El guaraní y la city VI: ¿la chipa o el chipá?
Gran debate si los hay. Según la Academia Argentina de Letras, en el Paraguay es voz femenina grave —la chipa, acentuando la primera sílaba— y, en Corrientes, masculina y aguda —el chipá. Pero en Misiones no hay dudas: cualquier misionero que se precie de serlo sabe que pedir un chipá en una panadería de Posadas inmediatamente te delata como forastero. Otra que la escena en la taberna de Bastardos sin gloria donde los supuestos oficiales de la SS quedan expuestos como impostores cuando Michael Fassbender, al pedir tres vasos de whisky, levanta los dedos “a la británica” —índice, medio y anular— y no como lo haría un alemán —pulgar, índice y medio. Ídem si un correntino quisiera hacerse pasar por misionero y se le escapara un chipá. Final trágico asegurado.
Ahora bien, si hay algo que conocemos los misioneros del guaraní —además de ciertas palabras— es su acentuación, que, convengamos, suele ser aguda, es decir, en la última sílaba: punto a favor de chipá. Por si fuera poco, si recurrimos a nuestros confiables registros del guaraní de los siglos XVII y XVIII, observamos que el término que registran los religiosos Antonio Ruiz de Montoya y Paulo Restivo, lastimosamente, es xipá ~ chipá. Dos puntos para los correntinos. Pero, antes de que me revoquen mi credencial de misionera —ya bastante oxidada por eso de vivir tantos años en Buenos Aires—, juguemos a ignorar estos dos argumentos por un rato.
¿Cómo podríamos justificar que la chipa no se acentúe en la última sílaba a la manera típica de las palabras guaraníes? A decir verdad, hay algunas pocas palabras nativas que tampoco son agudas: ména ‘marido’, túva ‘padre’ y óga ‘casa’, son algunos ejemplos. ¿Qué tienen en común además estas palabras? Primero, que los maridos, las casas y los padres suelen ser palabras que una lengua no toma prestada de otra. Si un paraguayo dice fóko (del español foco), lo acentúa grave porque tomó la palabra completa del castellano, acento incluido. Pero padres, casas y —para nuestra sorpresa— maridos, ya existían en la región, aparentemente. Y podemos confirmarlo porque encontramos cognados —“palabras hermanas”— en otras lenguas guaraníes, lo que nos permite reconstruir cómo habrá sido una forma más antigua —del mismo modo que si conocemos nuit del francés, noche del español y noite del portugués, podemos imaginar nógwts como antepasado común.
En segundo lugar, ména ‘marido’, túva ‘padre’ y óga ‘casa’ comparten la vocal final: una -a que no se acentúa —igual que en nuestra chipa. Y no es casualidad. En guaraní antiguo ‘marido’ era men, lo que sugiere que la -a moderna es un sufijo átono fosilizado: un pedacito final que no se acentuaba y que dejó a la palabra con esta acentuación grave excepcional. Parecido es el caso del artículo al- fosilizado al inicio de los préstamos árabes del español donde ya no cumple función alguna —al-kuhul simplemente devino alcohol; al-baqa, albahaca, y así. Y los padres y las casas en guaraní sufrieron la misma suerte que los maridos: tuv, ‘padre’ en el siglo XVII, es ahora túva; y ‘casa’, antes og, ahora óga.
¿Entonces, puede acaso la chipa haber sido víctima del mismo proceso? Nada me hubiese encantado más, pero todo indicaría que no. No podemos reconstruir ni encontramos ninguna forma chip en los registros de lenguas más antiguas de la familia para poder justificar la acentuación grave de chipa y, además, lo que sabemos del cambio fonológico —o de cómo cambian los sonidos de las lenguas en el tiempo— tampoco promete mucho en esta dirección. Estos misterios, igualmente, plagan la lingüística histórica. Un caso similar es el de los morfemas huérfanos cran-, formas que encontramos como parte de palabras actuales pero cuyo significado como palabra independiente aún resulta oscuro. El nombre de esta categoría viene del inglés, lengua en la que la zarzamora es blackberry (literalmente: ‘baya negra’), y el arándano azul blueberry (literalmente: ‘baya azul’), pero también encontramos el misterioso arándano rojo o cranberry, donde el significado independiente de ese cran- inicial sigue siendo un enigma: un resto fósil en una palabra vivita y coleando.
Sin embargo, nuestro chip- guaraní no parece tener la naturaleza fósil del árabe al- ni del inglés cran-. ¿El problema podría ser que estamos mirando al sur cuando deberíamos mirar al norte? Según ciertos especialistas, como la etnogastrónoma Graciela Martínez, chipa no es originalmente una palabra guaraní, sino andina, y habría ingresado al Paraguay durante el período colonial —algo que ya deberíamos haber sospechado, dado que sin españoles no habría vacas, sin vacas no habría queso y sin queso no habría chipa. Resulta que en diversas fuentes lexicográficas del quechua, aparece la forma chipaku ~ chipako para designar al pan de chicharrón, que, a su vez, tiene como base la palabra chipa, con el significado de ‘compacto’, ‘apretado’ o ‘apelmazado’, también empleado para canastos trenzados y ramilletes apretados. La idea es que esta palabra en el Paraguay de la época pudo haberse reinterpretado para nombrar al pan de almidón de mandioca, denso y compacto. ‘Compactar’, ‘apretar’ y ‘apelmazar’, además, describen bastante bien la hechura de la chipa —incluso mejor que ‘amasar’, me atrevo a decir. Asimismo, el desplazamiento de significado —de la “acción” al “producto”— es común en las lenguas del mundo. Pensemos en nuestras empanadas, que significan literalmente ‘envueltas en pan’; en los tamales mexicanos, que incluyen la raíz náhuatl tam(a)- ‘envolver’; o en el frybread indígena norteamericano, que es literalmente ‘pan frito’. ¿Es la explicación perfecta? A mí tampoco acaba por convencerme. Pero lo importante es que el quechua sí acentúa sus palabras predominantemente en la penúltima sílaba. Si en efecto la tomamos prestada con acento y todo —como los paraguayos y el fóko—, tenemos finalmente un mísero y dudoso punto para la chipa.
Queda, sin embargo, otro misterio por resolver: ¿cómo explicamos la transición de género que experimenta nuestro preciado panificado bajo estudio en las provincias de Misiones y Corrientes? Como comenté en la primera entrega de esta columna, las lenguas guaraníes no tienen género gramatical, y, para el caso, originalmente tampoco tenían artículos. Pero según el lingüista Bruno Estigarribia, el guaraní paraguayo toma prestados los artículos lo y la del español con otro fin. Como a esta lengua le importa muy poco si las palabras son femeninas o masculinas, los resemantiza —les cambia el significado— para expresar número. Así encontramos casos como la arriéro ‘el arriero’ y lo kuña ‘las mujeres’, donde ‘la’ indica singular y ‘lo’, plural. El guaraní correntino, en cambio, según Leonardo Cerno, sí habría incorporado el artículo español ‘el’. De ahí, quizá, nuestras diferencias regionales entre el chipá, en Corrientes, y la chipa en Paraguay y, por extensión, en Misiones.
Pero dejemos de llevar puntajes, que —como dicen los perdedores más optimistas— lo importante no es ganar, sino competir. Al final, pedir una chipa o un chipá no es cuestión de corrección, sino de pertenencia. Son marcas que ubican al hablante sin necesidad de mostrar documentos; detalles mínimos que ordenan el mapa lingüístico del Litoral. Como pedir tres vasos de whisky con los dedos equivocados; sólo que acá alcanza con una tilde y un artículo.
Por Estefanía Baranger
Lic. en Letras, doctoranda en Lingüística y docente (UBA)