miércoles 25 de noviembre de 2020
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Ñande Reko Rapyta (Nuestras raíces)

“Les pedimos pan, balas nos dieron”

viernes 20 de noviembre de 2020 | 5:00hs.

En el año 1936, el Territorio Nacional de Misiones tenía, aproximadamente, 160.000 habitantes y Oberá, entonces la segunda ciudad más poblada, casi 18.000 vecinos. La Comisión de Fomento estaba presidida por Leo Lutz y gobernaba el Territorio Julio Vagnasco; una profunda crisis agraria dominaba la realidad misionera.

Una sequía como pocas afectaba a los productores, especialmente a los tabacaleros, agravando la situación generada por el acopio arbitrario del producto que había bajado su precio notablemente; la distribución y mensura de las tierras ocupadas, un tanto desprolijas colocaron a un número importantes de familias de colonos en la figura de “intrusos en tierras fiscales”, y por si esto no alcanzara, la Crym -Comisión Reguladora de la Yerba Mate- gravó un impuesto de $4 sobre cada planta nueva de yerba.

A consecuencia de la crisis del 30, la cosecha de yerba mate estaba limitada y la comisión controlaba los cupos de tramitación obligatoria para efectivizar la venta del producto.

Las condiciones de vida de los colonos de entonces eran muy duras, paupérrimas en algunos casos, generando una especie de autoexplotación, ya que este tipo de agricultura de pequeños productores era netamente familiar.

El domingo 15 de marzo de 1936, un número incierto de colonos y sus familias -entre 200 y 600, según las crónicas de época- de Zamambaya, Los Helechos, Ameghino y Guaraní, entraron a Oberá por la calle Fleming para manifestarse pacíficamente. Iban a solicitar precio único de $6 para la arroba de tabaco, la distribución equitativa y mensura de sus tierras, y que se anulara el impuesto sobre las nuevas plantaciones de yerba mate -$4 por planta -.

En la esquina de la calle Pergamino se encontraron con otros colonos que comentaron que los que venían desde Campo Viera estaban retrasados; la idea era subir por la avenida Misiones hasta el Mástil y allí realizar la protesta. Se organizaron, adelante, los gurises, luego las mujeres y atrás, los hombres; así se hacía en Europa, también en Buenos Aires: la Policía entendía, al ver la disposición, que era un reclamo en paz y no reprimían criaturas o mujeres… Nunca llegaron al Mástil.

A la altura del cementerio viejo, cerca del depósito de Schloemer -hoy plazoleta Malvinas Argentinas-, la Policía, con ayuda de otros colonos, los emboscó. Balas a mansalva disparadas por los efectivos al grueso del grupo, los apalearon sin piedad a los que intentaron escapar, algunos lograron alcanzar los montes cercanos y se escondieron durante varios días. El operativo fue encabezado por el comisario Berón en todo momento.

La “cacería de brujas” duró algunos días, las bajas se produjeron sólo entre los colonos manifestantes. La Policía y sus colaboradores, ni siquiera heridos; se desconocen hasta hoy datos certeros de fallecidos y lesionados. Oficialmente se registraron dos defunciones: Basilicia Savinski, de 14 años, y Juan o Iván Melnik, de 48 años, ambos de nacionalidad polaca. Una decena de heridos graves fueron trasladados al Hospital Regional de Posadas; fallecieron posteriormente dos de ellos y por lo menos 140 personas fueron detenidas.

La experiencia relatada por algunas de las personas sobrevivientes, en posteriores entrevistas para trabajos históricos y antropológicos, da cuenta haber encontrado “una mujer asesinada amamantando a un bebé” y varios hechos de violencia sexual sobre las mujeres y niñas que participaron de la malograda protesta; nada de esto aparece en los expedientes del hecho.

Los colonos fueron calificados en los informes oficiales y la prensa nacional y local como “comunistas”, “agitadores profesionales” y “agitadores extremistas”. Se hizo hincapié en sus nacionalidades de origen y se creó una versión de los hechos que satanizó a las víctimas, hasta no hace muchos años. La documentación producida a partir de las detenciones es escasa y tendenciosa, la “investigación”, a todas luces… rara.

El comisario Berón y el resto de la dotación de la Comisaría de Oberá fueron detenidos: el jefe, con arresto domiciliario. Todos fueron encontrados culpables; sin embargo, un par de años después, varios continuaban prestando servicio en otros destinos, y una veintena de civiles “colaboradores” también fueron enjuiciados y encontrados culpables.

En cuanto a Berón -que tenía antecedentes de actuaciones similares anteriores-, continuó en funciones hasta su jubilación en el año 1941. En 1950 fue nombrado interventor municipal de Eldorado, y después, comisario municipal de esa ciudad.

A dos de los cabecillas se les aplicó la Ley de Residencia y se los expulsó del país; los relatos orales de época no dan cuenta de que estos hombres hubieran participado de la marcha, posiblemente asesoraron en los días previos.

La Masacre de Oberá fue silenciada durante décadas, sólo el recuerdo intrafamiliar o alguna charla discreta entre vecinos la mantuvo agonizantemente viva. En los últimos años de la década de 1980 apareció lo que probablemente sea el primer relato conocido de esta barbarie -ya que un trabajo contemporáneo a la masacre, de Marcos Kanner, continúa extraviado-, uno más al año siguiente, y en 1999 un tercer libro. Pero fue en este nuevo siglo cuando los investigadores académicos se dedicaron científicamente a tratarlo y darlo a conocer luego.

Una canción en idioma ucraniano relató por años la matanza; en unos de sus versos decía “les pedimos pan, balas nos dieron”.

No puedo evitar preguntarme si todavía está el mural en la terminal de ómnibus de Oberá, ese que se pintó en una de las paredes del edificio de los Bomberos, en 1994, cuando la Facultad de Artes organizó el Segundo Encuentro de Muralistas del Nordeste Argentino. Tímidamente se leía “La Masacre de Oberá. 15-3 -1936”, y no tenía firma de autor o autores, casi desapercibido por la mayoría de los ocasionales transeúntes enfrascados en sus propias realidades.

Hasta el próximo viernes.

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