Waldemar de la frontera - El Territorio Misiones

Waldemar de la frontera

Domingo 13 de septiembre de 2020 | 00:30hs.

Rosita Escalada Salvo

Esa mañana los chicos tenían una excitación tremenda; como si tuvieran que jugar un partido de fútbol con el equipo contrario, el de la escuela de San Antonio, sus rivales.
Es que habían venido a visitarlos un grupo de maestras de la capital misionera. ¡Y se quedarían una semana!
Las visitas, en esa perdida escuela de frontera, eran rarísimas.

Una vez al año esperaban al señor inspector. También solía pasar por allí el Jefe de Gendarmería, en un destartalado jeep.

-¿Y para qué se van a quedar una semana? –preguntó un alumno a su maestro.
-Por la mañana trabajarán con ustedes. ¡A ver si se portan como la gente y dejan bien a la escuela! Y por la tarde dictarán un curso de perfeccionamiento para nosotros los maestros.

Cursos de perfeccionamiento... ¿qué sería eso? El maestro lo dijo con voz tan importante que nadie se animó a consultar.

-¿Y comerán con nosotros?
-Y... y... ¿dónde van a vivir?
-Y... ¿qué tenemos que hacer?

La charla se transformó en gritería. Y el maestro tuvo que imponer orden. Pero los chicos sentían como si por el cuerpo les caminaran hormigas.

Al día siguiente comenzó la tarea.
A los varones de quinto, sexto y séptimo les tocó la señorita más linda. Estaban contentos y con un poco de vergüenza.
Primero ella dijo su nombre y después le tocó a cada uno el turno de presentarse.

-¿Cómo te llamás?
La respuesta surgió rápida.
-Yocalí.
Era un morochito de ojos inquietos, con camiseta y medias de Boca.

-¿Y vos?
Sonrisa pícara. Mirada que quiere esquivarse. Voz tenue.
-Tucán...
-¡Ah! ¿Si? ¿Y por qué?
(La señorita se dio cuenta de que le estaban diciendo los apodos).
-¡Por la nariz! –gritó un compañero-. ¡Parece el pico de un tucano!

Risas. Ahora se sienten más cómodos.
Desfilan los Carlitos, José Luis, Humberto. Hay uno que está hosco y silencioso. Liebre salvaje pronta a escapar. Cuando la señorita le preguntaba el nombre, estalla la carcajada de los demás. La lebrezuela se acurruca en el banco. Primero sus ojos destellan rencor y desesperación; después se opacan, resignados.

-¡Señorita! A él le llaman el piquento.
Algarabía. Festejan el sobrenombre cruel
-¿¡Cómo!?
-El piquento... Todos le decimos así. Hasta la madre...

La señorita se acerca. Extiende la mano para acariciar la cabeza enrulada del muchachito, pero se contiene. Le habla con voz muy dulce y consigue averiguar el verdadero nombre: Waldemar.

Waldemar pronto sobresalió en todas las actividades. Estaba siempre primero, rondando ansioso, aunque como quien no quiere la cosa.

En “patas” –sin duda de ahí su contacto con los parásitos-, uniforme el color de la camisa muy usada y el pantaloncito flojo. Aferrado a su cuaderno y al lápiz, único útiles. Siempre dispuesto a todo.

Un día la nueva maestra les pidió que escribieran, en forma de cuento, la historia de Doña Rata, que ella había recitado y comentado.

-Usted no va a entender, señorita; yo escribo en brasilero... –dijo Waldemar.
-Eu falo portugués –le contestó la señorita, desarmándolo.

Waldelmar estuvo media hora con la hoja y el lápiz, dando vueltas. El ceño fruncido, concentrado, como si el mundo no existiera. Pero la hoja seguía en blanco.
-No sé cómo voy a empezar, señorita...

Ella le ayudó con preguntas. Y la locuacidad de Waldemar desmintió el mutismo del papel. Se expresaba correctamente, con entusiasmo, con giros verbales maduros. Sólo faltaba decirlo en forma escrita.

Cuando una hora más tarde entregó la hoja, trémulo y como pidiendo disculpas, su trabajo fue como un latigazo para la señorita: no se entendía nada. La letra, pésima. Errores de ortografía en cantidad. No existían las mayúsculas, ni los puntos, ni las comas. Se “comía” sílabas y letras...

¿Cómo habría llegado hasta el quinto grado?
Su maestro contó que venía “del otro lado” –del Brasil-, aunque Waldemar era argentino, hijo de madre argentina también. Probablemente su padre fuera brasileño. Contó además que tenía un cuaderno hermoso, prolijito, y que era muy despierto en el grado...En realidad, lo que ocurría era que Waldemar copiaba todo. Y cuando “leía”, no hacía más que repetir lo que escuchaba de sus compañeros, pues tenía una memoria prodigiosa. Pero cuando dibujaba... cuando dibujaba daba gusto verlo.

-¿Puedo ocupar todos los colores, señorita? ¿Usted me presta?
No sabe cual elegir. Toma uno verde; lo suelta. Uno rojo. Otro amarillo. Se deslumbra ante la sola posibilidad de tanta alegría. Nunca tuvo lápices de colores... Trabaja con imaginación. Toda su timidez se desnuda en imágenes chiquitas, de trazos leves, arrinconadas en el espacio superior de la hoja.

Luego pide otra, para seguir dibujando. Y luego otra, y otra. Ya no son las escenas de la Balada de Doña Rata. Surgen en sus lecciones de geografía, de historia, cuadros del recreo, del ambiente escolar.

-¡Me encanta dibujar! –dice con una sonrisa luminosa.
Claro. En este terreno, Waldemar se siente seguro.

La penúltima tarde había función de títeres, una promocionada y esperada función. Los niños salieron un rato antes, para encaminarse hacia el salón municipal.

Waldemar se quedó rondando, arreglando sillas, ayudando.

-Yo no voy a ir, señorita...
Sorpresa.
-¿No querés ver a los títeres?... ¿Por qué?
-Mi... mi mamá no está y yo tengo que cuidar la casa. Además... ¡No me gustan los títeres!

La señorita lo mira, adivinando el verdadero problema. Saca una entrada, como al descuido, y se la entrega. Costaba muy poco. Pero sin dudas, Waldemar no tenía ni siquiera ese poquito.

-Yo sé que te gustarán... Apuráte.
Waldemar aprieta su entrada y sale disparando.

Y llegó el último día.

Con los trabajitos plásticos de los niños y las manualidades y títeres hechos por los docentes, se armó una explosión.
Estaban invitados el intendente, las autoridades militares, la comisión de vecinos y los padres.
Hasta el Consejo de Educación había enviado a dos representantes.
Sólo Waldemar no apareció.

Se hizo un asado de despedida y la escuela tuvo aire de fiesta. Era agosto y hacía mucho calor. El grupo de docentes que había ido de visita aprontaba sus bártulos para la partida.

De pronto, una figura esmirriada surgió en medio del patio.

-¡Miren quién está ahí! –dijo alguien- .¡El piquento!

Los carbones de sus ojos pedían disculpas. No por haber faltado el último día, sino por el atrevimiento de haber venido a despedirse. Descalzo. La misma camisita raída y pantalón descolorido. En la mano, un clavel del aire para “su señorita”.
Emocionada, ella alcanza a preguntar:

-¿Por qué no viniste a la exposición y al acto de clausura?
Ojos bajos. Voz hecha murmullo:
-El señor inspector iba a visitar mi grado... y yo no tenía forro para mi cuaderno...

Agosto desdibujaba las araucarias que rodean a San Pedro. El humo constante de los aserraderos oprimía las casas, a la gente, al grupo que se iba.

El niño moreno y menudo –Waldemar, alias el piquento- levantaba su manito, mientras un sol anémico era tragado por el horizonte silencioso.

El cuento es parte del libro “La caza del Yasí Yateré” Aique Grupo Editor 1983. Libro reeditado varias veces.

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