Viene un bulto a camalote

Domingo 3 de mayo de 2020 | 07:30hs.
Camalotes | Foto: Gentileza

Alberto A. Iglesias
Escritor

Atardece. Las sombras, que ya han ganado el monte, avanzan sobre el río, repartiéndose en manchones de plata y felpa oscura.
  Es la hora en que el río comienza a aletargarse, a casi sentir sueño. Ronroneo y bostezo de las aguas. Carraspeo ronco de los borbollones. Murmullo de gigante que se duerme, fatigado. Brazos que se estiran interminablemente en las correderas y toses apagadas que se ahogan en las piedras. Repite su silbido monótono el “caburé-guazú”, y no lejos de mí, sacuden su saco de nueces los tucanos. Discuten a gritos sus últimos temas los loros, pero ya sin la energía con que lo hieran durante el día.
  Cruza el río con pesado vuelo una garza blanca, dejando caer con desgano su graznido, mientras algunos teros en el cercano arenal, tienen aún ganas de alborotar. Las palomas más serias, se dan las últimas recomendaciones y advertencias en tono grave, ya refugiadas en el espeso follaje.
  El monte levanta más y más sus hombros oscuros, y las sombras se arrollan, se estiran, se deslizan, trepan, se funden en acallados y morbosos abrazos. Ya comienza a acechar la selva con sus ojos sin pupilas.
  El fuego de mi campamento ensaya en el aire y en mi cara, con sus reflejos, unas débiles imitaciones de relampagueos.
  Repentinamente, mi vista se agudiza allá, sobre el filo de la corriente. Un bulto blanco, opaco, viene girando desganadamente por las aguas que se desplazan con lentitud. Se abre un borbollón: gira, blando, el bulto, avanza en línea recta, mientras se bambolea como en equilibrio, se detiene, cambia de ruta, y entra finalmente en el remanso, moviéndose raro, grotesco y pesado.
  Su aspecto me intriga. No puedo dejar de mirarlo. Abandonando mi sempiterno mate, voy hacia la canoa, empuño los remos, y avanzo en dirección al bulto, para satisfacer mi curiosidad. Mis perros, un momento antes, echados, se levantan y van hasta la orilla, intrigados por mis movimientos. “Bigote” emite un corto ladrido, como preguntándome: “¿Qué hay?”, “Patrón”, el cachorro, corre por la arena, como haciendo alarde de su disposición para la caza, y termina embistiendo contra los teros, que se escandalizan, revolotean, armando un pandemónium de gritos, y vuelven todos a su sitio.
  Me acerco al bulto. Es el cadáver de un hombre, descompuesto, hediondo, desfigurado. Sé que es un hombre porque flota boca abajo. Con la punta del remo lo doy vuelta y mientras lo mantengo así con una mano, con la otra empuño mi linterna. La muerte hace una mueca en sus dientes al aire. Las cuencas de sus ojos se hacen más hondas, más horribles a la luz de mi linterna. El zarpazo de la muerte, rápido y firme, se muestra en el hachazo bárbaro que hunde y divide la frente. La luz de mi linterna se clava, se obsesiona sobre esa pesadilla.
  Las ropas de mensú del cadáver, hablan de algún oscuro drama. Quiero imaginar lo sucedido, pero la muerte, patente y brutal, enclavada en aquella cabeza deforme, me impide pensar. La miro, no más.
  Vuelvo al campamento, avivo el fuego, y retorno, solitario, a tomar mi mate. Los perros se han echado otra vez. Solamente “Bigote” se ha quedado en la orilla: levanta su cabeza y emite un largo aullido. El sabe.
  El viento me trae el olor del muerto, que sigue rondando por el remanso. No aguanto más. Vuelvo a la canoa, me dirijo otra vez hacia el bulto, y me arreglo para empujarlo con la proa, de vuelta a la corriente. A cada remada, el bulto chapotea sordamente en las aguas oscuras. Finalmente, reemprende su largo viaje, río abajo, tapado por las sombras…
  Nuevamente al lado del fuego, continúo mi interrumpido mate y pienso un poco en la muerte.

Arroyo Guarapaí, 
Septiembre de 1943Del libro Misiones Mágica y Trágica, antología compilada por Nicolás Capaccio y Rosita Escalada Salvo. El relato es parte de  “Tierra de Hombres”, Alberto A. Iglesias

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