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Anécdotas de Don Cacho

La cosa fuerte de la política

domingo 09 de mayo de 2021 | 6:00hs.
La cosa fuerte de la política

Toda la vida dije que iba a ser médico… y ese era el mandato. Pero a último momento empecé arquitectura a instancias de papá que no sé por qué causa se cambió de bando. Pero matemática nunca fue mi fuerte y a los tres meses en un aula con forma de tobogán estando en las últimas filas casi tocando el techo con un enorme pizarrón allá abajo lleno de aburridos y entreverados números que demás como embrujados se cambiaban de lugar o ponía una v corta con un brazo largo al menor descuido. Así no da (y eso que la facultad estaba en la otrora famosa “manzana de las luces”, pero en mi cabeza no se encendía ni una humilde lamparita). Consideré una confabulación entre tiza y pizarrón y me dije: esto no es para mí. Sin decirle nada a mí viejo que había tenido un infarto, sin saber qué hacer,  fui y que me inscribí en Derecho; ahí duré un soplido avergonzado y arrepentido. Pero la vida me dio revancha con el maldito pizarrón: tengo una hija arquitecta…

En esa época (1955) en Corrientes se terminaba de crear la carrera de medicina, que dependía de la Universidad Nacional del Litoral. Ahí me enchufaron sin preguntarme y acepté aliviado; finalmente había encontrado “mi” carrera.

Vivía en la casa de un tío, Salvador Cabral, casado con una hermana de mamá, Matilde de Arrechea de Cabral.

Corrientes, fundada en 1588, anida una sociedad totalmente distinta a la de Misiones, mucho más caté y con una larga tradición institucional y política por generaciones. No se parece a ninguna otra provincia, sólo a Corrientes.

Cabral era descendiente de Genaro Perugorría (gobernador correntino y federal en la época de Artigas; tuvo la mala idea de pasarse al bando porteño y encima perder la interna; se lo remitieron a Artigas, quien lo manda fusilar por “traidor”. Tenía 23 años…), a él había pertenecido la casa donde vivíamos: entrada con amplia escalera de mármol, a la izquierda “la sala” con gran espejo y sillones y dorados, y a la derecha escritorio y nutrida biblioteca. Una herradura enmarcando el primer patio, donde clavado en el medio al final de la escalera, enseñoreaba un brocal de mármol y ornamentos de hierro; después la parte más antigua de la casa (siglo XVIII de adobe), las habitaciones, el comedor, baños y la Virgen de la Natividad que perteneció a María Perugorría y a sus sucesores. Detrás el segundo patio con pozo de agua más modesto pero igualmente hermoso, instalaciones de servicio, cocina y habitaciones (donde mandaba el guaraní) y un gallinero/zoológico con pájaros y bichos laguneros que amanecían cada jornada con un gran concierto; el segundo patio estaba a cargo de León Maidana, con el título de peón de patio. León, hombre de chaleco negro para las cuatro estaciones era parte del bicherío que lo trataba a puro grito y aleteo como a uno más de la tribu. Otro personaje inolvidable era Apa, indescifrable de edad, de facciones indianas color moreno  y de una bondad infinita. Me decía “niño Cachito”, cuestión que me ponía nervioso pero reconozco que me gustaba. Hoy pienso que era “zambo”, cruza de negro e indio. Apa era muy creyente, no había fiesta de santo que esquivase su memoria y su habitación parecía más una capilla que dormitorio. Como buen estudiante de medicina, mi primera actividad fue ir al cementerio y traerme un esqueleto. Caja al suelo y debajo de la cama, hasta que Apa descubrió el sacrilegio y llena de espanto me dice: “Ay che niño,  hacele pue una misa a ese pobre difunto para que no se te aparezca…”. No le hice la misa, pero no era que me quedé muy tranquilo.

El padre de Salvador Cabral había -cuando muy niño- sido secuestrado con su madre, una de las cuatro cautivas de la guerra del Paraguay, que deambularon durante 4 o 5 años por montes y bañados y fueron rescatadas con vida al final de la contienda. También fue intendente de la ciudad y amigo de Bartolomé Mitre. Recuerdo que había en la casa documentos como pago de reparación por el daño de guerra a pagar por el Paraguay (deuda condonada.)

La política, la cultura y la historia estaban en las paredes, en las habitaciones de la casa. A mí me pusieron en la que perteneció al coronel Garrido, Apa me dijo: “No tenga miedo, niño, va a escuchar ruidos porque a veces el coronel vuelve”. Y los escuchaba, pero preferí creer que eran roedores que galopaban en el cielorraso. El coronel Garrido, correntino, peleó y murió en las trincheras luchando por el Paraguay; cuestión que no entendí el porqué en ese momento y tampoco cuando hablando con Stroessner de la Guerra de Grande me dijo: “Esa fue una guerra civil, no de naciones”. Leyendo y leyendo historia muchos años después sí entendí y media razón tenía.

Arranca la militancia

Podría decir que comienzo la militancia política a los 16 años, haciendo de presentador en un acto de Balbín en el cine Sarmiento. Tiempo de una de las tantas épocas de dictadura militar o interregno civil, no lo puedo precisar.  Ya estudiante de medicina, hago mi debut como orador (al estilo Frondizi, con el índice apuntando al cielo), en un acto universitario en una esquina, no recuerdo la causa pero debe haber sido contra algo. Ahí fui ocupante titular del micrófono desde un palco de los que se usaban en los corsos, blanco, humilde y al toque de la gente, que no era tanta. Pero tan cerca que me parecía que les hablaba a cada uno en particular. Verdadero curso donde aprendí lo básico: cuando la gente te mira y te sigue mirando, el discurso le llega, sigo que vamos bien… Cuando los ojos se pierden y hay conversa, señal de aburrimiento. Apretá el acelerador y busca un buen final que algún aplauso se va a soltar…Descubrí también que me encantaba decir discursos, que era una poderosa herramienta de seducción y enamoramiento. Etapa todavía del tiempo artesanal de la política, el tiempo del mano a mano. La gente votaba candidatos de carne y hueso, se los podía tocar y andaban sueltos por la calle; se adoptaba la política por vocación y pensando en el bien común, no en los bolsillos. Hoy detrás de la pantalla de TV y del marketing se esconden una verdad incómoda: no hace falta pensar, hace falta pagar. La tecnología y las encuestas le apagaron la cabeza a la dirigencia. La política y los candidatos son una mercancía que se vende al aturdido votante.

Marito Losada después fue a estudiar, así que juntos hacíamos las recorridas por los comités y actos, siempre acompañados de asados y damajuanas. Era una política modo vernácula: pañuelo verde era radical, pañuelo colorado autonomista, y pañuelo celeste era liberal. En los discursos no importaba lo que se decía, sino cómo se decía. A Cabral le decían “pico de oro”, máxima calificación. Nunca podía faltar una referencia a las barbas blancas de Alem, el “que se rompa pero no se doble” o el gran Hipólito… Y tampoco los multiplicados sapucay que apagaban los aplausos…

Entre los correligionarios recuerdo a don Cancio Soto. Venía precedido de ilustre fama, no había revolución, revuelta o tiroteo en que don Cancio no estuvo entreverado. Traía en su prontuario historias que se contaban. Ambos éramos convencionales nacionales. El peronismo estaba proscripto y la UCR  se había quebrado en balbinistas y frondizistas: UCR del Pueblo y UCR Intransigente. Nos convocan y fuimos a la Convención Nacional en el edificio de la calle Tucumán, en Baires. Tren Urquiza y a la nerviosa convención. Era un salón con butacas y escenario como un teatro. Los ánimos estaban caldeados de antemano y había que aprobar o desaprobar no sé qué cosa. En el estrado, los próceres de entonces, a los que conocía por fotos y afiches. El comienzo, el de siempre, lo que se iba a tratar, después “tiene la palabra el delegado de tal lugar”, y aparecía algún nombre conocido desde las filas de adelante. Discurso y algún aplauso inseguro sin acompañamiento se apagaba al nacer.  El tono de las palabras fue subiendo de intensidad hasta que rebotaban en las paredes; el ambiente se fue encendiendo, el griterío de las barras enfrentadas rajaban el aire espesado de humo y las palabras cargadas de provocaciones se chocaban y caían como lluvia sobre la gente. Enardecida la reunión comenzaron las piñas, empujones y algunos misiles improvisados. Don Cancio, de pie, sombrero, ponchillo al hombro, observaba sin decir palabra (cómo inquietarse en una trifulca de tan poca monta), hasta que sin anuncio, sin que nadie lo sospeche siquiera, se armó un tiroteo y desparramo general. Mierda qué confusión, gente saltando butacas, corridas, “paren locos, somos todos radicales...” escuchaba el cuerpo a tierra cuando debajo de una butaca vecina… se me desploma un ídolo, muere la épica, se desvanece una historia de valientes… Don Cancio Soto, el hombre de mil batallas, sin sombrero y ponchillo acurrucado al piso esperando como yo que amaine la batahola que como siempre terminaba con la marcha radical agitando banderas rojiblancas. Aquí no pasó nada, sólo tapar agujeros en el techo….

 

P/S:  “Corrientes tiene payé”. No sólo medicina y política, también “tucu tucu che corazón”.  “Si la Argentina entra en guerra Corrientes le va ayudar”. Detrás de estas frases hay una fuerte identidad, un orgullo de ser correntino y de no arrugar, de domar, enlazar, estribarse reventando suelo, tumbar, montarse encima y soltar el sapucay. De sombrero chato y aludo, pañuelo al cuello, puñal en la cintura, polainas  y alpargatas con espuelas… soplando notas con la verdulera nació  el chamamé. ¡El himno de Corrientes! Seguramente el trabajo rudo, las historias de batallas y levantamientos, la inmensa soledad entre montes, yaguaretés, lagunas y yacarés, espantando el miedo, hicieron del correntino un hombre guapo y de culto al valor. Nunca antes había compartido con la historia; fueron  años de enriquecimiento y vivencias que recuerdo agradecido.

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