Una dulce y aventurada misión

Domingo 26 de julio de 2020 | 03:30hs.

Esteban Abad

Escritor

Apenas se perciba un mínimo de luz solar avanzaremos para atacar la fortaleza, señaló con imperativa voz de mando el general al frente de ese ejército con miles y miles de efectivos ya preparados desde la tarde anterior para acometer la misión en ciernes.


“Nuestros soldados adelantados en las últimas horas de la tarde han informado que la mencionada fortaleza no es vigilada por centinelas ni sirvientes, mi general”, anunció un oficial a cargo de las operaciones de inteligencia.

“Magnífico. Buena noticia. ¿hay perros en la zona?”, preguntó el general.

“Ninguno, mi general. Sólo se vieron algunas aves de corral y se notó que el lugar está iluminado artificialmente”, agregó el mensajero.

“Perfecto. Todo ayuda a nuestra estrategia de asalto”, subrayó el general mientras observaba que en el horizonte iba apareciendo paulatinamente una suave luz de color rosa y oía que en la lejanía la clarinada de uno o varios gallos ya anunciaba el amanecer.

Le preocupaba un poco lo de las aves de corral y los gallos lanzando a la madrugada su cantar, mixtura de grito de guerra con expresión sonora de la alegría de vivir.

“Cuadros del 1 al 3…. ¡prepararse para marchar!”, ordenó no sin que se le note cierto entusiasmo en la voz. “¿Todo bien excelencia?”, quiso saber uno de sus asistentes y el comandante, sin responder, ordenó… “¡cuadros 4, 5 y 6…. Preéeepararrrse para marchar!” y sin hesitar gritó con voz de jefe acostumbrado a mandar a sus tropas… “¡Cuadros, 1, 2 y 3---alaaacaaargaaa….!”

El multitudinario grupo de soldados en perfecta formación inició su marcha, el ruido de sus avances estremecía y todo lo que tuviera vida a su alrededor se silenciaba, inmovilizaba o huía aterrorizado; los pájaros no se sentían seguros ni en la cima de los árboles más altos y el ejército se acercaba así al punto a atacar.

Antes que Febo estuviera estirando los rayos de su luminoso cuerpo los cuadros 1, 2 y 3 habían llegado a las murallas de la fortaleza. Mientras trepaban con pasmosa habilidad y a toda velocidad los grupos 4, 5 y 6 procedían al rodeo del edificio y a destacar individuos que se colaban por algunas ventanas abiertas y que ayudarían a la operación estudiando el interior de la casa.

“¡Por el pasillo al fondo!”,

“¡No entren a las habitaciones, para que nadie despierte!” les señalaban a los que ya se habían descolgado de las murallas de piedra cubiertas de hiedra en parte y de arenisca rugosa que hacía más fácil trepar.

En menos de media hora, “¡Retirada soldados! ¡Misión cumplida!”, casi festejó el general, y con la misma disciplina y el mismo silencio la tropa con todas sus cohortes y algunos pocos contusos y heridos, retornaba a sus cuarteles.

El sol estaba alto cuando en el interior de la casa asaltada la empleada que iba a preparar el desayuno gritaba a voz en cuello… “¡Otra vez! No dejaron ni un grano de azúcar…”,

“¡Se llevaron las pasas y los caramelos y hasta el anís dulce se tomaron tras volcar la botella! “

“Pero – comentaría más tarde a los patrones la cocinera -, lo peor es ese olor horrible que dejan a su paso… ¡Maldita corrección…malditas hormigas ”.

Si se hubiera fijado mejor, habría notado que la colonia de cucarachas que habitaba la cocina había quedado reducida a unos pocos ejemplares muertos. Y que en lo alto de las habitaciones sólo un par de aterrorizadas arañas se refugiaban llorando a sus compañeras secuestradas por “la corrección”.

Del libro Cuentos Galardonados. Abad tiene publicado además La única amiga, La muerte de la chipera y El amor de la palmera y el horquetero

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