2026-01-14

El amor en las Misiones Primera parte: El encuentro

Un acontecimiento del corazón acaecido en esas calurosas siestas de los días largos en que Kuarahy manda sus rayos con más potencia, orientaría definitivamente el rumbo sentimental en la vida del joven Ñaroí. El día del suceso caminaba acalorado y sudoroso hacia el recodo donde el arroyo en cascada rebota en infinitas gotas, formando con los rayitos de sol sutiles arco iris que acentuaban la belleza del entorno. Hasta ese lugar llegó el muchacho luego de abandonar por un momento a sus compañeros de caza, con la intención de darse un breve y refrescante chapuzón.

La caída del agua se transformaba en tranquilo remanso debido a la profundidad de la garganta que amortiguaba el potente chorro, dando forma a una pileta natural en cuyo derredor sobresalían majestuosos sauces y fornidos curupay. De sus ramas pendían firmes lianas utilizadas por los jóvenes cual columpios para arrojarse al agua en los veranos calientes. A uno de ellos se aferró Ñaroí y a punto de tirarse estaba cuando de golpe lo sorprendió la figura de una mujer brotando súbitamente como un pez saltarín de la cascada, para después zambullirse en el remanso. Pasmado por la inesperada aparición, pese a la reeducación monoteísta recibida por los curas jesuitas, su ancestral subconsciente lo traicionó y lo llevó a imaginar que podía ser una de las hijas de Kurú Pira, el Genio de las aguas y las tormentas que, de tanto en tanto, atrapaba a algún desprevenido nadador arrastrándolo hasta el fondo de su morada sin que jamás volviera a verse el cuerpo del raptado. La visión fue fugaz, pero suficientemente intensa para que la finita impresión quedara idealizada en su mente y lo obnubilara, de tal manera, que ni siquiera reparó en las otras doncellas que salieron de igual modo de la gruta formada naturalmente en la roca detrás del salto. La ninfa para su asombro, permaneció breve tiempo bajo el agua y después emerger como un resorte mostrando su cuerpo hasta la cintura. Los renegridos y largos cabellos salpicaban gotas de agua y daban marco a un rostro juvenil de ojos rasgados y boca de labios carmesí, modelando una traviesa sonrisa.

El torso desnudo mostraba los senos de una mujer en su esplendor. −Yvoty −pronunció sorprendido el nombre de la joven india a quien reconoció de inmediato.

Yvoty, ah, Yvoty, la indiecita más admirada entre los jóvenes de la Misión por ser la más linda entre las lindas. La muchacha sin alterar la sonrisa lo invitó con tono seductor: −¡Ñaroí: eyu koápe! Yporá itereí!

El muchacho no dudó un instante y aceptando el convite se arrojó a la fuente agradablemente fresca para nadar hasta ella en medio de las bromas y algarabía de las otras chicas. Tanto escándalo no podía pasar desapercibido para los compañeros de Ñaroí que rondaban en las inmediaciones, y sigilosos se acercaron para desentrañar el motivo de tanto bullicio. El alegre espectáculo que observaron los contagió de tal manera que dejaron a un lado la caza y terminaron todos ellos por arrojarse al arroyo.

Uno frente al otro, la pareja fue rodeada por los amigos que nadando y haciendo piruetas batían las palmas y gritaban entre risas y cuchicheos: −¡Yurupite- Yurupite! −Gritaban, sabedores del amor que en secreto profesaba la bella Yvoty por el apuesto Ñaroí. Un tanto inseguros frente al insistente pedido de sus amigos de que se besaran, la pareja rompió la timidez de todos los principiantes en lides amorosas formalizando la alianza con un apresurado beso que hizo aumentar la algarabía de los testigos. Tan contagiosa alegría seguramente habrá regocijado a Kurú Pirá, ya que mágicamente irrumpieron multicolores mariposas y se intensificaron los trinos y gorjeos de las aves, también el de un ñakurutú trasnochado el cual lanzó su chistido de mal agüero sin que nadie le diera importancia ante tanta algarabía.

Yvoty nació una madrugada de los últimos fríos cuando Kuaraí comenzaba a mandar sus rayos con más potencia, coincidente con el tiempo en que la vegetación se torna más verde, las flores renacen y los pájaros lanzan mucho más temprano sus entrecruzados cantos. Y en la precisa mañana del nacimiento de la niña, los aldeanos quedaron maravillados al contemplar los lapachos totalmente florecidos y sus pimpollos esparcidos por los techos y por el suelo como si fuera una extensa alfombra rosácea. “Cuando el Tají florece se terminan las heladas”, afirmaban los ancianos. Y el Chamán, interpretando que la manifestación de las flores caídas significaba “un regalo de Tupá”, apuntando con el dedo índice a la recién nacida dijo: −Yvoty será tu nombre− dando comienzo a un ritual de danzas, rezos y cantos en avañe`e, de hombres, mujeres y niños al ritmo de matracas y tambores.

La tradición indicaba que por ser Ñaroí el nieto del gran Mburuvichá, el acto prenupcial debía realizarse como acto de iniciación junto a la novia. Ambos se ataviaron para la ceremonia con sus mejores galas. Él lucía penachos de plumas de colores vistosos, taparrabos de piel de ciervo y collar de dientes de jaguareté. La novia, un largo tipoy coloreado con tintes vegetales, un ramillete de flores de Tají pendiendo de una de sus orejas y diadema de orquídeas circundando la cabeza. El Chamán mirando por encima de los presentes, contempló el espectáculo de los lapachos florecidos entre el movimiento de las hojas verdes del bosque y el cielo azul en el horizonte. El contraste de tonalidades daba un marco de especial encanto al poblado y fijando la vista en la pareja les dijo: −Con este acto de iniciación entran a la vida adulta por eso a ti Ñaroí, el joven que al nacer tenía el lunar en forma de mamboretá en la espalda, señal que daba fe al futuro Mburuvichá de la Nación, te colocaremos el tembetá bajo el labio inferior para que te proteja de la muerte y seguirás los consejos de tu padre para ser tú buen padre. Tú, Yvoty, te aislarás y serás asistida por tu madre y por tu parentela. Te prepararán para ser buena esposa y buena madre. Después, podrán casarse y formar una familia.

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