martes 27 de octubre de 2020
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Trinchera de San José: ¿segunda fundación de Posadas?

viernes 16 de octubre de 2020 | 5:00hs.

El Paso de Itapúa fue fundamental en la ruta comercial Montevideo - Porto Alegre - San Borja - Rinconada de San José - Asunción, tanto que en la Rinconada se instaló un varadero de carretas, aprovechando la laguna existente.

La administración paraguaya, el 3 de enero de 1834, dio inicio a la construcción del Campamento de la Rinconada de San José o Trinchera de San José; en la Posadas de hoy ocuparía, aproximadamente, desde las avenidas Costanera y Mitre, por ésta hasta Buenos Aires, por ella hasta inmediaciones de Catamarca y Colón - donde estaba el único portón de acceso -, luego hacia la plaza San Martín y desde allí hacia el Anfiteatro (Punta Gómez).

La mano de obra fue aportada por 200 soldados apostados en la zona más 50 peones nativos contratados por un salario de “$f 2 por mes y como premio se le asignarían dos vacas gordas, una porción de granos y algunos vicios como ser yerba y tabaco”.

Al mes siguiente se incrementó el número de trabajadores a 350 y más tarde rondaron los 400. Las instalaciones fueron resguardadas con un cerco de madera; enseguida se notó la precariedad del material y se decidió sustituirlo por piedras de la zona y de las antiguas construcciones jesuíticas, agregándole una zanja en todo el recorrido que facilitó el escurrimiento de las aguas dentro del recinto.

Por casi dos años se acopiaron los materiales necesarios y en 1838 se inició la construcción bajo la dirección del arquitecto Eliseche, luego secundado por el arquitecto Aquino hasta 1841; la muralla no fue cerrada en sus extremos, lo que facilitó el ingreso/egreso de animales y la deserción de los soldados.

De acuerdo con un inventario fechado en octubre de 1842, la Trinchera de los Paraguayos o Trinchera de San José contaba con un cuartel -con 55 habitaciones, techo de paja y galería al frente-, dos cocinas -también con techos de paja-, una atalaya o mangrullo, una guardia principal cercana a la tranquera -con techo de tejas, altillo con barandas y blanqueada con cal-, un potrero, la capilla San José, tranquera, depósitos, la guardia de la laguna, cementerio, la guardia de la ribera, la muralla de piedra y un cerco de madera-; junto a la soldadesca y oficialidad, albergaba unos 40 bueyes, casi 200 vacunos y alrededor de 200 caballos.

Dentro del recinto amurallado estaba prohibida la presencia de población civil por ser un establecimiento militar; a medida que las personas llegaron, se instalaron en inmediaciones del campamento, lo más cerca posible a la tranquera de acceso; la mayoría fueron emigrados y refugiados de los diversos conflictos armados que se sucedían en la provincia de Corrientes y Brasil -especialmente los levantamientos correntinos contra el poder central encabezados por el gobernador Berón de Astrada y los hermanos Madariaga en 1838 y 1843, respectivamente, y la Revolución Farroupilha entre 1835 y 1845-; blancos, mestizos, criollos, nativos y afroamericanos, muchos dedicados al comercio y el resto a otras actividades complementarias.

El número de población civil fue tan importante que se los contempló en el reglamento que regía la vida del Campamento de la Rinconada de San José; básicamente se consideraba “gente decente” a los comerciantes, hacendados, troperos, pulperos, tenderos, celadores y encargados, en tanto los “no decentes” eran los peones, nativos, afroamericanos; en otras palabras, los pobres y la mayoría de las mujeres concubinas o “queridas” mestizas, nativas y afroamericanas o zambas, a las que se calificaba, en general, despectivamente como “barraganas”.

Los comerciantes llegaban a la zona en caravanas de carretas custodiadas por soldados paraguayos para evitar los asaltos, ubicaban los vehículos en el varadero y comenzaba el movimiento de descarga de los productos, la requisa, conseguir la autorización para comerciar con Paraguay, trasladar la mercadería a Itapúa y recibir productos paraguayos, cargarlos y volver a iniciar el ciclo para aquellos trashumantes; los que vivían fuera del muro tenían un tratamiento similar.

Los “hacendados” se dedicaban a la provisión de ganado y equinos, algunos solicitaron autorización para ocupar campos cercanos en arrendamiento, pagando un arancel independiente del número de animales albergados; también se otorgaban permisos para “beneficiar yerba”.

Se conoce que se autorizó el ejercicio de la medicina, por lo menos a un ciudadano peruano -a quien también se autorizó para “enseñar”- y a un inglés, en tanto se permitió que un sacerdote porteño se desempeñara como tal.

La convivencia de los grupos -dentro y fuera de la Trinchera- era armoniosa pero no carente de conflictos ocasionales, especialmente por diferencias en las costumbres sociales y la “moral” aceptada por las autoridades paraguayas; si el caso ameritaba se aplicaba un régimen de castigos que incluían azotes, cintarazos, barra y cepo.

Una década más tarde del establecimiento del Campamento de la Rinconada, las inmediaciones y los campos cercanos, hasta cercanías del río Uruguay, albergaron mucha población estable; lamentablemente no existen datos estadísticos de la época.

Cuando el ejército del general Urquiza inició el desplazamiento para enfrentar a las fuerzas correntinas, en 1845, las autoridades paraguayas decidieron desmantelar el Campamento, dejar en el lugar “zeladores de policía” y se evacuó la totalidad de la población civil hacia la otra banda del río. Pasado el peligro se intentó reubicar a estas personas o se les dio la opción de regresar a sus lugares de origen.

A mediados del año 1847, una vez más recrudeció el conflicto entre la provincia de Corrientes y la Confederación Argentina, razón por la cual el gobierno paraguayo mantuvo un ejército permanente en el lugar y los últimos días de ese año se procedió a desocupar totalmente el área de civiles, trasladándolos hacia las zonas de Caapucú y Caazapá.

Dos años después, partidas armadas paraguayas recorrían esas tierras permanentemente.

Hasta el próximo viernes.

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