2026-09-27

El guaraní y la city XIV: pecados originarios

Por Estefanía Baranger
Doctora en Lingüística, licenciada en Letras. Docente (UBA)

Adán conoció a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín. El verbo hebreo en el original es yada, un ‘conocer’ que aquí no implica una mera acumulación intelectual de saberes, sino establecer un vínculo profundo con algo o alguien, experimentarlo en carne propia, en primera persona. Adán y Caín, en sendos versículos, ‘conocen’ a sus mujeres y, acto seguido, ellas conciben y dan a luz: el relato de la primera descendencia humana se construye a partir de un eufemismo para el acto sexual. No puedo evitar preguntarme si algo nos quedó de esto: acaso cuando salimos en un par de citas y decimos que ‘nos estamos conociendo’ con alguien, ¿no queremos decir algo más?

En su libro Decir el cuerpo, la multifacética investigadora paraguaya Graciela Chamorro revisa fuentes del período jesuítico para indagar en el erotismo, la intimidad y la vida sexual de las misiones. No es tarea fácil: Ruiz de Montoya, como buen religioso, se pregunta tímidamente por estos temas en el siglo XVII, claro, pero los datos están dispersos en sus escritos, casi escondidos. No hay ‘vaginas’ ni ‘penes’ como tales en El tesoro de la lengua guaraní: encontramos, en su lugar, verenda muliebra, ‘vergüenzas de la mujer’; partes circa verenda, ‘junto a las vergüenzas’; y membrum genitale. Es que, ante la incomodidad de referirse a ciertos temas, muchas veces nuestro jesuita recurre a locuciones latinas —no lo culpo: deflorare virginem y seminare extra vas suenan decididamente más elegantes que ‘desvirgar violentamente’ y ‘acabar afuera’. Al punto de que, a los mal acostumbrados lectores del jesuita, nos resulta un poco chocante leer que Chamorro traduzca ava xe pysy como ‘el indio me cogió’, cuando estamos tan habituados a la matizada versión del Padre Antonio: ‘el varón pecó conmigo’.

Chamorro, entonces, tiene que hurgar bastante para encontrar ciertos términos que no constituyen entradas independientes en el Tesoro. Palabras de significado muy amplio engloban, a veces, términos para órganos y actividades sexuales. Hevi es ‘nalgas’, pero también ‘asiento’ y ‘el fondo de una vasija’. Hembo es el órgano sexual masculino, aunque también los vástagos de algunos vegetales —pensemos en takuarembo, sin ir más lejos—. Las tetas de las mujeres y las ubres de las vacas son ambas kã; pero las tetillas masculinas, kytã, como las verrugas y los nudos. El verbo hetÅ© denota principalmente el acto de ‘oler’, aunque también ‘lo usan muy impropiamente por besar’. Y para las antes referidas verenda muliebra encontramos kua, pero la misma palabra ocurre también en expresiones para madrigueras, heridas, pozos de agua y chimeneas; en fin, agujeros varios.

No quiero pecar de fanática, sin embargo, me arriesgo a proponer que estos últimos datos no se explican solamente por la modestia religiosa de nuestro Padre. Según la base de datos World Sexual Terminology Resource, vaginas y agujeros, de hecho, colexifican —es decir, una única palabra puede nombrar ambos conceptos— en varias lenguas del mundo: el persa, el warlpiri y el zapoteco son otros ejemplos. ¿Las hay más poéticas? Claro: en vietnamita, la vulva es una ‘casa húmeda’; en maorí, ‘rayos de luz’. Y entre los eufemismos para órganos sexuales masculinos encontramos variedad de pájaros —gallos, pollos, papagayos—, pero también comestibles —no voy a aventurarme a ninguna hipótesis que justifique esta última tendencia: usen su imaginación—. ¿Los pimientos gochu coreanos? ¿Las fave (‘habas’) y los piselli (‘guisantes’) italianos? Todos (también) pitos.

Y ni los términos que hoy suenan más neutrales y decorosos se salvan. El filólogo James Noel Adams, en The Latin Sexual Vocabulary, encuentra el origen de nuestra vagina en las vainas de espadas y el de nuestro pene en los rabos de animales. Pero lo que llama la atención del libro es, en realidad, la enorme variedad de recursos léxicos de los romanos para estos fines, por supuesto plagados de metáforas y eufemismos. Todo indicaría que ya en tiempos de Cicerón penis est in obscenis, aunque el término más vulgar fuera, según el autor, mentula y el correspondiente femenino, cunnus —ese que, no por nada, aún conservamos en cunnilingus—.

Parece que no solo a los jesuitas les cuesta nombrar las cosas (sexuales) por su nombre. En el jardín de infantes de la madre de mi amiga Emilia, las nenas —¡muy vietnamitamente!— le dicen la casita, y mi tía Monona se estuvo riendo meses cuando escuchó el eufemismo la escarola para el mismo fin. Fíjense que en esta última oración nunca especificó de qué estoy hablando y, sin embargo, ningún hablante del español tendría problemas para interpretarla.

Y así como Montoya recurre al latín aun cuando el español de la época ya tenía ‘penes’ y ‘vaginas’, nosotros a veces nos vamos a las lenguas originarias. El quechua, muy amablemente, nos cedió purunku, ‘vasija o calabaza alargada’, que adaptamos fonológicamente en porongo y, por la más que evidente semejanza formal, resemantizamos con fines sexuales. Y del guaraní, los misioneros tomamos prestada kachi, sin tanto viaje, ya que significa lo mismo en el país vecino. Ahora, el portugués sí hizo un uso más productivo de este intercambio: perereca para ‘vulva’, siririca para ‘masturbación femenina’, piroca para ‘pene’. La última me gusta especialmente porque se relaciona con el verbo guaraní pirog, ‘deshollar, pelar’, dándole proyección internacional a la célebre frase de los cumbieros Amar y Yo ‘sentate en el pelado’ o, como a Montoya le hubiese gustado: conside super calvum —esta última oración es, claro, una vulgar recreación con fines humorísticos basada en mi escaso conocimiento del latín; ni Montoya ni Cicerón, hasta donde sabemos, la supieron poner por escrito.

Chamorro y Adams, entonces, recorren caminos parecidos y llegan a conclusiones análogas: tanto entre los antiguos romanos como entre los guaraníes de las misiones el problema nunca fue encontrar palabras para decir el cuerpo. Vocabulario es lo que nos sobra. Montoya escribe verenda muliebra y membrum genitale; nosotros, cuatro siglos después, tenemos la casita, la kachi, la poronga y el pelado. Ninguna responde a ‘¿cómo se llama el órgano?’, sino a cómo elegimos hablar de algo cuando decir su nombre, justamente, es lo que no queremos hacer.

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