2019-03-31

La generación misionera que busca vivir planeando los cielos

Cuando eran niños miraban asombrados en el cielo el vuelo de los aviones e imaginaban alguna vez pilotear uno. Años más tarde ese anhelo de la infancia se convirtió en realidad para David Tang (24), Sofía Castelli (22) y Santiago Halac (18), cuyos días transcurren mirando desde el cielo la tierra.
Son jóvenes. De nacimiento son posadeños, pero el futuro los llevará por otras ciudades del país. Optaron por la aviación como un oficio o, como lo definen ellos, una pasión. El vuelo forma parte del presente y de su vida.
La curiosidad es un concepto que pregonan. El interés por la aviación los llevó a acercarse al Aeroclub de Posadas y empezar a construir su camino, donde se dicta la carrera para ser piloto.
“Hay mucha gente grande que lo hace por hobby, inclusive de nuestra edad. Nosotros nos queremos dedicar a esto”, comentó Santiago.

Historia por los cielos
David se recibió de piloto privado en Posadas hace algunos años y ahora es piloto comercial. Santiago sigue los caminos de David y próximamente se recibirá para pilotear aviones de las grandes compañías aéreas comerciales. Sofía, en cambio, es azafata y está a medio camino de ser colega de ellos.
La aviación los unió y forjaron una amistad sólida. Sus días transcurren en el Aeroclub, donde se reúnen y comparten mañanas y tardes. Los sábados, generalmente, planifican salidas aéreas. Uno de ellos toma el comando y arriban hacia cualquier punto de la provincia por unas horas.
“Desde chiquito siempre miraba los aviones y me motivaban. Nunca supe que había que hacer una carrera para llegar a eso. Cuando me enteré de eso, empecé a meterme en el tema. Después descubrí que en Posadas hay un aeroclub y no pensé dos veces para irme a aprender”, detalló David.
Santiago, por su lado, indicó que siempre estuvo interesado en la aviación. “Siempre quise ser piloto de combate, pero en Argentina es muy complicado, entonces elegí esta carrera que siempre me gustó y sabía que quería ser piloto”, dijo el joven.
En el caso de Sofía eligió ser azafata, carrera que se recibió hace unos años. Vio la aviación como un complemento a su profesión.
“Cuando terminé la carrera de azafata en Buenos Aires me encontré con un piloto de Aerolíneas Argentinas y me dijo ‘¿nunca probaste con volar?’, y me sugirió que haga la carrera de piloto privado. Cuando regresé a Posadas, fui una mañana al Aeroclub para ver qué onda. De a poco me fui interiorizando en el tema, hasta que me aboqué por completo”, detalló. 

Un proceso de preparación
Una carrera en sí misma, sea cual fuere, es un proceso complejo. Desde la elección hasta la finalización ocurren muchas cosas que requieren de la preparación del alumno.
Ser piloto privado, título que otorga el Aeroclub posadeño, no escapa a esa regla. Los tiempos son flexibles, en un lapso entre tres meses a dos años uno puede recibirse ya que depende de la disposición de cada uno.
Primero deben realizar un examen psicofísico que otorga el apto médico y permite avanzar hacia el siguiente paso: comenzar las clases, que constan de un total de 40 horas de vuelo como práctica –de los cuales 30 están acompañados por un instructor- y un programa de instrucción teórica intensiva.
“Generalmente es una hora. Venís al Aeroclub, hablás con uno de los instructores y empezás, primero con la teoría y después con la práctica”, comentó David
Asimismo, el joven destacó que tomó lo bueno de cada uno de los instructores y lo aplicó al momento de incursionar en sus primeros vuelos por los aires.
En los primeros días del curso, los pilotos más experimentados aconsejan a los más jóvenes. “Todos te dan consejos y siempre nos dicen que nunca bajemos los brazos, que siempre volemos y estemos estudiando inglés”, precisó David.
En el transcurso de las 40 horas necesarias, el instructor observa el proceso del aspirante a piloto. De allí emplea diferentes metodologías para ver el desenvolvimiento del estudiante.
“Ya tenía bastantes horas de vuelo. El inspector vio que podía aterrizar; se bajó y me pidió que haga un circuito solo, que fue dar una vuelta alrededor del Aeropuerto General San Martín”, dijo David. En el momento de encontrarse solo, las preguntas se asomaron en él. “¿Hice bien esto?, ¿chequeé tal cosa? Despegás tenso y nervioso. Al aterrizar, no podés creer que lo hiciste solo”, manifestó el joven que también es piloto comercial, carrera que le demandó años y un total de 200 horas más de vuelo por todo el país.
Al momento de finalizar el examen final, una multitud los espera para el bautismo que, en este caso, consiste en arrojarle aceite de motor. De esa manera, los jóvenes están preparados para ser pilotos privados y llevar pasajeros.
“Durante el curso estás nervioso. Después, cada vez que salís a volar, lo disfrutás constantemente”, coincidieron Sofía, David y Santiago.
Ser piloto privado conlleva una responsabilidad y una serie de aspectos a tener en cuenta al momento de efectuar un viaje, que Santiago explicó: “Tenemos que cumplir ciertas normas, sobre todo porque estamos al lado de un aeropuerto controlado. También tiene que haber diez kilómetros de visibilidad y 1.000 pies de techo de nubes. En el caso de los días de tormentas no se sale, regla fundamental”.

Pocas mujeres
La mayoría de los pilotos son hombres. Tanto David como Santiago coinciden que el siglo XXI trae consigo a muchas mujeres que hoy pilotean los vuelos más importantes y extensos que conectan los continentes.
Sofía es una de las pocas mujeres que cursa la carrera en Posadas. “Hoy por hoy somos dos chicas más la instructora. Al principio no había ninguna mujer y me costó”, explicó la joven.
Luego, continuó: “Después me senté y me dije que ser piloto es algo para mí y que me interesa. Por eso, empecé a asistir siempre con mucho entusiasmo e ir al Aeroclub es un disfrute constante”.
En esta línea, Sofía instó a que las jóvenes se acerquen e incursionen por las sendas de la aviación. “Es un ambiente súper familiar y de confianza para las chicas que tengan ese sueño de volar. Prueben, que no se queden en su casa porque no es un ambiente varonil. Todo lo contrario”, reflexionó.

Apoyo familiar
Contar con el apoyo de la familia es algo que los jóvenes destacan en todo momento.
Es que, en todos estos casos, son la primera generación de aviadores. Los padres se formaron en oficios tradicionales y ellos, escaparon de la regla.
“Mi familia siempre me apoyó en esto”, coincidieron los jóvenes. Padres y madres están detrás del esfuerzo diario de sus hijos. Siguen cada paso. Los observan y lo acompañan en el nivel afectivo.
“Al principio, no entendían mucho pero después se acostumbraron. Siempre me trajeron al Aeroclub y al bajar, me transmitían su apoyo y emoción”, dijo David.
“Para mí fue toda una hazaña a nivel personal y mi familia siempre me acompañó, jamás me negaron nada. Ellos me costearon la carrera. En el caso de mi papá, ya me acompañó en un vuelo”, detalló Santiago.
En el caso de Sofía, el asombro por parte de los padres no fue tal. “Como soy azafata y saben que siempre estoy arriba de un avión, no tuvieron mucho problema. Al contrario, como siempre, me acompañaron y brindaron su apoyo”.
Sin embargo, el miedo prevalece. “Mi mamá siempre me pide que le avise a cada momento, está preocupada y es algo típico, pero le reitero que no tiene por qué hacerlo porque es un transporte muy seguro”, dijo Santiago.
Con un agradecimiento hacia ellos, Sofía, Santiago y David coincidieron que el apoyo de sus familias es algo que los motiva para volar y llegar más lejos, en un sentido literal y metafórico.

Soñar en alto
Cada uno de ellos eligió la aviación como parte de su vida y aspiran llegar lejos en el futuro.
El desafío no es fácil. Es una carrera larga. Ser piloto no es tarea liviana. Requiere de responsabilidad y conciencia, remarcó Sofía. Sin embargo, asumieron el vuelo como rutina y un estilo de vida nómade.
Es que su base, su “aeroclub” de partida es Posadas. Los destinos variarán de acuerdo a la ocasión. Entre nubes y a miles de kilómetros de la superficie David, Sofía y Santiago escriben el futuro de la nueva generación de los cielos. 

La experiencia en el aire

Mirar la ciudad desde las alturas es algo único que cuesta poner en palabras por la emoción. Fue, por un lapso de media hora, invertir la costumbre de tener los pies sobre la tierra para estar unos minutos por el aire. También, de formar parte del paisaje cotidiano cuando nuestra vista ancla hacia arriba, hacia el cielo.
Cielo celeste, nin una sola nube alrededor. Santiago era el piloto y emprendió, a la par de su copiloto David -tanto en el avión como en la vida-, un vuelo más, de los tantos que llevan recorridos en su corta edad.
La voz de la torre de control del aeropuerto posadeño fue el indicador para empezar el despegue. Un recorrido por la pista para que el motor tome impulso y el vuelo se hizo realidad.
La ruta, por así decirlo, fue por encima de las aguas del río Paraná. Ese camino fue el elegido para tener una vista panorámica de Posadas
La Catedral, la cancha de Guaraní, el Parque de la Salud, la Costanera y la playa El Brete son algunos de los lugares que se pudo destacar de esa vista privilegiada, desde arriba.
La sensación de verlo todo sin que ningún detalle se escape. Todo en un mismo lugar. A cada momento, la voz del piloto transmitía seguridad. Todo marchaba tranquilo.
A los 15 minutos sobrevolamos el puente internacional que nos une con Encarnación. Poca fila de autos. El curso del río se veía tranquilo. Pocos autos circulaban por las principales avenidas de la ciudad.
Nuestro límite fue el puente Garupá. A lo lejos se veía Candelaria y mucho más. El verde se teñía  por quién sabe cuántos kilómetros. Una maniobra de giro indicó el regreso. Otra vez sobrevolamos Posadas en los caminos del curso del Paraná.
De un lado Posadas y del otro Encarnación. En el río, nuestra sombra se marcaba bajo un pequeño punto que perseguía.
Unos pocos minutos faltaban para terminar. Santiago indicó que se sentiría un pequeño movimiento, algo que suele pasar siempre. Tranquilidad nuevamente. La torre de control recibe el aviso del regreso a la pista.
Llegó la hora de aterrizar. El plan de vuelo se cumplió. Fue, después de media hora, volver a poner los pies sobre la tierra. 

Los costos

La aviación no es una carrera fácil, tanto en términos prácticos como económicamente hablando ya que implica una inversión constante. “Sale lo mismo que cualquier carrera universitaria, pero la aviación privada tiene su diferencia, ya que va subiendo a medida que se incrementa tanto el combustible como el dólar”, explicó Santiago Halac. Según comentaron a El Territorio, al momento de realizar este informe, el precio por hora para el curso de aviación es de 4500 pesos. Es el monto que deben abonar al momento de incursionar en la práctica que demanda esta carrera. El cálculo promedio por el curso entero se aproxima a los 200.000 pesos para culminar y recibirse de piloto privado en la Tierra Colorada. En el caso de Santiago y David, los padres costearon el curso en su totalidad. En cambio, Sofía solventó en un 90 por ciento con su sueldo y el valor restante, sus padres.


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