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Palabras habitantes

domingo 13 de octubre de 2019 | 6:00hs.
Gisela Spasiuk, decana de la FHYCS.
Silvia Godoy

Por Silvia Godoy[email protected]

Cuando en la tarde del viernes, un candidato presidencial prometió a un auditorio de estudiantes en Buenos Aires “trabajar para cada chique”, atizó sin dudas el debate por el uso del lenguaje inclusivo (LI).
Se posiciona así esta herramienta de comunicación, no ya en la esfera de lo social político como acto para visibilizar aquello que está sojuzgado, velado arbitrariamente, despojado de existencia, sino que se vuelve promesa y carne de futuro y, a la vez, denuncia de un Estado ausente.
Esta misma lectura se puede aplicar, quizás, a dos fallos judiciales que se conocieron esta semana elaborados por jueces en clave inclusiva, en una clara posición contra las medidas antipopulares del gobierno actual.
El miércoles salió a la luz la declaración de inconstitucionalidad del DNU 669, que redujo los montos de las indemnizaciones en accidentes de trabajo, fue para el caso presentado por el periodista deportivo Tití Fernández a causa de la muerte de su hija durante la cobertura del Mundial de Brasil 2014 y lleva la firma del juez Alejandro Segura, quien se expresó: “¿Puede un DNU establecer una norma menos beneficiosa para lxs trabajadorxs?”.
Apenas unos días antes, citando a Greta Thunberg y con lenguaje inclusivo, la jueza Elena Liberatori le prohibió a la ciudad de Buenos Aires incinerar basura.
De esta manera, el lenguaje no sexista, su emergencia y expansión en un contexto de marcada crisis económica y descontento social adquiere una nueva impronta, un peso específico. A la vez, da cuenta del androcentrismo del lenguaje -que condiciona la manera en que vemos y pensamos el mundo- y que es tomado como bandera por los colectivos de militancia por los derechos de la diversidad de género, también se para frente a las injusticias de un orden que deja afuera a las mayorías.
En esta hora deja de ser solo cosa de feministas o grupos LGBT+ que batallan contra las violencias y las ausencias deliberadas. Los desocupados, los que tienen hambre, los que no llegan a fin de mes, los que perdieron derechos encuentran en el inclusivo una forma de rechazo a las medidas que los perjudican y hasta de pertenencia a una lucha.
Se inicia un proceso de habitar una estructura que los excluye: el lenguaje y todo aquello que sus palabras posibilitan, decretos, leyes, tratados, actas de acuerdo, firmas y órdenes de desalojo y represión.

Debate abierto
Acerca de qué es el lenguaje inclusivo, sus posibilidades de permanencia y ventajas y desventajas de su uso, hablan el docente Víctor Ríos, investigador en lenguaje inclusivo y diversidad de género, la decana de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales (FHYCS) de la Unam, Gisela Spasiuk, la presidenta de la Academia Argentina de Letras, Alicia María Zorrilla, y Karina Galperin, profesora del Departamento de Estudios Históricos y Sociales de la Universidad Torcuato Di Tella de Buenos Aires.
Consultados por El Territorio, los especialistas también discurrieron sobre los avances en materia de comunicación no sexista en el marco de la Ley Micaela y, por supuesto, los argumentos que se esgrimen para su no utilización.
El docente Víctor Ríos fue panelista en el primer Congreso de Lenguaje Inclusivo, que tuvo lugar en abril pasado en la ciudad de La Plata, al que asistió invitado por su militancia en diversidad sexual y de género.
Indicó que uno de los consensos al que se arribó en el encuentro es que no se debe caer en la tentación de normatizar el LI: “Más que una gramática es una actitud de sospecharle al lenguaje el machismo que lleva y la invisibilización de las identidades que no sean masculino. Entonces hay una idea de no cerrar demasiado con reglas y mantener un espíritu crítico y alerta”. Por ello, concluyó que más allá de las formas, el LI es una intervención política del discurso público “se materializa en el lenguaje pero es eminentemente político más que lingüístico”.

En agenda
Gisela Spasiuk, decana de la FHYCS, se refirió al uso del inclusivo en la institución, que aún no se ha expedido oficialmente sobre su uso pero que experimenta un proceso de transformación con capacitaciones y la necesidad de inserción de la perspectiva de género en las currículas de las carreras.
“Yo lo pongo en la clave de la dinámica institucional y en la vida cotidiana, en la vida cotidiana en esta facultad lo que está instalado y se utiliza como parte ya de instauración de derechos es el lenguaje no sexista (que es el desdoblamiento en masculino y femenino), fue bastante cuestionado en su momento esto del ‘hola a todos y todas’, pero hoy es parte de nuestra vida cotidiana”.
En esa línea, precisó que el lenguaje inclusivo “es una decisión personal y hasta el momento no hemos tratado ningún proyecto que apruebe como otras universidades u otras facultades la utilización en aspectos administrativos o de normativas académicas del lenguaje inclusivo, pero tampoco hasta el momento se ha presentado ninguna situación en que hayan rechazado escritos en lenguaje inclusivo”.
Refirió que la universidad está atravesada por este debate: “Es el momento de abrir el debate y las interpelaciones necesarias y el resultado final será el producto de esas disputas de sentido que se va pudiendo instalar en la institución y como el Consejo Universitario Nacional nos pide abordar temas vinculados con las cuestiones de género, igualdad en la formación docente y no docente para toda la universidad y en los planes de estudio, eso nos da un marco, es decir, nos están requiriendo y se debe hacer, ya no queda librada a la voluntad de una carrera o de un docente. Es imperativo, con resistencia o no, no podemos omitir los debates e instalar estos temas dentro de las universidades”.

La no viabilidad
Alicia María Zorrilla, presidenta de la Academia Argentina de Letras, se refirió al tema en una conversación telefónica con este medio.
Reseñó que son pocas las mujeres que integran la entidad y que fue elegida presidenta el pasado 25 de abril con mandato hasta 2022.
Consideró sobre el tema que indefectiblemente deben recorrerse dos caminos: el lingüístico y el sociopolítico, “como estudiosa de la lengua española digo que una lengua o un cuerpo lingüístico no puede inventarse o reinventarse de la noche a la mañana, no podemos reemplazar las letras ‘a’ y ‘o’ que diferencian el género con ‘@’, ‘#’, ‘x’ o ‘e’ porque tenemos la voluntad de hacerlo o en contra del androcentrismo o de reflejar con ello una realidad sociopolítica, esa sustitución desde mi punto de vista, y lo dice la lengua, es ajena a la morfología del español e innecesaria”.
En este punto se detiene, es innecesario “pues el masculino genérico o el masculino gramatical ya es inclusivo, no hay nada más inclusivo que el español. Fíjese si decimos: ‘Los hombres no son inmortales’, esa palabra ‘hombres’ se refiere a todos los humanos, mujeres y varones, porque si sólo se refiriera a los varones, cabría la posibilidad de que las mujeres sí lo fuéramos y viviéramos eternamente; eso es un absurdo”.
Con ese argumento responde a quienes utilizan el lenguaje inclusivo como fórmula para visibilizar la diversidad de géneros.
“Yo le tengo que responder como lingüista, la morfología me da fundamento para esto, el masculino genérico es suficiente, yo no puedo dar otra respuesta. Creo que el llamado lenguaje inclusivo es la respuesta de una posición sociopolítica que -fuera del sistema gramatical- desea visibilizar a los distintos sexos pero yo dejo a un lado eso, todo es respetable, pero creo que no es posible”.
Porque -se extiende- “si uno empieza a analizar, por ejemplo, ‘chicos’ lo dicen ‘chiques’, pero entonces estoy alterando la grafía de la palabra. Chicos es con ‘c’, pero si escribo chiques se incluye el dígrafo ‘qu’ y queda chiques, entonces ya estoy alterando no sólo la morfología sino también la grafía de nuestro español”.
Y refuta por último el postulado de que con el uso en el tiempo, el LI se volverá formal.
“No, tampoco. Primero que un cambio en lingüística puede durar más de un siglo, pero un cambio dentro del sistema gramatical... esto está fuera del sistema gramatical, entonces ni que pasen los siglos, porque no lo podemos fundamentar desde el punto de vista lingüístico, desde el punto de vista sociopolítico se fundamenta como todos sabemos, son dos caminos”.

“Desideologizar, una clave”
La profesora Karina Galperin, por su parte, especificó que “estamos en una situación en donde hay una defensa del inclusivo de una manera abigarrada como un instrumento de intervención ideológica feminista y al mismo tiempo genera una reacción muy intensa en el otro extremo, y en el medio queda un montón de gente a quien le atrae el lenguaje inclusivo, sobre todo por las soluciones prácticas que trae y esas voces no son escuchadas. A mí me parece que sería bastante más saludable ubicar el debate ahí y no en el contexto combativo”.
En este sentido, la docente precisó que el lenguaje inclusivo tiene la ventaja de dar más precisión y claridad, pero que ese principio de practicidad queda anulado en las pugnas a favor y en contra.
El lenguaje inclusivo resulta de un un proceso que se viene gestando en el tiempo y que acompaña ciertos cambios que se viene produciendo en la sociedad, “estos cambios tienen efectos en nuestra relación con el lenguaje y mucha gente se siente incómoda, ya sea por razones ideológicas o prácticas con un punto muy específico de la estructura gramatical que es el género y dentro del género con un tipo muy especial que es un masculino genérico”.
Sopesó que un inconveniente que tiene el lenguaje inclusivo es que produce una disrupción pronunciada respecto de nuestros hábitos y lo produce dentro de un pilar de la estructura gramatical, que es el género.
Para la estudiosa, el futuro del lenguaje inclusivo es insondable aunque recomendó a quienes están a favor que “el único modo de ‘militar el lenguaje inclusivo’ es utilizar la lengua, no hay otra cosa, lo único que va a garantizar la expansión y establecimiento de este cambio como regla en la lengua es que muchos hablantes lo incorporen”.
Marcó que la militancia en términos de lucha de reivindicaciones feministas y de otros colectivos “puede ser contraproducente la militancia de su uso en términos radicalizados, porque me parece que cuando se inserta esta cuestión del lenguaje dentro de algo mayor, un montón de gente lo ve no sólo como un cambio del lenguaje sino como una reivindicación del aborto y de un montón de otros temas que son polémicos y que deberían verse separados. Yo entiendo porque son temas que van juntos, pero considero que se aleja a mucha gente que podría enriquecerse con un neutro como la ‘e’ que en ocasiones de más precisión y claridad al mensaje”.
Sostuvo además que estos cambios y discusiones se están dando no sólo en el español sino en todos los idiomas y países en donde las sociedades están planteando una disconformidad con el lenguaje.


¿Es machista el lenguaje que utilizamos?

Uno de los fundamentos políticos para el uso del lenguaje inclusivo es que deja al descubierto y denuncia un lenguaje que excluye y que toma al masculino por sobre todo otro género, incluso al punto de borrar toda otra identidad.
Sin embargo, para la profesora Karina Galperin, la lengua no puede ser machista.
“Sí uno puede ver los rastros de las relaciones de poder que existen entre los géneros y los modos de dirigirse unos a otros a través del lenguaje”, pero señaló: “Un principio de la economía del lenguaje es la generalidad, en toda la historia de occidente lo público era mayoritariamente masculino, entonces no había problemas con la generalización, hoy eso cambió y el lenguaje inclusivo es una solución para mucha gente”, refirió.
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