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El hombre renacentista

martes 13 de abril de 2021 | 6:00hs.
El hombre renacentista

Durante el siglo XV surgieron los primeros arquitectos que ejercieron la profesión tal como la conocemos hoy. Fue Filippo Brunelleschi, nacido en Firenze en 1377, quien marcaría con sus obras, pero también con sus investigaciones, el inicio de una nueva era para la arquitectura.

Esta ciudad al norte de Roma se convertiría en un polo de las nuevas ideas y las artes que sigue brillando hasta nuestros días. En la capital de la Toscana son incontables las obras de una calidad impactante, a tal punto que muchas personas con sensibilidad y pasión por el arte terminan el día con el conocido Síndrome de Florencia, un agotamiento emocional por estar expuesto a una sobredosis de obras de arte que generan emociones conmovedoras.

Allí, Filippo se formó en matemáticas, siendo muy amigo de filósofos, artesanos e ingenieros. No pasaría mucho tiempo hasta que empezó a dedicarse a la escultura. Influenciado por la óptica, desarrollo la técnica de la perspectiva, un método de dibujo con profundidades realistas y proporcionadas, similares a las que ve el ojo humano. Un elemento revolucionario para la pintura de los siglos XV y XVI.

En 1420, Brunelleschi participó del concurso para la construcción de la cúpula de la catedral de Florencia. Para su proyecto realizó plantas, cortes, perspectivas. Ganó el concurso y luego se ocupó de dirigir la obra, velando por la correcta ejecución de los oficios necesarios, de manera que siempre respeten lo proyectado, sometidos a la presión de tiempos y presupuestos. Tal como lo hace cualquier arquitecto actualmente.

La cúpula de la Cattedrale di Santa Maria del Fiore tiene un diámetro interior de 45,5 metros y una altura de 100 metros por dentro, alcanzando en su exterior los 116,5 metros. Fue terminada en 1436 y es -sin dudas- su obra más destacada, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1982 por Unesco.

Lo más curioso que sucedió con Brunelleschi es que él no era un teórico, no le interesaba plasmar en libros y tratados sus ideas, las transmitía de hecho a los que trabajaban con él, una costumbre que seguramente tomó de los artesanos de la época. Quien se ocuparía en 1434 de darles un marco teórico a estas ideas fue el genovés León Bauttista Alberti, nacido en 1404, fue un estudioso de Brunelleschi. Alberti también se dedicó a traducir los libros sobre arquitectura que Vitruvio escribió en la antigua Roma, basados en las obras de la antigua Grecia. Libros que le sirvieron a maestros de la arquitectura como Andrea Palladio de inspiración para proyectar magnificas residencias, como la villa rotonda en 1556, también Patrimonio de la humanidad desde 1996.

Brunelleschi fue parte de un grupo de pioneros, inquietos intelectuales que no se limitaban a una labor particular, sino que exploraban las ciencias y las artes, vinculándolas con inteligencia en cada una de sus creaciones. En el siglo XV, comenzó un a verse esto que muchos llaman el hombre renacentista, personas que se apasionan por profundizar el conocimiento en muchos campos, aunque no tengan un desempeño extraordinario en ninguno, lo que sí es destacable es el resultado de integrarlo todo. Ese grupo lo conformaron nombres como Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel Buonarroti y Donato Bramante, entre muchos otros.

Filippo Brunelleschi tuvo una vida amable, vivió de sus ideas y su trabajó como arquitecto, con obras como las que proyecto y dirigió para la Familia Pazzi, competencia de los Medici -otra familia importante de esa sociedad- y murió en 1446 convencido de que la arquitectura era la más perfecta de las bellas artes.

En conclusión, es destacable que en la actualidad la arquitectura sigue siendo el punto de encuentro entre muchas disciplinas, el cine, la música, la fotografía, pero también es la materialización de pensamientos y posturas filosóficas y sociales. Ya nadie duda que la arquitectura trasciende las bellas artes y es también una ciencia exacta, que requiere profundos conocimientos tecnológicos, técnicos y hasta jurídicos, pero mantiene el legado y la curiosidad de aquel que fue conocido como el primer arquitecto.

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