmuró: “yo te cuidaré hermano cuando seas Mburuvichá”

Yvoty= flor.

Ñaroí eju ko’ápe yporá ytereí= Ñaroí ven aquí, el agua está muy linda. Yurupyte= beso.

Ñacurutú= lechuza.

Aguaraí= hijo de zorro.

Yvyraró= cierto árbol.

karaguatá= planta bromeliácea.

Tají=lapacho. Tipoy= túnica. Yrupé= planta acuática. Ñaroité= Bien bravo

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