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La historia del Uruguay, una permanente negación a su pasado guaraní

domingo 11 de octubre de 2020 | 6:00hs.

Así como en la historia argentina, en el Uruguay existió una historia oficial, racionalista, liberal, proeuropea que negó sistemáticamente las raíces guaraníes en la formación de la sociedad oriental. Y esa historia discriminatoria de la etnia guaraní y también de la acción jesuítica en pos de la formación cristiana de esta cultura, se transmitió de generación en generación a partir de los manuales escolares que escondían un pasado indígena en defensa de una más progresista teoría de una tierra refundada por europeos. Lo mestizo fue rechazado y el orgullo de ser una población blanca, “venida de los barcos” se impuso en el Uruguay por lo menos hasta hace muy poco tiempo, la década de 1980, cuando comenzó a revisarse esa historia oficial.

Este relato negó la existencia de una población guaraní que estuvo siempre en la totalidad del territorio: en los tiempos prehispánicos, durante la época jesuítica porque allí prosperaban las más ricas estancias de las Misiones y en el período postjesuítico porque hacia la Banda Oriental fueron decenas de miles de emigrados de las Misiones después de la expulsión, mezclándose con la población criolla de esa región.

El historiador uruguayo Oscar Padrón Favre ha sido uno de los gestores de esta revisión de la historia socio-étnica de ese país. En un reciente artículo titulado sintetiza la evolución de la historiografía oriental y el valor u olvido que ésta ha dedicado a la historia guaraní y jesuítico-guaraní.

Indica allí que el nacimiento del Estado Oriental coincidió con la emigración hacia su territorio de varios miles de indígenas misioneros que siguieron al general Rivera y su ejército al abandonar las Misiones Orientales. Efectivamente, concluida la Guerra con el Brasil y definidas las fronteras de acuerdo a la Convención Preliminar de Paz entre el Brasil y la Argentina, Rivera trasladó toda la población guaraní-misionera que aún residía en los Siete Pueblos Orientales y fundó con esa gente en el año 1828 el pueblo de Santa Rosa de la Bella Unión, que aún pervive, a orillas del río Quareim, frente a Monte Caseros.

La presencia de esa población se tradujo en enconados debates en la Asamblea Legislativa Oriental con duros enfrentamientos entre quienes aprobaban y quienes estaban en contra de la presencia de esa multitud de indígenas en el extremo norte del territorio. Fue muy evidente el prejuicio racial existente en la dirigencia de aquel país. Los opositores a la presencia indígena en Bella Unión afirmaban que “sin autorización se ha establecido un pueblo extraño en nuestras fronteras. Los indígenas son miserables advenedizos ...que nada tienen ...y que nada trajeron sino miseria y santitos”, sostenía el diputado Francisco Solano Antuña, agregando otras expresiones despectivas hacia la religiosidad de los misioneros. Pero también hubieron quienes defendieron la presencia indígena en aquel territorio. “¿Tendremos la imprudencia de llamar una colonia de advenedizos miserables?. Desde el Río Negro al Yí en donde quiera que el indígena de las Misiones clave un horcón para construir la casa que ha de abrigarlo, aquella es su patria, aquella es la heredad que la naturaleza consignó a sus padres y que explotada por ellos, es para sus hijos una propiedad menos cuestionable que la nuestra sobre lo que hoy se llama el Estado Oriental .... Al derecho de primer ocupante, reúne el guaraní otro más respetable. Él limpió esta tierra de fieras, él fue el primero que pidió a su seno la yuca, la caña dulce, el algodón, los cereales todos y poblándola de ganados derramó sobre ella el germen de nuestra riqueza actual ... Las Misiones eran ricas cuando el resto gemía en la miseria de los pueblos nómades”.Y continuaba con consideraciones realmente muy precisas sobre la importancia que habían tenido las misiones y sus indígenas en la formación y adelanto de esta región de América.

Lamentablemente, esta valoración del papel jugado por las Misiones prácticamente desapareció de la conciencia colectiva uruguaya y de su historiografía hasta, como dijimos, la década de 1980.

A fines del siglo XIX, con el positivismo dominando las mentes de las dirigencias de nuestros gobiernos, las motivaciones políticas se inclinaban hacia una causa anticlerical que impedía toda reivindicación de la obra de los jesuitas en las Misiones de guaraníes. A ello se sumaba el rechazo a la herencia hispánica. La historia de los tiempos coloniales era una “herencia maldita” que se deseaba eliminar y un período que los historiadores no querían investigar.

Indica Padrón que otro factor que también incidió para el desinterés por las misiones y los misioneros fue el despertar, por entonces, de un “nacionalismo uruguayo” que se pretendió fundar en tiempos indígenas. El nacimiento del Estado oriental estimuló un temprano movimiento intelectual nacionalista que buscaba legitimar el nacimiento del país a partir de una diferenciación absoluta con los países vecinos y, para ello, se remontaban a los tiempos precolombinos. Surgió así el “nacionalismo charruísta”, que sostenía que este pueblo indígena habitó la República Oriental, por lo tanto el charrúa se transformó en “el indio uruguayo”. Famosos poetas como Juan Zorrilla de San Martín con su conocido ‘Tabaré’ no pudieron sustraerse a ese nacionalismo. Pero nada se hablaba del guaraní. Era más fácil fundarse en una etnia que ya no existía, que ya había sido aniquilada y que no entorpecía el crecimiento étnico de una población “europea”.

Los inicios de la década de 1920 fueron positivos para el revisionismo uruguayo pues comenzaron a desarrollarse historias departamentales que fueron señalando la presencia del aporte poblacional guaraní-misionero como una constante en las distintas zonas del país, pero éstas tuvieron escasa repercusión en su época tanto a nivel local como nacional, pues los programas de enseñanza escolar y media estaban totalmente de espaldas al tratamiento de la historia departamental. Situación que, según indica Padrón, lamentablemente, no ha cambiado demasiado hasta el presente.

Pero los últimos 30 años han sido promisorios en este aspecto. Nuevos vientos soplan en la búsqueda de la verdad histórica, no sólo en el Uruguay, sino también en nuestro país. Y en esta revisión de la historia, el pasado guaraní en todo el litoral rioplatense no podrá ser jamás negado.

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