Miño, un cartero de pueblo

lunes 18 de abril de 2022 | 6:00hs.

Las comunicaciones y las tecnologías, desde las más antiguas hasta las más sofisticadas, inciden, y han incidido, en las vidas de las personas de un modo superlativo.

La correspondencia o las cartas eran esperadas con ansiedad todos los días. La gente anhelaba recibir noticias de sus parientes que vivían en Buenos Aires  u otros lugares, las cartas de los amigos o las deseadas cartas de amor.

De ese amor que se tomó licencia por la distancia, que se fue para otro rumbo, el del arrepentimiento de una decisión mal tomada, el de un nuevo amor o de ese mismo amor con sabor a despedida.

En ese mundo con menos urgencias, la espera de una carta generaba adrenalina pura.

En los pueblos, los generadores de esas alegrías o tristezas, eran los carteros del Correo Argentino. Sí, este correo que no enviaba boletas de luz o de servicios para pagar sino que era el encargado de mantener la comunicación entre las personas.

No nos equivocamos si afirmamos que por entonces el Correo era más importante que el Banco; las ecuaciones financieras estaban en un segundo plano en el sentimiento humano.

Los encargados de repartir ilusiones eran los carteros. Recorrían, a pie, las calles de los pueblos con portafolios de cuero que sujetaban en los hombros con una correa. En este período de confianza, cuando la mayoría de los receptores de correspondencia eran conocidos del emisario, prácticamente no se firmaban papeles o lo hacía el mismo servidor público.

La documentación llegaba por ferrocarril y un vehículo del correo la retiraba o la entregaba. En las oficinas se clasificaba y luego se distribuía.

En la década del 60, en el Correo de Apóstoles había muchos empleados. En el sector administrativo, Don Raúl Díaz, Don Bertoluzzi y Don Aguirre. Se desempeñaban como carteros: Delgado, Koyuk, Raikoski, Apestegui, Miño y otros más. El jefe era Jorge Raúl Sánchez.

El cartero Miño era de la capital de Corrientes. Un personaje en el más amplio sentido de la palabra. Un hombre bueno, alegre, amigo de todos y con un cierto toque de inocencia.

Era muy parecido a Mario Moreno “Cantinflas”, con bigotes y ese estilo extravagante del que hacía gala el actor. En el trabajo y en la vida privada necesitaba que no le soltaran la mano, era algo así como “un niño grande”. Vivía solo en el Hotel Argentino, el Hotel Misiones, o en lo del Petiso Domínguez. El jefe del correo, Don Sánchez, muchas veces le pagada el hotel, la vianda y deudas que contraía, pues era muy desordenado con el dinero. Una vez abonados los gastos esenciales, le entregaba el resto del sueldo.

Ovidio Eslabón Miño era su nombre, pero todo el mundo lo llamaba por el apellido. Muy apreciado por los que lo conocían, pues carecía de maldad.  Generoso, motivo por el cual,  en reiteradas ocasiones, “las malas amistades” se apropiaban de cosas que él mismo compraba.

Se enamoraba rápidamente de las chicas, aunque no fuese correspondido. Amante del trago en horarios de trabajo o fuera de él.

La gente lo quería igual porque era respetuoso. Le reclamaban las cartas, aunque sabían que, si bebía, se extraviaba enseguida.

Cualquier bar y compañía le quedaba bien. En ocasiones los compañeros de trabajo tenían que ayudarlo para culminar el reparto de la correspondencia a tiempo. Cuando se acercaba el mediodía y no regresaba, salían a buscarlo: eran los mismos vecinos los que  informaban por dónde lo vieron.

El cartero Miño en muchas ocasiones regresaba a las oficinas sin el portafolio y, obviamente, el contenido que quizás quedó olvidado en un bar cualquiera. Además protagonizaba hechos de  correspondencia extraviada que, más tarde, los vecinos acercaban al correo.

Los superiores le reprendían y  advertían que lo iban a despedir del trabajo; él se disculpaba y prometía poner mayor celo en las tareas encomendadas. Pero, al final, su debilidad siempre lo desbordaba.

Una mañana entró a darle “al copeo”, en el almacén de Tilo Pintos, en el barrio El Chaquito, y se le fue la mañana entre risas y tragos. Cuando el almacenero le advirtió que eran casi las doce del mediodía, Miño se marchó tambaleante sin el portafolio. Se le complicó el día, porque una persona estaba esperando un documento importante que el cartero tenía que entregar y no lo hizo por el recreo que se tomó en el camino.

El hombre, dueño del documento, estaba sumamente enojado y comenzó a despotricar:

–¡Cómo van a mandar a la calle a un irresponsable! ¡Voy a hacer una denuncia! ¡Se van a enterar en Buenos Aires!

Mientras lo escondían a Miño en el fondo del local, llegó presuroso al lugar Juan Dos Santos, un vecino del boliche de Pintos, con el portafolio y toda la documentación que contenía. Escuchó el reclamo airado del vecino e inmediatamente tomó la parada:

–El señor Miño no tiene la culpa. Fui yo el que le hice una broma escondiéndole el portafolio. Él buscó y reclamó, pero no le entregué, sin dimensionar el perjuicio que podría ocasionarle. Yo me hago responsable, y si tengo que ir preso, voy.

Las aguas se calmaron. Buscaron la documentación y le entregaron al reclamante, quien finalmente dijo que no denunciaría  nada.

A partir de entonces, Miño o Cantinflas siguió siendo cartero. Pero un día  se enfermó y no pudo continuar trabajando.

La gente siempre lo recordó con cariño.

Por Ramón Claudio Chávez
Ex juez federal

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