TV COLOR - El Territorio Misiones

TV COLOR

Domingo 23 de agosto de 2020 | 02:30hs.

Jorge Luis Lavalle

(18/ 06/ 78 Argentina 0-Brasil 0)

La tarde se desparramaba por Villa Constitución recorriendo las calles asfaltadas con lentitud. Pasaba frente a las casas bajas por las calles angostas, el bullicio y los edificios de Rosario estaban cerca, pero parecían lejanos. Todo se había aquietado, solamente se podía ver el brillo de los televisores en algunas ventanas, con personas enfrente esperando ansiosas. Algunos en soledad, otros agrupados; banderas argentinas en algún balcón bajo daban el toque de color a la víspera del partido.

Cuando el equipo salió a la cancha hubo algunas manifestaciones de alegría en forma de bombas de estruendo que resonaron sin causar mayor revuelo. Casi nadie escuchó la frenada, apenas un leve chirrido y los tres autos se detuvieron frente a la casa de rejas blancas, con el jardín arreglado en el frente. Los pasos resonaron en la vereda, la puerta sonó con los golpes duros y el pasillo transportó el sonido hasta el dormitorio donde el televisor estaba encendido.


Se levantó despacio, todavía con el cigarrillo en la mano y caminó desperezándose hasta la puerta, seguramente era Claudio que venía a mirar el partido con él como habían quedado. Hacía un mes que la mamá de Roberto había comprado el nuevo aparato a colores, ahora ATC iba a transmitir todo el mundial y después seguiría indefectiblemente, cambiando para siempre los rostros grises de toda la vida. Era otro mundo el que entraba a su casa a través de la antena colocada sobre el techo y él lo disfrutaba con el asombro de la novedad, dejando fija la imagen que ahora se convertía en realidad.

La puerta volvió a sonar más fuerte todavía y él apuró el paso en los últimos tramos del pasillo. Cuando la abrió no tuvo tiempo de reaccionar, un uniformado lo puso contra la pared sintiendo el frío del caño del revolver apoyado en su mentón.

-¿Hay alguien más en la casa?- le preguntó uno de civil con anteojos negros.

-No, mi mamá está trabajando y no vuelve hasta la noche.

-¿Y vos que estabas haciendo?

-Estaba por ver el partido, hoy juega Argentina con Brasil, por el mundial sabe....

-Si sé ¿No empezó todavía?

-Hasta que vine a ver la puerta no había pasado nada.

-¿Vos sos el que le dicen Juan Bautista?

-No señor, yo soy Roberto, no conozco a nadie con ese nombre.

-Que raro, porque yo tengo anotada tu dirección, así que debés ser vos.

-No señor, tengo los documentos en el bolsillo.

Cuando llevó la mano atrás de la cintura el revolver se amartilló y la presión del caño le hizo doler el cuello.

-Dejá que yo me fijo pibe- le dijo el que parecía el jefe hurgando en su bolsillo trasero.

-Acá está... Roberto ¿Cuántos años tenés?

-Dieciocho señor, el año pasado terminé el secundario.

-¿Por qué no estás haciendo el servicio militar entonces?

-Tengo problemas de salud y no pasé el examen físico.

-Así que maricón también, además de subversivo.

Mientras lo interrogaban hombres uniformados y de civil recorrían la casa revolviendo los libros y mirando las anotaciones junto al teléfono, uno de ellos fue hasta el cuarto donde y desde allí lo llamó jefe.

-Cuidalo a éste que ya vuelvo- le dijo al que lo tenía encañonado.

Volvió caminado detrás del uniformado que traía el televisor en brazos.

-¿Qué hacen con eso? Es mío no se lo pueden llevar.

-Vamos a ver de donde lo sacaste, seguro que lo robaste de algún lado.

-Lo compró mi vieja para ver el mundial.

-Ahora lo vamos a ver. Llévense también el combinado ése- dijo señalando al tocadiscos montado en un mueble de madera.

-Pero no pueden hacer eso.

-A ver llévense a éste al auto para que deje de molestar y vean que más puede servir que nos vamos.

Los hombres cargaron todo lo que consideraron valioso hasta que los autos estuvieron completamente llenos.

-Ya está todo jefe.

-Bueno, nos vamos entonces. A la tele acordate de ponerla en mi auto.

-Si, ya está listo.

El hombre de los anteojos oscuros salió caminado despacio mirando impasible la tranquilidad del barrio, nadie caminaba por las calles. Cuando llegó al portón de la reja vio a uno de sus hombres parados mirando un papel.

-¿Qué pasa ché? ¿Algún problema?- preguntó autoritario.

-Me parece que éste número es un nueve.

-A ver... sí es un nueve.

-Creímos que era un cuatro, cuatrocientos cincuenta y dos, el número de la casa.

-Mirá vos, es novecientos cincuenta y dos entonces.

-Sí, nos equivocamos con el pibe.

-Puede ser, ya se van a enterar cuando lo interroguen. Ahora vamos, le voy a regalar el televisor a mi mujer que está de cumpleaños y no quiero llegar tarde.

Los Falcon verdes arrancaron y salieron despacio, nadie en el barrio se asomó siquiera a verlos, ya había comenzado el partido de la selección.

El cuento es parte del libro “78, el otro Mundial”. Lavalle publicó libros de cuentos y novelas, entre ellos Releyendo Mitos, Sarita y Andrés y la Melchora.

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