Viminalis

Domingo 31 de mayo de 2020 | 00:30hs.

Rosita Escalada Salvo
Escritor

Jacinto Rivera se enteró de que iba a morir, dos horas antes de la entrada del sol.
No se le movió ni un músculo de la cara y su mente fue como un cuadro donde los colores se mezclaban en rara armonía.
Regresó a su casa y el cachorro de raza policía lo atajó desde el portón, mordisqueándole los pantalones. Jugó unos minutos con sus amplias patas mientras los gruñidos cariñosos se entremezclaban con alguna exclamación. Luego empujó la pesada puerta de entrada, se alisó los cada vez más escasos cabellos frente al espejo del pasillo y tomó las llaves de la camioneta.
Un atardecer falsamente calmo arriaba nubes oscuras desde el horizonte. Va a llover, pensó, pero no ahora.
- ¡Papá, hay que cargarle nafta!- Alcanzó a gritarle su hijo.
 Como si no oyera, enfiló hacia la salida del pueblo; ganó la ruta asfáltica y se internó, luego, por los caminos sinuosos, pura piedra, que lo llevarían hasta el cerro, a los trasfondos de la forestación.
 Mientras, iba recordando la muerte de su padre, casi en silencio, después de una vida plena, cuando todo había quedado en orden y sus dos hijos se erigían en continuadores del aserradero, de los sembrados, de todo.
Morirse. El día menos pensado; porque uno no quiere pensar en esa circunstancia. Morirse cuando aún quedaba tanto por hacer. Y lo que era peor, sin que nadie continuara con su tarea. ¡Imbéciles, sus dos hijos varones! Como si con la música habrían de conseguir algo más que pulgas y un jergón en alguna pocilga de pensión ciudadana. No iba a pagarles una mansión. Que se ganaran un jornal decentemente, ya que el campo no les interesaba.
Debo cargar nafta. En la Estación de Servicio rutera lo encontró al Remigio.
- ¿Estás rastreando, Remi?
- No, patrón. El tra’tor se deshació...
- ¿Y qué estás haciendo acá?
-Estoy esperando para mi provisión...
La primera vez que escuchó la frase “para mi provisión”, le preguntó qué quería decir.  --Y... que pase alguien y me acerque... sonrió.  Para mi provisión. 
Que alguien le provea de medio de transporte; cierta lógica había.
Remigio no tendría más de veintitrés años. Paraguayo. Cuando llegó a la forestación era un indocumentado y casi no hablaba el castellano. Dame tra’ajo, Patrón, cualquier cosa... Y él le dijo que se construyera un ranchito, allí mismo, en la vera del monte, y que su misión sería cuidar que no robaran los plantines de yerba mate. Aun así, una noche se llevaron toda una hilada, cerca del camino.
Lo que no dijo Remigio fue que tenía mujer. Y preñada de casi nueve meses. Bajo el rancho a medio hacer tuvo su criatura. Solita.
Trabajador le resultó el Remigio. Sabía manejar tractores y no le mezquinaba lomo al sol, con la asada, con el machete.
Detrás del Remigio se vinieron aquellos tres paraguas. Ochenta kilómetros hicieron, a pie y descalzos. Nunca supo cómo se orientaron. No hablaban con nadie. Armaron un techado de hojas de palmera y cuando terminaron con el trabajo, cobraron y se fueron. A pie y descalzos, como habían venido.
Qué extraño, acordarse de esas cosas, en estos momentos.
Las nubes avanzaban negras, cargadas.  Va a llover, se repitió, pero no todavía.
Había manejado treinta kilómetros sin darse cuenta. ¿Cuándo cruzó el Puente de las Ánimas? ¿En qué momento tomó el cruce? La plantación ya estaba a la vista.
Tranquilo. Así se sentía. Cosa rara, la muerte. Nunca es como uno se imagina; aunque tampoco se la había imaginado. Cincuenta y siete años no es una edad para morirse. Y en buen estado físico. Es decir, antes de los síntomas.
Las huellas del camino se habían borrado. Alta, la maleza. También, ¡con tanta lluvia! Sólo los pastos quemados con productos químicos amarilleaban. Los pastos que se extendieron como peste, luego de su frustrado intento de pastoreo. Y que ahora amenazaban con ahogar los tiernos eucaliptos.  Debo hablar con el administrador. Es urgente una limpieza.
Ya no se veía ni un trillo. Donde hay escobaduras, hay camino, dijo en voz alta, mientras la camioneta avanzaba a los tumbos, pero sin tocar alguno que otro árbol derribado, quemado, puro muñón.
¡Linda, la plantación!  ¡Y cómo crecían los eucaliptos! Hasta podía escucharse el ruido de su crecimiento, como bromeaban sus amigos. -¿Para qué plantaste tanto? - le preguntaban. ¿Qué‚ vas a hacer con esa madera? ¿Por qué no disfrutás un poco de la vida y te vas con tu mujer a Europa? Y seguramente pensaban, aunque no lo decían, que dejar tanta herencia a dos vagos... ¿En qué había fallado? Les dio todo, lo mejor, quizás demasiado. Trató de no ser rígido, como lo fue su padre con él. Y allí estaba el resultado; uno, hasta en el asunto de la droga, aunque inofensivo, como decía su mujer.
Irse a Europa. Ahora ya era tarde. Alguna vez planeó ese viaje, pero con otra compañía a su lado.
Y entonces sintió el olor a limón. No necesitó mirar al costado. Ella estaba ahí.  Gracias por venir a acompañarme en estos momentos.  Se entendían, como antes, sin palabras. Su espeso cabello le cosquilleó el hombro y percibió la calidez de un beso en la mejilla. Así era siempre; los otros besos los reservaban para la privacidad, para las siestas insomnes.
Llegó el final, le contó con la mirada. Y la profundidad de sus ojos verde-tormenta se hizo lago tranquilo, calma acuosa. No importa. Quizás ahora podamos estar definitivamente juntos, aunque ya no tengamos un cuerpo para amarnos.
Las fotos del accidente, donde ella pereciera, volvieron como un ¡clack! una. ¡Clack! otra. ¡Clack! 
Ni viaje. Ni otra etapa. Ni otro tipo de vida. Y se dedicó a plantar, reforestar, caminar, comprar tierras, desaparecer por días y días y regresar barbudo, la ropa a la miseria y tierra hasta en las cejas.
Paró la camioneta. Algo llamaba su atención. De tanto en tanto, plantas de eucaliptos totalmente secas.  ¿Qué pasó aquí?  No tenían más de dos o tres meses. Examinó sus ramas. Fue hasta la próxima, todas con los mismos síntomas: hongos en sus hojas lanceoladas. Primero se manchaban, luego perdían el color -el color de sus ojos y esa puntada en el pecho, honda, profunda, abismal-, finalmente quedaban secas; hojas, ramas, tronco,  Tendré‚ que escribir a Mns. Clermont, del Inta. Y mandarle muestras.
Como si todo siguiera igual. Como si la vida continuara. Pero la vida, ¡flash! en cualquier esquina del tiempo.
¿Cuándo? - le preguntó al médico amigo, ese místico y sabio que decidió exiliarse por su cuenta en el caserón de la entrada del pueblo, venido de Suiza donde era una eminencia reconocida, para brindarse a los desvalidos y carenciados, ganando apenas para mantener la clínica.
¿Cuándo? Hoy mismo. Mañana. Un mes. ¡Dios sabe!
 Las plantas más afectadas eran las viminalis, traídas de Australia.  ¡Quedate con lo autóctono!  ¡No hagas experimentos!, le aconsejaban los tontos de las otras reforestaciones. El gunnii fue un éxito.  ¡Hasta había florecido!
Con el machete comenzó a podar las ramas bajas. Estos tenían ya un año y pico.
No percibió el oscurecer, acelerado con la proximidad de la tormenta; siguió macheteando con ímpetu, con bronca, con impotencia, con desolación. Tenía empapada la camisa, los pantalones, el rostro. Lloraba con gruesas lágrimas salobres, hasta con sollozos, mientras se internaba en la profunda decepción de tanto esfuerzo para qué‚ tanto buscar un camino, tanto querer olvidar las fotos, el accidente, la policía discreta que le devolvía a su hijo. Y los ojos opacos, tristes, de su mujer que ya no hablaba, ya no lo miraba de frente. Se enteró de todo y ni un reproche. Qué mal que se sentía. Reposo, dijo el médico. Tal vez así...
Y con el dolor penetrante y la falta de aire, sintió la mano de ella en su brazo.  Basta. Intenso el olor a limón.  ¡Basta!  Y su mano que buscaba su mano. Y su sonrisa. Y la muerte que tenía el color de sus pupilas verdes como algunas hojas de eucaliptos viminalis. ¡Qué balsámico aroma de eucaliptuslimón!
Lo encontraron al día siguiente, el machete incrustado en sus costillas. Pero no se pudo determinar con seguridad la causa de su muerte.
El incendio parece que fue circunstancial. El tanque de la vieja camioneta se habría perforado.
No se sabe cómo llegó hasta allí, tan lejos de todo camino.
Y menos mal que la lluvia torrencial apagó el fuego.
No obstante, su rostro sonreía. Y tenía el puño dulcemente cerrado con una intacta y verde hoja de eucaliptus.El presente relato integra el libro Los Lunes Lentejas publicado por la Editorial Universitaria de Misiones 2001. 

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