Tránsito

Domingo 17 de mayo de 2020 | 14:45hs.

Carlos Zarza Machuca
Escritor

Desde mi mesa, la vi salir del gran estacionamiento que hay enfrente del bar. El estacionamiento tiene tres plantas y enormes portones negros. Ella salió desde la oscuridad hacia el riguroso sol de la mañana.
La miré un rato, pues llamaba mucho la atención. Vestía una camisa negra, pantalones del mismo color, y borceguíes, negros también. Y no era su vestimenta lo llamativo, sino su cara casi cadavérica de tan flaca. Era una mujer muy delgada, de edad incierta. Y su aspecto se completaba con el cabello, corto, escaso, pegado al cráneo.
Parecía la mismísima muerte.
De pronto descubrí algo que no había visto, por estar atento a su rostro atemorizante. Su mano derecha. No tenía una mano, sino un horrible muñón que parecía la cabeza de una gallina.
Miró al sol, entrecerrando los ojitos, y comenzó a caminar lentamente por la vereda. Al llegar a la esquina, dio la media vuelta y regresó, aún más despacio. Entonces pude ver que en el uniforme negro, porque evidentemente era un uniforme, había bordada una insignia: dos alas, como de pájaro o ángel. Era una inspectora de tránsito, que anotaba algo en su libreta. Pero, ¿Qué hacía una inspectora de tránsito adentro de un estacionamiento? ¿Llegaría su sentido del deber tan lejos que hasta vigilaba automóviles ubicados fuera de la vía pública?
Mientras mi cerveza se calentaba y ya no prestaba atención a mi periódico, llegué a una conclusión, para mí cristalina. No era una inspectora. Era la muerte. Tal vez no La Muerte, pero sí una de sus oscuras subordinadas. 
Lógicamente, no controlaba las posibles faltas de tránsito, sino que, en su pequeña libreta anotaba algunas patentes. Las patentes de los autos que ese mismo día, o tal vez pocos días después, terminarían siendo una bola de hierro al costado del camino. Uno de los miles de accidentes fatales que los expertos atribuyen a la alta velocidad, al alcohol en sangre, al hecho de que el conductor se quedó dormido… estupideces. La inspectora de La Muerte había marcado su destino inexorable poco tiempo antes.
En esos pensamientos estaba, cuando la mujer detuvo sus pasos y me miró con sus ojitos de fuego. Me miró directo a los ojos. Quise levantarme de la mesa y huir, pero no pude. Sus ojos de basilisco me habían paralizado.
Y todavía más. Comenzó a cruzar la calle con una franca sonrisa en medio de esa calavera que era su rostro.
Cuando llegó a mi mesa, siempre sonriendo, me dijo:
-Pero qué ingrato, Miguel, ¿Acaso ya no me conocés?
Quedé helado. “Sabe mi nombre, voy a morir…” Traté de sonreír, pero torpemente bajé la mirada al suelo.
-¡Miguel! Soy Clarita.
Era Clarita, mi primera novia… “Dios mío, qué le ha pasado a aquella Clarita que me enamoró…”, pensé.
-¡Hola, Clarita! Es que no te había reconocido con ese uniforme- dije sin poder desviar, por un instante, los ojos hacia el pequeño bracito de mi antigua novia. “Pobre, habrá perdido la mano en algún accidente...”
-Miguel… Miguelito… Soy Jefa de inspectores de tránsito, por eso tengo este uniforme. Pero no te preocupes, no te voy a poner una multa por no reconocerme, ingrato.- dijo, y sonrió tan amorosamente como podía hacerlo. –Bueno, te dejo tranquilo con tu cervecita.-
Clarita se alejó hacia la esquina y yo tomé el porrón de cerveza. Entonces vi, por primera vez en mucho tiempo, mi mano derecha. Tiene manchas. Las venas, verdosas, parecen ramas de un árbol raquítico. Estoy viejo. Un poco más viejo que Clara. “Al fin de cuentas, aunque tal vez ni lo imagine, Clara es, ciertamente, una mensajera de la Muerte.” –pienso y la busco con la mirada.
Clara ha transpuesto la calle. La veo nítida bajo el sol. Una mujer vieja, de negro, con la cabeza como un cráneo casi calvo.
Ella me mira directo a los ojos. Muy seria. Un gran camión pasa y dejo de verla un momento. Cuando termina de pasar el camión, comienzo a levantar mi mano arrugada para saludarla, pero ella ya no está. Ha desaparecido. 
Solamente puedo ver la silenciosa luz del sol, y los autos.

Relato inédito. Zarza Machuca es profesor en Lengua y Literatura. Es autor del libro Superficies

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