Enero de 1756, Batalla de Caibaté: principio del ocaso de la República Jesuita

sábado 10 de enero de 2026 | 6:00hs.

El mismo ejército Misionero y Guaraní que supo recuperar 76 años atrás con sangre y fuego la Colonia del Santísimo Sacramento en manos de los portugueses, devuelta tiempo después en la mesa diplomática a Portugal, se aprestaba a dar combate para impedir, debido al ignominioso tratado de permuta, el trueque de ese asentamiento colonial por los siete pueblos Misioneros al oriente del río Uruguay.

Los dos imperios de la península Ibérica, enfrentados por odios ancestrales, se unían para combatir a los guerreros de las Misiones que, por siglo y medio, defendieron las fronteras mesopotámicas del avance lusitano.

En víspera de la batalla, reconfortante brisa comenzó a soplar desde temprano menguando el calor sofocante que volvía irrespirable el ambiente. Por esos días, el Kuaraí resplandeciente achicharraba sin contemplación a todo ser viviente que se animara a desafiarlo a medida que aumentaba su calentura, convirtiendo en amarillo todo lo que fuera verde.

Los desdeñados espartillos se movían al compás del viento imitando pequeños haces de trigo sin su valor nutritivo. Aunque la sabia naturaleza suele esconder sustancias beneficiosas en las entrañas de cualquier vegetal por más insignificante que parezca, y de esto el guaraní sabía lo suficiente.

Más de un avá pensaba desde su puesto de lucha, que la época de Las Misiones fue de dicha sin igual; el tiempo en que felices sembraban y cosechaban, reían y lloraban, guardaban y desechaban, como estaba escrito en Eclesiastés. Período en que sus antepasados habían erigido una república donde el que nacía moría por mandato divino, no como ahora, donde eran obligados a matar o a morir por la decisión de hombres poderosos. “¡Ay, Tupá! Qué triste es nuestro destino. ¿Qué será de nuestra Nación y de nuestros hijos?”.

El sol a las ocho de la mañana de aquel martes 10 de enero de 1756, si bien atenuado por las nubes, enardecía la presión de las pasiones. El Ejército Misionero compuesto por dos mil guerreros ya se hallaba en posición de combate esperando al rival. En el medio de la primera fila se destacaba la magnífica presencia de a caballo del cacique Nicolás Ñeenguirú, quien una década atrás fuera nombrado Corregidor del pueblo de Concepción por el propio rey español. A la diestra tenía al altivo y bravo Andrés Ñaró, el quinto de su generación, montado en su brioso zaino oscuro. Al otro lado, sobre un caballo de pelaje ruano y cola blanca, el Padre Sebastián sin sotana lucía el torso desnudo, el santo rosario colgado del cuello y una lanza en la mano. Otros doscientos lanceros completaban el cuadro de Caballería. En la retaguardia, la Infantería preparada con la parafernalia que otrora utilizaban en luchas tribales, reforzados con cañoncitos de tacuaruzú, constituía el plantel de combatientes definitivamente peor armado para enfrentar al ejército profesional.

El Padre Sebastián, sin alterarse, contemplaba la naturaleza brutalmente agreste y sin embargo tan hermosa.

-No hay rincón en el mundo que no sea bello y magnífico- pensaba, abstraído de la contienda- pues en definitiva, es la composición maestra concebida por la imaginación de Dios. A semejanza de Él, los hombres crean cosas materiales muy lindas, pero, a su vez, cuánto destruyen. A tanto llega su destrucción que en el mundo es la única criatura de la creación que mata por matar. Tal era lo que ocurriría en instantes.

El Padre Sebastián, sumido en total abstracción, ni siquiera lo volvió a la realidad el vozarrón de Andrés Ñaró que, a grito pelado para que escucharan los del frente, lanzó su imprecación:

¡Escuchen, malditos portugueses y españoles! Hasta ayer, enemigos; hoy, unidos para destruir y hacer el mal a gente humilde y sin maldad, a ciudadanos que viven en libertad por la gracia de Dios. Se unen circunstancialmente por codicia sin conformarse con lo que tienen, y cual avaros desean más y más, en la creencia de que la felicidad reside en la riqueza material. Por eso, ¡escuchen bien, malditos! Ahora nos echan de nuestras tierras que supimos labrar con dignidad; de nuestra Nación constituida sobre la base de una sociedad comunitaria junto a los treinta pueblos misioneros, pero a ustedes también los echarán en un futuro no muy lejano.

¡Por esto, malditos, los maldigo!

El Padre Sebastián con el torso desnudo y la cabellera al viento, apenas escuchaba la maldición. Su mente sometida a la sensación visual, contenía el contorno castigado por el sol del verano más cruel de los últimos años, imponiéndose el amarillo por sobre los manchones escuálidamente verdes que pronto acabarían marchitos si persistía la falta de lluvia. Nada conmovía al Padre Sebastián. Para él, ensimismado en su yo interior, todo a su alrededor transcurría parsimoniosamente como si un orden superior lo instara a la tranquilidad absoluta. Tal vez su abstracción del mundo real fuera la razón que lo hizo percibir vagamente el grito de “a la carga” del cacique Ñeenguirú, los alaridos y el sapucai de los bravos que lo escoltaban. De lejos incluso sintió las repetidas detonaciones de los cañones acompañadas de agudos silbidos y ayes de dolor. Después del pandemónium el mutismo lo fue invadiendo lentamente, y comenzó a notar que el anterior contorno amarillo se reconvertía en variados matices glaucos. Sinfonía de tonalidades verdes alfombraba la sabana con los espartillos incluidos. Los árboles recuperaron su verdor y el cerro Caibaté, antes grisáceo, redimió esplendores luciendo renovados musgos de colores aceitunados.

La tranquilidad invadía el lugar y el Padre Sebastián, que ya no recibía el caluroso viento, dejó de transpirar y perdió toda sensación irritante que pudiera afectarle al cuerpo. Paulatinamente comprobó que sus compañeros en la lucha por defender la Nación Misionera estaban al lado suyo sonrientes y dichosos, como si estuviesen en la dimensión de la Tierra Sin Mal, protegidos de toda mala acechanza. Infinita placidez comenzó a instalarse suavemente en su alma elevándolo a la cúspide del bienestar supremo. Sensación etérea y agradable que nunca sintió en vida y que lo instara a musitar: “¡ay, Dios mío, que sea eterno este sumo bien que ahora me brindas!”.

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