2026-09-06

Ateos del sistema que dicen adorar

Dígame si le suena de algún lado un ejemplo como el siguiente: “El panadero egoístamente quiere hacer el mejor pan para poder vender más, lo mismo con el carnicero y el tambero, y de esa manera nosotros, como consumidores, tenemos el mejor sandwich. Entonces, el comportamiento egoísta beneficia a los consumidores. Eso es el capitalismo”. Palabras más, palabras menos, lo dice el presidente del país que usted y yo habitamos, pero hay un problema: esa es la definición del capitalismo de Adam Smith, no la que predica y practica este dirigente, no la que ejercen los grandes dueños del mundo.

La aclaración la hace Simon Sinek, un escritor inglés que en el podcast de Trevor Noah expuso que el capitalismo actual está lejos de aquel pensador escocés del siglo XVIII, a quien se sigue reverenciando, pero sólo de boquilla. Y explica qué pasó. Lo dejo un párrafo con él y retomo.

“A finales de los 70, Milton Friedman escribió una columna en el New York Times en la que propone una nueva definición de los negocios. Dijo que la responsabilidad de los negocios es maximizar la ganancia dentro de los límites de las reglas. Olvidate de la ética. La ética es un estándar más alto que las reglas. Lo vemos todo el tiempo, empresas que hacen cosas horriblemente antiéticas, como por ejemplo, venden un remedio esencial y le suben un 15% el precio, pero todos dicen ‘no rompimos ninguna regla’, lo cual es cierto. Horrible, pero legal”.

De vuelta yo, amigo lector. Le propongo ahora el siguiente ejercicio: piense en a quién se destinan más recursos en su familia (o en una familia cualquiera). Lo ayudo: en un bebé, en un nene chiquito, en cualquier miembro que presente una enfermedad o condición crónica, en un abuelo u otro adulto mayor que no pueda valerse por sí mismo o tenga necesidades especiales. Por recursos no me refiero sólo al dinero, sino al tiempo, al esfuerzo, al espacio físico. Ahora bien, ¿qué sucede cuando llega un bebé a una familia? Todas las miradas están puestas en él y entonces los hermanitos más grandes pueden ponerse celosos.

Traslademos esto a la sociedad. Las personas con discapacidad, los niños en edad escolar, los que tienen demandas especiales por razones de salud, los desamparados, los que no cubren sus necesidades básicas, los que requieren de facilidades para acceder a la vivienda o formación para conseguir un empleo. Ellos son quienes se llevan la atención y los recursos, no ya de la familia, sino del Estado, que en definitiva somos todos nosotros, usted y yo también. Y cuántos hermanitos mayores hay que se la pasan haciendo berrinches.

A fin de cuentas, para eso también está el Estado. Porque si su única función es mantener a la policía para proteger a los que más tienen (el sueño húmedo de unos cuantos), cerremos todo y que cada uno se arregle como pueda (otro sueño húmedo de esos mismos).

Volviendo al ejemplo inicial: interpreto que para esa teoría no es necesariamente malo que el carnicero gane más que el panadero o que a algunos tamberos les vaya mejor que a otros, mientras cumplan las reglas y se proteja a los más vulnerables para que la sociedad no se vea perjudicada. El problema está en que, cada vez con más frecuencia, las reglas se hacen deliberadamente para garantizar las ganancias y el statu quo de aquellos a los que les va muy bien, para que los que nunca sufren las crisis queden exentos de ellas a perpetuidad, en desmedro de cualquiera que esté en inferioridad de condiciones.

En definitiva, si el capitalismo es de orden divino, como dice el presunto iluminado (ni lo uno ni lo otro), que el que nos toca se parezca más al que proponía Smith que al espanto friedmaniano que se regodea en el empobrecimiento de los más para beneficio de cada vez menos.

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