2026-11-08

Los desterrados del Doctor Francia

Un rey, un emperador, un dictador, directores supremos y gobernadores dibujaron los límites del territorio de Misiones

Caravanas de familias marchaban hacia el sur, cargando con todo lo que pudieron llevarse a cuestas. Cruzaban lentamente por la Tranquera de Loreto, en las inmediaciones de la actual Ituzaingó. Hombres, mujeres y niños llevaban sus pertenencias, algunos animales y las imágenes de sus santos patronos. Eran los desterrados del Doctor Francia, y protagonizaban uno de los últimos episodios de una diáspora iniciada dos décadas atrás, que terminaría por desangrar y despoblar la antigua provincia guaranítica de Misiones.

En 1801 los portugueses se habían apoderado de los siete pueblos orientales del Uruguay. Una década más tarde, tras resistir la expedición militar de Belgrano, que pretendía incorporar Paraguay a la causa revolucionaria encabezada por Buenos Aires, los paraguayos reclamaron para sí y ocuparon los pueblos de Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio y Corpus, y hasta la Rinconada de San José, actual Posadas. En 1815, Andresito logró expulsar a los paraguayos de aquellos pueblos y los incorporó al proyecto de gobierno encabezado por José Artigas. Al año siguiente, emprendió una nueva campaña, esta vez contra los portugueses, con el propósito de recuperar los siete pueblos orientales, pero la ofensiva terminó en fracaso.

La represalia portuguesa llegó en enero de 1817 y fue despiadada. Las tropas del brigadier Francisco das Chagas Santos cruzaron el Uruguay y descargaron toda su furia sobre los pueblos misioneros. Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y otros antiguos asentamientos guaraníes fueron saqueados e incendiados, reduciendo a escombros buena parte de lo que generaciones enteras habían construido. Entre las llamas y la destrucción, miles de pobladores se vieron obligados a abandonar sus hogares y emprender un éxodo desesperado, dejando atrás nada más que ruinas.

Los pueblos misioneros que consiguieron escapar de los portugueses se refugiaron en el Iberá y dieron origen a las localidades correntinas de Loreto y San Miguel

Los portugueses, no obstante, dejaron intacto el departamento de Candelaria, que reconocían como territorio bajo jurisdicción paraguaya. Aquella connivencia entre ambos gobiernos permitió que, mientras unos arrasaban las poblaciones del Uruguay, José Gaspar Rodríguez de Francia hiciera lo propio con las del Paraná. Ese mismo año ordenó incendiar Candelaria, Santa Ana, Loreto, San Ignacio y Corpus, trasladando por la fuerza a numerosos habitantes hacia Paraguay. Quienes consiguieron escapar emprendieron el éxodo hacia el sur, atravesando la Tranquera de Loreto, límite sur del control paraguayo, para refugiarse junto a los esteros del Iberá, donde dieron origen a los actuales pueblos correntinos de Loreto y San Miguel.

La persecución no terminó allí. En 1821, Francia volvió a descargar su rigor sobre los pocos habitantes que permanecían en aquellos pueblos, profundizando una política de expulsiones que buscaba impedir cualquier intento de repoblamiento. Ni siquiera se salvó de aquella embestida Aimé Bonpland, el célebre naturalista francés que se había instalado en Santa Ana para cultivar yerba mate. Sus plantaciones fueron destruidas y él mismo terminó cautivo en Paraguay durante casi ocho años.

Durante las décadas siguientes, buena parte de Misiones permaneció prácticamente despoblada, bajo la vigilancia de destacamentos paraguayos, mientras Corrientes avanzaba progresivamente en su incorporación territorial y Brasil mantenía sus pretensiones sobre las tierras del este. Tras la Guerra de la Triple Alianza, Corrientes avanzó sobre su organización administrativa, hasta que en 1881 el Estado nacional dispuso su federalización. Sobre aquellas tierras, despobladas y disputadas durante décadas comenzó entonces una nueva etapa de ocupación y colonización.

Un rey, un emperador, un dictador supremo perpetuo, directores supremos y gobernadores dibujaron y desdibujaron los límites del territorio que hoy ocupa nuestra provincia. ¿Con qué derecho? ¿Con qué autoridad? Acaso porque podían, o porque creían que podían.

Jon Elledge, en A History of the World in 47 Borders, desarrolla la idea de que las fronteras y las naciones no son realidades naturales, necesarias ni inmutables, sino construcciones históricas surgidas de decisiones políticas, guerras, negociaciones, accidentes y relaciones de poder. No importan dioses ni ancestros. Las fronteras débilmente consolidadas quedan expuestas a los vaivenes del poder, y basta con que un vecino adquiera prosperidad, o que otro caiga en desgracia, para que alguno pretenda moverlas.

Así lo habrán sentido los antiguos pobladores de nuestra tierra. En su larga marcha, aferrados a las imágenes de sus santos, les rezaron para encontrar otro rincón del mundo, lejos de los reyes y dictadores, donde puedan vivir el sueño de libertad que les han arrancado.

Por Juan Carlos Waldemar Avelli
Licenciado en Historia

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