2013-09-08

MBYAS. La nueva generación

Marcial Paredez, 25 años (foto) estudia Antropología; Carina Villalba (24) cursa el segundo año de Abogacía y Jorge Martínez (33) guía turístico en Andresito que habla cuatro idiomas -además de cacique de su aldea-, son parte de la nueva generación del pueblo mbya. Tienen en común que por sus venas corre sangre guaraní y buscan convivir con su legado en este mundo globalizado. Coinciden en la importancia de la educación y en mantener sus costumbres.

Marcial Paredez (25) es estudiante de Antropología y está fuertemente comprometido con la música y la producción audiovisual. Su hermano, Martín (28), ostenta el diploma de médico. Jorge Martínez (33) es auxiliar de guía de turismo y habla cuatro idiomas. CarinaVillalba (24) cursa el segundo año de Derecho en la Universidad Católica de Santa Fe. Todos, con vocaciones distintas, tienen algo en común: por sus venas corre sangre guaraní. Son mbyas del siglo XXI. Buscan convivir con su legado cultural entre las reglas impuestas por la globalización, la modernidad y la revolución digital.
“No podemos pensar en vivir como antes. Si pensamos en la época de nuestros abuelos sería mucho más difícil sobrevivir. Antes era más tranquilo porque había monte, selva. Ahora no podemos ir a cazar a una propiedad privada porque no nos dejan. Siempre le digo a los más jóvenes que estudien, con estudio van a conseguir trabajo en el pueblo”, cuenta a El Territorio, Jorge Martínez, cacique de la comunidad Ka'aguy, ubicada a unos 20 kilómetros de la zona urbana de Andresito, una localidad del norte misionero.
Jorge oficia de guía turístico en Yacutinga Lodge, trabaja allí desde hace cinco años y para cumplir con su labor diaria, camina tres kilómetros, desde la aldea hasta el lodge.
Cada vez son más los guaraníes que se abren camino en lo que suele llamarse el mundo de los blancos. Estudian, se perfeccionan, ingresan a la universidad y después buscan un puesto de trabajo. Un salario. No es simple, la vida académica puede presentar muchas adversidades y en muchos casos los guaraníes desertan.
“Me costó mucho. Yo era la única guaraní y fue realmente difícil, pero con el tiempo me adapté perfectamente y mis compañeros se adaptaron a mí”, comenta Carina Villalba, estudiante de Abogacía y docente bilingüe en la comunidad de Perutí (El Alcázar).
La escolarización primaria, secundaria y universitaria, sin duda modificó ciertos hábitos entre los mbya pero, según ellos mismos definen, reforzó su identidad. Y en ese sentido la figura de los abuelos en materia educativa es tan importante como lo que se aprende en un aula, en una clase. “Nosotros siempre tenemos que preguntarle las cosas a los abuelos. Los abuelos son nuestros maestros en la aldea. Lo que nos dicen nos tiene que quedar grabado en la cabeza, no escrito en un papel”, comenta Jorge Martínez, desde Andresito.

Un hecho histórico
Este proceso de transformación data, al menos en Misiones, de poco más de 30 años. “En 1978, un acontecimiento aparentemente trivial cambió todo: el encuentro del chamán guaraní, Pa’i Antonio Martínez, con monseñor Jorge Kemerer, primer obispo de la provincia de Misiones (1975 – 1986)”. Así define el punto de partida de una nueva era, Marisa Micolis en su libro “Los mbya guaraníes, el tiempo del reconocimiento”, que será presentado el 12 de septiembre en el Montoya. Acompaña en la co autoría Selim Abou.
 “Tanto durante nuestras visitas a Perutí, Fracrán y Pozo Azul como en el transcurso de nuestras conversaciones con nuestros amigos mbyas que hoy habitan otras comunidades, pudiendo medir la amplitud de su movilidad profesional y su inserción en el mundo del trabajo. Cuando los conocimos, hace 30 años, los que trabajaban fuera de la comunidad solo eran peones al servicio de colonos, que en general le retribuían no en dinero sino en productos como grasa o harina. Hoy, algunos trabajan en establecimientos agrícolas, pero a cambio de un salario como corresponde. Otros practican oficios diversos dentro de la sociedad global o la función pública y buscan ser remunerados según las leyes laborales vigentes” esboza en un capítulo del libro.
Continúa: “Algunos eligieron la carrera militar. En 2009, tuvo lugar la primera promoción de voluntarios del ejército argentino que patrullan hoy la frontera Argentina / Brasil en el extremo norte de la provincia. Otros obtuvieron el diploma de guardaparques, también hay quienes ejercen su profesión en la policía, en el cuerpo de bomberos o diferentes organismos turísticos de la provincia (…) El recorrido de los estudios secundarios y universitarios de los jóvenes mbya implica gran cantidad de dificultades en el orden socioeconómico y sobre todo cultural, como ellos mismos lo reconocen, ya que su conocimiento del español no presenta inmediatamente el nivel   de abstracción exigido por el lenguaje científico. Requieren becas y profesores tutores”.
Y en ese cambio de paradigma mencionado anteriormente también se hace evidente otro hecho: en la actualidad hay tres aldeas que son lideradas por caciques mujeres. Pero mejor dejarle el paso a los verdaderos protagonistas: los mbya guaraníes. Que sean ellos los que abran las páginas de su cotidianeidad.

Kemerer y Pa’i Antonio Martínez
El P'ai Antonio Martínez le hizo llegar una carta al obispo de Posadas, Kemerer, que expresaba el deseo de “recibir ese corazón en su pueblo” en referencia a la reliquia de Roque González de Santa Cruz. El religioso viajó hasta San Pedro para encontrarse con el chamán más respetado en Misiones. “Un hecho histórico sin precedentes: por primera vez el corazón intacto de Roque González estaba en manos de sus “queridos hijos guaraníes”, 350 años después de su muerte. Todos pasaron junto al Pa’i que de pie elevaba al cielo invocaciones apasionadas”. (Fuente: Marisa Micolis – Selim Abou en su libro “Los mbya guaraníes, el tiempo del reconocimiento”, que será presentado el 12 de septiembre en el Montoya).


Información del último censo
El Censo del Consejo de Caciques se realizó entre 2012 y 2013 y arrojó entre otros datos que en la tierra colorada existen 105 aldeas y unos 6.500 habitantes, cuya cifra se viene manteniendo en los últimos siete años. La aldea Fortín Mbororé (Puerto Iguazú), con 263 familias es considerada la más grande; le sigue Perutí (El Alcázar) con 130 familias.


Saltar sobre un tren de alta velocidad
 La adopción de nuevas prácticas y técnicas ha sido una constante en la historia de la humanidad. Y esto se ha dado de dos maneras principalmente: por la evolución dentro de un grupo humano, en el que las nuevas generaciones transforman las prácticas de las anteriores; o por la adquisición de nuevas formas de hacer o pensar de grupos vecinos más innovadores.
La adopción de la agricultura, una revolución que comenzó en distintas partes del mundo hace 9 mil años y en adelante, fue quizás uno de los cambios más dramáticos que vivieron las comunidades humanas: pasar de cazadores recolectores a agricultores. El equivalente bien podría ser la expulsión del paraíso y pasar a ganarse el pan con el sudor de la frente. Tan innovador resultó el cambio que de hecho hasta el día de hoy hay comunidades humanas que no hay adoptado la agricultura.
En su libro Primeros Agricultores: Los orígenes de las sociedades agricultoras, Peter Bellwood aborda posibles escenarios de la interacción entre los cazadores-recolectores y los primeros agricultores según el registro etnográfico. Una de esas posibilidades indica que ambos grupos mantuvieron relaciones de intercambio. Estas condiciones de convivencia pacífica se habrían mantenido hasta que el crecimiento demográfico de los grupos de agricultores despertó la necesidad de nuevas tierras. Cuando eso sucedió los cazadores recolectores se incorporaron a las comunidades agricultoras como mano de obra o, si tuvieron la fortuna de lograrlo, a través de la adopción de la agricultura en sí misma. Sin embargo, el autor plantea que muchas veces, para cuando la presión de los agricultores alcanzaba las proporciones suficientes para forzar el cambio, muchas veces ya resultaba demasiado tarde. Bellwood equipara la adopción de la agricultura en el siglo XXI a intentar saltar sobre un tren de alta velocidad en movimiento.



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