La danza como un acto de amor
Teresita Sesmero, la maestra que nunca dejó de bailar ni de enseñar con pasión
A los 75 años, Teresita Sesmero continúa dando clases con la misma ilusión que cuando comenzó siendo apenas una joven. Su nombre ya forma parte de la historia cultural de Misiones.
Formó generaciones de bailarinas, impulsó festivales solidarios que ayudaron a innumerables instituciones y nunca dejó de capacitarse porque, según sostiene, un maestro también debe seguir aprendiendo.
Pero detrás de la profesora reconocida, de la coreógrafa y de la creadora de la gimnasia danza armonizadora, hay una mujer que todavía se emociona antes de empezar una clase.
Que guarda como un tesoro las cartas que le escribieron sus alumnas. Que recuerda con orgullo aquellos festivales en los que más de cinco mil personas colmaban el Anfiteatro Manuel Antonio Ramírez para ayudar a quienes más lo necesitaban.
Y que, después de tantos años, sigue convencida de que el amor es la mejor herramienta para enseñar.
“Me daba cuenta de que la docencia de la danza era lo que siempre me gustó”, dijo casi al pasar. Tal vez esa frase explique mejor que cualquier reconocimiento el recorrido de una vida entera.
Más allá de los escenarios, los viajes y los aplausos, Teresita eligió dejar su huella en cada alumno que pasó por su escuela.
En esta nueva edición de Charlas con El Territorio, la docente repasó los recuerdos de una trayectoria construida con disciplina, sensibilidad y solidaridad, y demuestra que hay pasiones que el tiempo no desgasta, simplemente encuentran nuevas maneras de seguir bailando.
¿Cuándo descubrió que la danza iba a ser el camino de su vida?
Creo que siempre estuvo dentro mío. Desde muy chica sentía una atracción muy fuerte por el baile. Empecé a estudiar a los 7 años y enseguida descubrí que era feliz haciendo eso.
Cuando estaba terminando mis estudios ya ayudaba a mi profesora con las alumnas más pequeñas y ahí me di cuenta de algo que nunca cambió. Me encantaba bailar, pero enseñar era lo que realmente me apasionaba. La docencia de la danza era el lugar donde quería estar. Sentía una alegría enorme cuando veía que alguien aprendía algo nuevo gracias a una explicación o a un consejo mío.
¿Cómo recuerda aquellos primeros años?
Fueron años de muchísimo entusiasmo. Empecé dando clases en un pequeño altillo que mis padres prepararon para mí. Tenía apenas 16 alumnas y una enorme ilusión. Nunca imaginé que aquella escuelita iba a crecer tanto. Con el tiempo llegamos a tener cerca de 300 alumnas y una actividad permanente durante todo el año.
Nada de eso hubiera sido posible sin mi familia. Mi mamá confeccionaba los vestuarios de los festivales y mi papá siempre buscaba la manera de que pudiera seguir capacitándome.
En esa época era muy difícil viajar, pero hacían un esfuerzo enorme para llevarme a Buenos Aires, donde podía perfeccionarme con grandes maestros.
Más adelante también llevé a mis alumnas para que conocieran el Teatro Colón y tomaran clases con profesores reconocidos.
¿Qué significa enseñar danza?
Significa enseñar a vivir. Con el tiempo entendí que la técnica es importante, pero no alcanza. Aprendí a darles muchísimo amor y a través del amor, enseñar lo que es la danza.
Para mí la danza es amor. Es disciplina, respeto, sensibilidad, compromiso y también una manera de expresar lo que muchas veces no podemos decir con palabras.
Todavía hoy me emociona abrir el salón y empezar una clase. Soy muy creativa y siento que en cada encuentro tengo algo diferente para brindarles. Esa sensación nunca desapareció.
Creo que mientras uno tenga ganas de aprender también tiene cosas nuevas para enseñar.
¿Cómo nació ese compromiso con la solidaridad?
Prácticamente desde el principio. El primer festival que organizamos ya fue solidario y después nunca dejamos de hacerlo. Todo lo que hacíamos era para ayudar a alguna institución.
Vivimos momentos inolvidables. En una de las galas realizadas en el Anfiteatro Manuel Antonio Ramírez llegaron alrededor de cinco mil personas.
Hoy pienso en semejante organización y me pregunto cómo hacíamos para coordinar a tantas chicas, los cambios de vestuario, los ensayos y todo lo demás.
Pero siempre aparecía alguien dispuesto a colaborar. Los padres fueron fundamentales. Sin ellos nada hubiera sido posible.
Lo más lindo era saber que, gracias a la danza, podíamos ayudar a hogares de niños, hogares de ancianos, hospitales y tantas instituciones que necesitaban una mano.
Mientras habla de aquellos festivales multitudinarios, vuelve una y otra vez sobre una palabra, agradecimiento. Nunca se atribuye el mérito en soledad. Siempre aparece un “nosotros”. Las alumnas, las familias, los colaboradores y la comunidad forman parte de una historia que entiende como una construcción colectiva.
¿Cómo convivieron la maternidad y la danza?
Con muchísimo amor y mucha organización. Nunca sentí que tenía que elegir entre una cosa y la otra. Bailé hasta el último día de mis embarazos. Cuando empezaban los dolores dejaba de bailar y nacían mis hijos. Siempre me acuerdo de eso porque era parte de mi vida cotidiana.
Tuve una familia maravillosa que me acompañó en todo momento. Hoy mis tres hijos viven en Estados Unidos, pero seguimos muy unidos. Ellos entendieron desde chicos que la danza era una parte muy importante de mi vida y siempre respetaron esa vocación.
¿Qué siente cuando vuelve a encontrarse con antiguas alumnas?
Es una emoción inmensa. Muchas ya son mamás y otras hasta tienen nietos. Hace un tiempo organizamos un festival con exalumnas y fue maravilloso volver a compartir el escenario con ellas. Ahí uno entiende que el paso por la escuela deja un vínculo que nunca desaparece.
Siempre digo, medio en broma, que debo ser la mujer que más cartitas de amor recibió.
Tengo cartas guardadas desde hace muchísimos años y hoy también recibo mensajes muy lindos en los grupos de WhatsApp. Es imposible no emocionarse cuando alguien te dice que una etapa importante de su vida estuvo marcada por la escuela.
Hablar de sus alumnas parece llevarla inmediatamente a los recuerdos. No menciona premios ni reconocimientos. Lo primero que aparece son los nombres, las historias compartidas y el afecto construido con el paso del tiempo.
¿Qué la impulsa a seguir estudiando?
La curiosidad. Siempre quiero conocer algo nuevo. Estudié coaching, neurociencia, reiki y distintas disciplinas relacionadas con el bienestar.
Todo eso me permitió crear la gimnasia danza armonizadora, que ayuda a muchas personas a mejorar su calidad de vida.
Hoy tengo alumnos de distintas edades y ver cómo recuperan movilidad, equilibrio o simplemente vuelven a sonreír es una felicidad enorme.
Además, ahora puedo dedicar tiempo a otras actividades que siempre me gustaron. Participo de un coro, hago meditación y disfruto de pequeñas cosas que durante muchos años no podía hacer porque toda mi vida estaba dedicada a la escuela.
¿Qué cambió en los chicos con el paso de los años?
Cada generación es diferente, pero los niños siguen necesitando lo mismo; amor, contención y límites claros. Hoy tienen muchos más estímulos, pero también necesitan que alguien los escuche y los acompañe. Los docentes aprendemos muchísimo de ellos. Yo sigo aprendiendo todos los días.
A fines de la década del 90, uno de los sueños tomó forma de una manera impensada. En 1999, un grupo de alumnas viajó junto a Teresita a Estados Unidos para realizar un intercambio en el Miami City Ballet, donde tomaron clases y se capacitaron con reconocidos maestros internacionales. Para muchas de aquellas chicas, fue la primera vez que subían a un avión. Después de días de aprendizaje, disciplina y perfeccionamiento, también pudieron conocer Disney, una experiencia que terminó de convertir ese viaje en un recuerdo imborrable para toda la vida.
“Verlas descubrir otro mundo era tan emocionante como verlas bailar. Muchas familias hicieron un esfuerzo enorme para que ese viaje fuera posible y yo sentía una gran responsabilidad de devolverles todo ese compromiso con trabajo y dedicación”, recordó.
Nada de ese recorrido fue sencillo. Durante más de cinco décadas, la escuela creció gracias al esfuerzo compartido entre docentes, alumnas y familias. Aunque en distintos momentos recibió ofrecimientos de apoyo desde distintos sectores políticos y organismos gubernamentales, Teresita siempre eligió mantener la independencia de su proyecto. Prefirió sostener cada festival, cada viaje y cada desafío con el acompañamiento de los padres y el trabajo de toda la comunidad educativa.
“Todo lo que conseguimos fue a pulmón. Tal vez costó más, pero siempre tuvimos la tranquilidad de saber que cada logro era fruto del esfuerzo compartido y del compromiso de muchísimas familias”, mencionó.
¿Qué legado te gustaría dejar?
Ojalá que me recuerden como alguien que hizo las cosas con amor. Si alguna alumna piensa que la ayudé a ser una mejor persona, entonces siento que todo valió la pena. La danza me dio muchísimo más de lo que alguna vez imaginé.
Me permitió formar una familia hermosa, conocer personas maravillosas y ayudar a través de lo que más amo. Mientras tenga fuerzas y sienta que todavía puedo brindar algo nuevo, voy a seguir entrando al salón con la misma emoción de siempre. Porque enseñar nunca fue un trabajo. Fue y sigue siendo mi manera de vivir.
Perfil
Teresita Sesmero
Profesora de Danzas
Profesora Superior de Danzas Clásicas, Españolas y Jazz. Nació en Posadas el 17 de junio de 1951 y lleva más de 50 años dedicada a la docencia. Fundó la Escuela Superior de Danzas Teresita Sesmero, desde donde formó generaciones de bailarinas y promovió decenas de festivales solidarios destinados a instituciones de bien público. Realizó numerosos cursos de perfeccionamiento en Argentina y el exterior, impulsó viajes de capacitación para sus alumnas y creó la gimnasia danza armonizadora, un método que integra movimiento, bienestar físico y salud emocional. A los 75 años continúa dando clases y sosteniendo la misma convicción que la acompañó desde sus comienzos: que la danza puede transformar vidas.