2026-06-24

Mano a mano con el padre Gervacio Silva

“Hoy ya no hablamos de oprimidos, hablamos de excluidos y descartados”

El sacerdote y actual rector del Seminario Santo Cura de Ars de Posadas reflexionó sobre el crecimiento de la pobreza, el avance del individualismo, el rol social de la Iglesia y los desafíos de la fe en tiempos de incertidumbre. “Cuando una sociedad deja de mirar al otro, empieza a fracturarse”, expresó

Gervacio Silva es sacerdote y actual rector del Seminario Diocesano Santo Cura de Ars en Posadas. Nacido en Apóstoles hace 44 años, se formó en el Seminario de la Capital misionera y desde hace 16 años ejerce el sacerdocio. Hoy, como rector de la institución que lo vio convertirse en sacerdote, el padre Gervacio -o Gerva, como muchos lo conocen- combina la tarea formativa con una mirada profunda sobre la realidad social de Misiones y del país.

“Francisco dejó una huella enorme. Nos recordó que Dios es padre de todos”. 

 

Su servicio en la vida pastoral lleva más de dos décadas y en esos años acompañó comunidades atravesadas por la pobreza, el desempleo y distintas formas de exclusión. En Charlas con El Territorio, sostuvo que la situación social se ha vuelto más dura para muchas familias en los últimos años, cuestionó los discursos individualistas que colocan el éxito personal por encima del bien común y reivindicó el enorme trabajo solidario que realizan miles de laicos en parroquias y barrios. También habló de su vocación, del legado del papa Francisco sobre la paz y el amor, y el mensaje de continuidad que busca seguir el actual pontífice León XIV. Además, reflexionó sobre el papel de la Iglesia en un  mundo cada vez más conectado con lo digital y de los desafíos que enfrentan los jóvenes que sienten el llamado al sacerdocio.

¿Quién es Gervacio Silva?

Soy un sacerdote nacido en Apóstoles hace 44 años. Mis padres fueron enfermeros. Mi papá ya falleció y mi mamá está jubilada. Me crié en Apóstoles y a principios de los años 2000 sentí muy fuerte la vocación sacerdotal. Me formé en este seminario, el Santo Cura de Ars,  junto con los padres Alonso y Julio fuimos los primeros egresados de esta casa de formación. Hace 16 años que soy sacerdote y actualmente me desempeño como rector y formador.

¿Cuándo apareció ese llamado al sacerdocio?

Después de terminar la secundaria. Siempre tuve una vida de fe muy activa. Mi mamá nos llevaba a misa, acompañó nuestra catequesis y fomentaba mucho la participación en la Iglesia. Somos cinco hermanos, uno ya fallecido, y todos hicimos ese camino de la fe. También participamos de la pastoral juvenil durante muchos años. Cuando terminé la escuela me fui a estudiar Bromatología en la Universidad Nacional de Entre Ríos, en Gualeguaychú. Allí es donde empecé a sentir el deseo de ser sacerdote. Era una sensación muy fuerte que chocaba con mi proyecto de vida. Incluso tenía novia en ese momento.

Recuerdo que cada vez que iba a la facultad pasaba por la catedral, entraba a rezar un rato y esa inquietud fue creciendo cada vez más. Hasta que a mitad del año del 2001 decidí volver a Misiones porque quería ingresar al seminario. Desde aquel momento pasaron 25 años.

¿Cómo fue madurando su fe a lo largo del tiempo?

La fe madura a través de una relación personal con Jesús. No es simplemente aceptar intelectualmente una serie de verdades. Es el resultado de un encuentro. Uno crece en la fe como crece cualquier relación de amistad o de amor pero en este caso con Jesús. Es una fe que se profundiza, se afianza y se fortalece con el paso del tiempo.

A lo largo de estos años estuvo en varias parroquias y acompañó distintas realidades sociales. ¿Qué aprendió de ese contacto con las personas más vulnerables, teniendo en cuenta el contexto social y económico complejo que atraviesan muchas familias actualmente?

Uno va madurando como persona y va creciendo, pretende mejorar y estamos llamados a eso. Es muy significativa la situación que está viviendo cada persona. Personalmente, me moviliza mucho lo social. Siempre digo que el pobre nos evangeliza. Nos enseña con su vida, muchas veces sin decir una sola palabra. Me tocó trabajar en parroquias como Santa Ana, Santa Rita y Jesús Misericordioso, donde había una actividad social muy fuerte,  donde convivíamos diariamente con situaciones de extrema pobreza y nos preocupaba esa situación.

Tengo una anécdota que me marcó profundamente. Una noche salía de la parroquia Jesús Misericordioso cuando una pareja joven con un niño pequeño me pidieron ayuda, algo para dar. Era de noche y hacía mucho frío. Los invité a acompañarme hasta mi casa para prepararles una bolsa de alimentos. Mientras buscaba mercadería encontré una docena de pastelitos que había comprado dos días antes y los tenía porque yo soy diabético y no los puedo comer. Me daba vergüenza ofrecerlos porque ya no estaban recién hechos. Entonces les dije: “Tengo estos pastelitos, pero me da un poco de vergüenza ofrecérselos porque tienen dos días”. Y el muchacho me respondió: “Padre, nosotros comemos de la basura”. Esa frase me dejó pensando durante mucho tiempo. Porque a veces uno no valora lo que tiene. Se preocupa por cuestiones superficiales. Mientras tanto hay personas que están luchando por sobrevivir y no la están pasando bien. Aprendo muchísimo de la gente humilde. Aprendí y aprendo a mirar lo esencial.

¿Cómo observa la realidad social hoy en día?

Con preocupación. Quizás algunos indicadores muestran mejoras estadísticas, pero cuando uno recorre los barrios encuentra situaciones muy difíciles. Hay personas que lograron mejorar su situación, y eso es una buena noticia. Pero también hay muchas familias para las que la pobreza se volvió más cruda. Hay una pobreza extrema y más visible. Eso es alarmante. Porque detrás de cada número hay historias concretas.

¿Cómo responde la Iglesia frente a este contexto de vulnerabilidad?

La Iglesia intenta responder como una madre. Pero cuando hablo de Iglesia no me refiero solamente a los sacerdotes o a los obispos. Hablo de toda la comunidad.  Los que verdaderamente ponen el cuerpo en los barrios son los laicos. Siempre admiré el trabajo que realizaban en Jesús Misericordioso. Había siete merenderos que asistían semanalmente a más de 600 niños. Funcionaban gracias al compromiso de muchísimas personas. No había grandes aportantes ni ayuda oficial, si por ahí aparecía una contribución se recibía alegremente, pero no movía a grandes escalas la aguja. Había vecinos que acercaban una caja de leche, un kilo de azúcar, un paquete de yerba o unas horas de trabajo voluntario. Recuerdo que me decían: “No tengo una persona que me done mil kilos de leche, pero tengo mil personas que me donan un kilo”. Eso es lo que sostiene la obra de la caridad. Funcionaba gracias a un grupo de hombres y mujeres que se organizaban y tenían voluntad, lo hacían por vocación.

¿La solidaridad sigue vigente en la sociedad?

Sí, totalmente. Los vecinos de Posadas y los misioneros son tremendamente solidarios. Siempre dispuestos a dar una mano. Cada vez que hubo un incendio, una inundación o una tragedia, la respuesta fue inmediata. Muchas veces tuvimos que pedir que dejaran de acercar donaciones porque ya no teníamos dónde guardarlas. Eso demuestra que la gente tiene buen corazón. Yo sigo creyendo profundamente en la bondad de las personas.

Sin embargo, también se habla de una sociedad cada vez más individualista. Vemos a referentes y funcionarios con discursos de odio y demostración de mucho individualismo. ¿Qué opina al respecto?

Es algo que me preocupa. Hay propuestas que ponen el crecimiento económico o el éxito individual por encima del bien común. Eso es peligroso. La propiedad privada es importante. El crecimiento personal también. Pero nada puede estar por encima de la dignidad humana. Cuando una sociedad deja de mirar al otro, empieza a fracturarse.

En sus homilías siempre deja un mensaje para tomar conciencia y tener en cuenta a sectores vulnerables y afectados como jubilados, personas con discapacidad, desempleados. ¿Qué reflexión merece esta realidad?

Antes hablábamos de los oprimidos. Hoy muchas veces tenemos que hablar de los excluidos o de los descartados. Es todavía peor. Hay personas que sienten que no tienen espacio ni respuestas. Y pareciera que algunos sectores de la dirigencia consideran que cada uno debe arreglarse como pueda. Pero la realidad es que hay personas que no pueden. Hay gente que se está muriendo porque no encuentra respuestas. Eso es algo que no podemos naturalizar.

¿Qué es lo que más le preocupa?

Que nos acostumbremos. No podemos acostumbrarnos a que alguien quede excluido de la salud, de la educación, del trabajo, de la alimentación o del acceso al agua. Conozco barrios donde los vecinos hacen fila a las tres de la mañana para llenar baldes porque es el único momento en que tienen agua. Estamos hablando de algo básico para la vida. Cuando los intereses económicos terminan pesando más que la dignidad humana, algo está funcionando mal.

Actualmente está al frente del Seminario Diocesano. ¿Cómo llegan los jóvenes que sienten vocación?

Los jóvenes son distintos a los de mi generación, sin duda. Pero el que llama sigue siendo el mismo. Dios tiene una manera muy misteriosa de llegar al corazón de cada persona. Y la Iglesia tiene el desafío permanente de encontrar lenguajes para dialogar con cada generación. Actualmente en Posadas hay 21 jóvenes formándose para ser sacerdotes, eso no quiere decir que los 21 lo serán porque en el camino se descubren y pueden tomar otra decisión tras conocerse. Es como estar en un noviazgo con Dios.

¿Cuáles son los principales desafíos de esos jóvenes?

La interioridad. Vivimos muy volcados hacia afuera. Estamos permanentemente conectados, mirando pantallas, recibiendo estímulos. Nos cuesta encontrarnos con nosotros mismos. Nos cuesta hacer silencio. Trabajamos mucho la oración, la reflexión y los espacios de silencio. Una persona necesita encontrarse consigo misma, con Dios y con los demás.

¿Qué legado dejó el papa Francisco y qué mensaje de continuidad observa en el pontificado de León XIV?

Francisco dejó una huella enorme. Puso en el centro la dignidad humana y el amor de Dios por cada persona. Nos recordó que Dios es Padre de todos. Y si Dios es Padre, entonces compartimos una misma casa y somos hermanos. Por eso escribió documentos tan importantes como Laudato Sí y Fratelli Tutti. El papa León continúa claramente ese camino. Su insistencia en la paz tiene una enorme actualidad en un mundo atravesado por guerras y conflictos. Nos recuerda que podemos pensar distinto, podemos disentir, pero no podemos resolver nuestras diferencias mediante la violencia.

¿Cómo vivimos la fe en un mundo donde lo digital toma cada vez más tiempo en nuestras vidas?

La Iglesia siempre debe dialogar con la realidad de su tiempo. Hoy gran parte de la vida transcurre en espacios digitales. Por eso también allí debe anunciarse el Evangelio. La Iglesia tiene que aprender el lenguaje que habla la sociedad para poder transmitir su mensaje.

Las redes suelen estar atravesadas por discursos de odio y violencia. ¿Cómo enfrentar eso?

Anunciando una propuesta diferente. La propuesta de Jesús es la paz. No podemos combatir la violencia con más violencia. No podemos responder al odio con odio. Tenemos que construir puentes. La paz es el camino para superar la violencia.

¿Qué le diría a una persona que perdió la esperanza?

Que no tenga miedo de darle una oportunidad a Dios. Sé que hay personas a las que les cuesta creer. Pero en el corazón de todo ser humano existe una búsqueda de sentido. Cuando uno se anima a encontrarse con Dios descubre que no está solo. Encuentra respuestas, encuentra esperanza y encuentra motivos para seguir adelante. A mí me da esperanza la gente, porque cuando uno habla de pobreza, exclusión o violencia, todo está mal. Sin embargo, todos los días veo personas solidarias, vecinos comprometidos, y jóvenes que ayudan.

Perfil

Gervacio Silva Sacerdote
Gervacio Silva nació en Apóstoles y en el 2001 decidió formarse como sacerdote en el Seminario Diocesano Santo Cura de Ars en Posadas. Fue cura en parroquias populosas como Santa Rita y Jesús Misericordioso. Profesor de Filosofía y Teología, enseña en la Ucami y además es rector del seminario que lo formó.

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